Capítulo 7 #2
Pero lo más difícil no había sido conseguir esa integración natural de la cabaña con su entorno; ni tampoco la construcción en sí de la cabaña, tan atípica como indocumentada, o el mismo hecho de haber tenido que llevar hasta allí los materiales «a puro hueso», como decía Julio, y que Alonso nunca corregía porque le hacía mucha gracia.
Lo más complicado, de largo , había sido meter allí arriba su piano.
Aunque Julio, de nuevo, había dado muestra de su asombrosa visión de futuro al tener la previsión de introducirlo en la cabaña antes que todo lo demás, lo cual, a pesar de todas las precauciones llevadas a cabo para protegerlo, había llenado a Alonso de inquietud durante largos meses.
En sus tiempos de estudiante Alonso había sido muy aficionado a leer biografías y , aún más, autobiografías.
Y nunca había podido olvidar las últimas palabras de Mientras escribo , de Stephen King, con las que el autor concluía el relato de su vida refiriéndose a cómo se debía comenzar a escribir: ubicando la mesa de trabajo en una esquina de la habitación y no en el centro, para recordar que es el arte el que ha de estar al servicio de la vida y no al revés.
Alonso había insistido expresamente en que su piano debía ocupar el centro de la casa .
Aquel mismo día de su inauguración Alonso y Erika decidieron pernoctar por primera vez en Walden, dejando a Dani al cuidado de una vecina de toda la vida.
Instintivamente todavía se sentían un tanto recelosos de que Dani pasase allí toda la noche, a pesar de haber revisado mil veces todo lo concerniente a la seguridad.
La terraza estaba guarnecida con una barandilla de metro y medio de altura, y el interior de la cabaña era sencillamente inexpugnable tanto para salir como para entrar, gracias a un robusto pestillo de seguridad para niños, tan eficiente que a ellos mismos les resultaba difícil de accionar.
Así que regresaron a Bilbao a dejar a Dani, y, tras una breve parada en el Eroski para hacer acopio de lo que les pareció más imprescindible —algo para cenar esa noche y para el desayuno del día siguiente, tres o cuatro artículos de baño que Erika tomó improvisadamente y una botella de champán que Alonso tomó más improvisadamente aún, teniendo en cuenta que ninguno de los dos acostumbraba a beber—, se encaminaron, exultantes, hacia su particular oasis.
Se sentían un poco como dos adolescentes que se dispusiesen a pasar su primera noche juntos.
Al llegar a Walden ya atardecía, y un sol rojizo se derramaba entre las copas de los árboles como una sustancia casi palpable.
Las sombras de los abetos se hacían más alargadas , con esa singular languidez tan propia de los primeros días de primavera o los últimos del invierno.
Esa intensidad bermeja del sol que contrastaba vivamente con el verde imposible del bosque, la vegetación vaporosa, que parecía levitar desde la misma base de los árboles, los sonidos crepitantes, el rumor del arroyo a sus espaldas…
, todo ello parecía contribuir a dar al entorno un aspecto definitivamente onírico e irreal, como si hubiesen sido teletransportados a un mundo de fantasía.
Aparcaron en su garaje de madroños y, durante un rato, se dedicaron a contemplar la silueta de Walden entre los árboles, sin decir nada.
Finalmente se tomaron de la mano y se encaminaron, sobrecogidos, a su nuevo hogar.
Con la caída de la tarde el bosque parecía revelar una vida que hasta entonces no habían conocido, como si todos sus habitantes quisieran dar testimonio de su presencia al mismo tiempo.
A su paso las chicharras callaban, pero retomaban enseguida su canto a sus espaldas, y los diversos coros de ranas parecían celebrar con entusiasmo la proximidad de la noche.
Los intrusos eran ellos , y no eran los únicos en saberlo.
Mientras que Walden , frente a sus ojos, permanecía inmune a todo, robusta y soberbia, contradiciendo con su insólita presencia algo aparentemente imposible: que una vivienda humana pudiese sustentarse en lo alto de un árbol.
Comenzaron a ascender por la oscilante escalera de madera sintiéndose más intrépidos y emocionados que nunca por el mero hecho de ser la primera vez que lo hacían solos .
La impresión de contraste entre naturaleza y confort nunca les pareció mayor que cuando Alonso cerró la puerta a sus espaldas y trocó milagrosamente aquel bosque salvaje por las comodidades de una vivienda moderna.
El olor a resina fresca los inundó , intensificado por esa sórdida impresión de desnudez que prevalece en los lugares aún deshabitados.
El mo biliario, por completo de madera, el sordo rumor que rodeaba Walden, interrumpido de cuando en cuando por los crujidos de la casa, pero, sobre todo, la ligera oscilación de la cabaña sobre los árboles, reflejada por un exterior que parecía ba lancearse a través de sus ventanales , les transmitía la sugestiva y vertiginosa sensación de encontrarse en el interior de un barco.
Dejaron las bolsas de la compra en la entradita, atravesaron el salón y volvieron a salir al exterior a través de la puerta corredera.
Y recorrieron su terraza despacio, envueltos por el abismo, acechados por lo infinito, casi temerosos de que sus pisadas pudiesen hacer que todo aquello se desvaneciese en cualquier momento.
Se apoyaron en la barandilla y se dedicaron a contemplar el bosque milenario.
Y así permanecieron durante largo tiempo, hasta que aquel sol de plomo fundido fue dando paso, imperceptiblemente, a un misterioso magenta opaco entre los árboles, como si una descomunal vidriera de color se interpusiese entre ellos y aquella catedral natural.
Desde abajo, un manto azulado comenzó a inundar todo ante sus ojos, como una crepuscular marea que subiese y subiese.
Cuando aquellas dos simas finalmente se encontraron la sensación fue única , inolvidable.
La ilusión de encontrarse en un barco en alta mar se hizo más intensa que nunca, rodeados de abismos y de misterios, pero también inexpugnables, inalcanzables habitantes de las alturas.
No experimentaron temor alguno, sino solo un vago y reverencial estremecimiento.
Apenas hablaron esa noche. Pero, después de cenar, Alonso se acercó a su piano y tocó para ella la que de hecho era su pieza favorita : la «Melodía» de Gluck-Sgambatti. Después se trasladaron al sofá , siempre sin hablar, y se buscaron enseguida, emocionados, nerviosos como dos chiquillos.
Y allí mismo, arrullados por el canto de los últimos somormujos, se hicieron el amor como si fuese la primera vez.
Luego Erika se fue quedando gradualmente dormida en los brazos de Alonso, hipnotizada por el incandescente fulgor de la chimenea y el ocasional crepitar de las astillas entre las brasas.
Pero Alonso no miraba la chimenea.
Miraba su piano.
Los ojos entornados, la mandíbula apretada, la boca contraída…
Su semblante no denotaba tranquilidad alguna.