Capítulo 7
La construcción de la cabaña dio comienzo a finales de noviembre, ya con los pertinentes permisos concedidos (que, en efecto, fue lo que más lo demoró), y un Julio exultante dirigiendo y llevando a cabo toda la operación.
Julio contrató a tres compatriotas suyos, y, cuando Alonso le propuso contratar más trabajadores con el fin de avanzar más rápido, se negó en redondo:
—Tres trabajadores son lo que más conviene a mi ritmo de trabajo. Con más gente ya no estoy seguro de controlarlo todo. Además, con estos tres ya he trabajado muchas veces y son tres jabatos: no hablan, no protestan y no se cansan nunca. Iremos rápido.
Por primera vez en doscientos millones de años, aquellos bosques conocieron el martillo , la sierra y el escoplo.
La primera etapa de la construcción fue la más compleja y también la más lenta , tal y como les anticipó Julio.
Lo más arduo fue trasladar los materiales de construcción hasta el lugar elegido, y , durante varias semanas, se dedicaron solo a eso, pues muchas de las vigas y los listones eran demasiado grandes como para que los camiones pudiesen transportarlos hasta el lugar elegido , así que tuvieron que hacerlo de forma manual durante largos recorridos .
Improvisaron un pequeño cobertizo y, día tras día, fueron apilando allí cuidadosamente todo el material.
Julio, tranquilo y minucioso de por sí, se concentraba en no cometer error alguno ni precipitarse en nada, y trabajaba a un ritmo que a Alonso, a veces, le resultaba desesperante.
Como el buen marinero, los movimientos de Julio eran lentos y precisos, y no tenía inconveniente en dedicar toda una mañana simplemente a observar, hacer cálculos mentales y desbrozar finalmente un par de árboles cercanos.
Pero poco a poco su ritmo de trabajo fue yendo a más, y el propio Julio, que esperaba tener que ir consultando diferentes cuestiones a medida que fuese progresando, se sorprendía en secreto al descubrir que no necesitaba consultar prácticamente nada.
En efecto, era como construir una casa normal, con la singular diferencia de hacerlo sobre un firme natural, así que su mayor prioridad durante esas primeras semanas fue la de lograr la mayor consistencia posible de ese firme.
—En cuanto alcemos la escalera y la plataforma de la cabaña, el resto irá rodado —le decía un día a Alonso.
—Ya sabes que lo que más nos interesa es la seguridad, Julio.
—¿La seguridad? Pero, cabrón, si habré venido como cincuenta veces y me sigo perdiendo. Aquí no tendrías problemas de seguridad ni aunque os hiciese la cabaña sin puertas.
Otro día, mientras se dedicaba a unir un tablero con otro, le decía :
—El tema de los anclajes es importante. Usaremos anclajes flotantes , que son más caros, y les daremos una buena holgura para que el árbol pueda seguir creciendo de forma natural .
Piensa que estamos construyendo sobre un organismo vivo.
El árbol nunca deja de crecer, o sea, de moverse, y los anclajes vienen a ser como las articulaciones de las extremidades .
Julio se explicaba de forma entrecortada y con abundantes silencios , concentrado en su trabajo, pero tan hablador como siempre.
—Luego están los árboles en sí —continuó—. No podemos hacerlos desaparecer . Ni queremos. Así que vamos a ver si conseguimos integrarlos en la cabaña de forma armónica.
—¿Los árboles estarán dentro de la cabaña? —le preguntó Alonso.
—Sí, pero no como te imaginas. —Julio daba cada martillazo con la precisión de un cirujano—.
No los puedes dejar ahí sin más, porque entrarían bichos o incluso animales más grandes, además de frío y humedad.
Con el primer árbol da un poco igual, porque estará en el exterior, en la parte frontal de la casa, en la terraza.
Pero el segundo abeto tiene que es tar dentro.
Así que lo que haremos será protegerlo con una columna de metacrilato, desde el suelo de la cabaña hasta el techo, donde saldrá de nuevo al exterior .
Al principio pensé en taparlo de algún modo, pero luego me dije: ¿y por qué esconder la parte más original de la cabaña?
—Claro. Me encanta la idea —respondió Alonso .
Alonso bajó la vista y, al contemplar el tamaño de los tornillos desparramados por el suelo, le preguntó a Julio :
—Oye, ¿y el árbol no sufre con todo esto, Julio ?
—Qué va a sufrir. ¡Michal! ¡Ten cuidado con ese tablero, hostia!
El árbol ni se entera. De hecho, para que los anclajes agarren bien usaremos unos tornillos todavía más grandes , como de ocho o diez pulgadas.
Tú piensa que el interior del árbol es de madera muy dura, lo que es cojonudo porque lo más importante para encuadrar bien la cabaña es que los cimientos sean sólidos.
Pero la savia del árbol no corre por su interior, sino por la parte de fuera, la más cercana a la corteza, y el tornillo tiene apenas un par de pulgadas de ancho , algo insignificante para el árbol.
Será como picaduras de mosquito en un dinosaurio .
Durante los meses que duró la construcción de la cabaña , Alonso, Erika y Dani se dedicaron a dar largos paseos por la zona y fueron enamorándose crecientemente del lugar.
Y fue así como descubrieron un delirante hayedo en el que se daba un fenómeno curiosísimo: las ramas de los árboles no crecían en horizontal, que era lo habitual, sino en vertical.
Cuando Alonso preguntó le dijeron que se trataba del hayedo de Otzarreta (otros lo llamaban «de Isabel»), a orillas del Zubizabala, y su caprichosa forma se debía a la acción, en tiempos, de las podas de los carboneros.
A Erika aquellas hayas le recordaban a los ents, los seres arbóreos del bosque mágico de Tolkien.
Había muchas leyendas circulando en los pueblos de la zona.
Por ejemplo, la del Basajaun —una especie de Yeti vasco que se dedicaba a velar por los rebaños de los pastores a cambio de trozos de pan, alertándolos cuando se acercaban los lobos o las tormentas—, las lamias —seres misteriosos con pies de ave que habitaban en las orillas de sus ríos acicalando sus largos cabellos con peines de oro— o los gentiles, personajes vascos mitológicos de fuerza descomunal.
Poco a poco fueron completando los mil detalles que surgen durante la construcción de cualquier vivienda.
A Erika siempre le sorprendía la actitud de Dani hacia la naturaleza, y día tras día se convencía del acierto de su decisión.
A medida que pasaba el tiempo la personalidad del niño comenzaba a revelar una curiosa mezcla entre el carácter dócil y complaciente de su madre y la innata reserva de su padre, lo que, en con junto, le daba un cierto aire de madurez impropia de su edad.
Y cada vez que le preguntaban allí en Bilbao: «¿Quieres que vayamos a la cabaña?
», a Dani se le iluminaba la cara y exclamaba «¡chíííííí!
» invariablemente . Y una vez allí se pasaba el día correteando de un lado para otro, explorando el millón de cosas que le deparaba el bosque, descubriendo animalitos o, el que de hecho era su pasatiempo favorito, haciendo agujeros cerca del arroyo para llenarlos después con su cubito.
La natural independencia de su carácter parecía saciarse allí de algún modo, pues sus padres le permitían deambular con una libertad que no tenía en los parques infantiles que frecuentaban en Bilbao, en los que no se separaban de él ni un metro.
Aun así , Dani nunca se alejaba demasiado de la cabaña y evitaba el interior del bosque instintivamente.
Antes del año, tal y como había vaticinado Julio, la cabaña estaba terminada.
La llamaron Walden, en honor al homónimo libro de Thoreau, y grabaron su nombre en un pintoresco letrero de madera, entre la cabaña y el garaje de madroños.
Para Alonso y Erika ese cartel significaba «sueño cumplido».
Dani, de la mano de su padre, fue el encargado de apuntalar el último clavo frente a la exultante sonrisa de Erika, mientras que Julio, a su lado, parecía un tanto nostálgico, como le pasaba siempre que concluía un proyecto en el que se hubiese involucrado mucho. De vez en cuando comentaba:
—Ni yo mismo pensé que fuera a quedar así de bien, la verdad.
—Es obra tuya, Julio —le decía Alonso, abrazándole por los hombros—. Eres muy grande, amigo.
Y Walden, frente a ellos, parecía custodiar a todos silenciosamente, como un ídolo indiferente y soberbio.
Su mera presencia en mitad del bosque ya resultaba sobrecogedora, una imposible alucinación, y el propio Alonso, que lo había visto surgir desde su primer listón, lo contemplaba una y otra vez casi sin dar crédito.
Julio había insistido siempre en talar solo lo imprescindible, y Alonso se descubría ahora ante su admirable visión de futuro, pues la cabaña comparecía perfectamente integrada en el bosque, como un inmenso nido.
Las ramas y las hojas de los árboles más cercanos comenzaban ya a filtrarse entre las cuerdas de la escalera de caracol, lo que hacía que ascender por la espiral oscilante de su escalera, en torno al tronco del árbol, fuese ya una experiencia inolvidable.
Su integración en la naturaleza era perfecta, y lo sería todavía más a medida que transcurriese el tiempo.
Y, si algún paseante extraviado deambulase por allí, lo normal sería que ni siquiera reparase en ella, tanto por su ubicación en las alturas como, sobre todo, por ese camuflaje natural que tanto complacía a Alonso .
Pero por allí no pasaba nadie.
La impresión de aproximarse a la cabaña desde la espesura y el silencio del bosque, entre los abetos y las ardillas, con esa luz evanescente que, filtrada a través de las copas de los árboles y la vegetación, parecía otorgar al entorno un carácter mágico, casi sobrenatural…
, resultaba incomparable. Si además se daba la circunstancia, frecuente, de que Alonso estuviese tocando su piano , uno se sentía invadido por una difusa sensación de misticismo e irrealidad, una impresión casi soñolienta, como si deambulase por el interior de un bosque encantado.