La casa del árbol Capítulo 6
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Capítulo 6

—Jodido —comentó escuetamente Julio.

—¿Jodido? —preguntó Alonso , descolocado—. ¿Ese es todo tu veredicto?

—No. Jodido, y caro .

Estaban en «su lugar», y Erika se había llevado a Dani a tirar piedras al arroyo, al «guagua» como decía él, para dejarlos hablar tranquilamente.

—A ver, chaval, yo te digo lo que hay. El lugar es precioso y lo que tú quieras (aunque rebuscadito, ¿eh?, rebuscadito), pero lo que queréis hacer no es fácil. Ni de coña es fácil. Ni barato. Para empezar no tengo ni idea de cómo haríamos para traer hasta aquí todo el material que necesitaríamos.

—Ya…, ya lo he pensado.

—¿De verdad lo has pensado? —Julio miraba a su alrededor casi con indignación—. ¿Y también has pensado cómo traeríamos hasta aquí la maquinaria pesada si en este bosque no cabe un puto alfiler?

—Ya sabes, Julius, que si me sacas de las teclas me pierdo enseguida.

—Ya veo, ya. Pues igual también se te daba bien ser bombero. Lo digo por las ideas.

Igualmente, Alonso sabía que aquello era parte del ritual . A veces Julio se comportaba de un modo un tanto infantil, como si desease señalar primero todas las dificultades que había para demostrar a continuación que él, no obstante, era capaz de hacerlo.

—A ver, también te digo que esos abetos son ideales para construir una casa como la que queréis…, pero el trabajo sería descomunal. Aquí hay para un año de curro, eso como mínimo. Y lo que te digo, mucha pasta.

Alonso, que no había previsto una aprobación tan rápida de Julio, interiormente se sentía pletórico.

Por primera vez el proyecto se le presentaba desprovisto de esa aura de imposibilidad, casi de absurdez que hasta entonces le había acompañado.

Julio nunca se andaba por las ramas, nunca.

Si le hubiese parecido inviable, lo habría dicho de inmediato.

—El grueso lo podríamos hacer mis polacos y yo —prosiguió Julio , como hablando para sí mismo—, pero luego harían falta electricistas , fontaneros…, ya sabes, todo lo demás. Y no tengas duda de que te pondrán todo tipo de pegas para venir hasta aquí a trabajar, ya te lo adelanto.

Al tiempo que hablaba, Julio deambulaba entre los árboles mirando desde varios ángulos diferentes, como si estuviese realizando complicados cálculos mentales.

«Solo le falta medir la velocidad del viento chupándose el dedo », pensó Alonso, divertido.

—Por otro lado —continuó—, aquí habría que meter materiales buenos, nobles, madera de calidad: alerce para la estructura y los interiores, quizá también para el tejado, arce revestido de castaño, que es lo que mejor aguanta la intemperie…

En fin, ya se iría viendo. Nada de contrachapados ni mierdas así, para que me entiendas.

Y luego, por supuesto, la madera tendría que tener un tratamiento especial para la lluvia.

Acero forjado para ensamblar todo bien, puertas y escalera de calidad, y las ventanas, claro, las ventanas…

, en fin, lo que viene siendo todo . Mucho curro. Y mucha pasta.

Alonso escuchaba las palabras de Julio con atención reconcentrada , pero empezaba a impacientarse. Así que le preguntó directamente:

—Entiendo lo que dices, Julio. Pero… ¿se puede?

Julio miró de nuevo a su alrededor, y se tomó un buen rato antes de contestar. Finalmente respondió:

—Se puede, compadre, se puede . Con curro y pasta casi todo se puede en esta vida.

Una vez tomada la decisión, Alonso y Erika se propusieron construir la cabaña perfecta.

Su diseño ya les deparó una ilusión inesperada, en el que invirtieron no pocas horas de conversaciones, estimaciones más o menos aproximadas y pura imaginación .

Coincidían a grandes rasgos con el modelo inicial propuesto por Julio, aunque con algunas variaciones: la cabaña se sustentaría sobre dos enormes abetos —los «pilares maestros», los llamaba Julio—, dos colosos que ya habían elegido y que rebasaban ampliamente los cincuenta metros de altura, y sería reforzada mediante cables de acero que la unirían y afianzarían junto a otros árboles cercanos, además de sostener la escalera en el aire.

El primero de esos dos abetos, en la parte frontal de la cabaña, albergaría la enorme plataforma de madera en forma de media luna que haría de terraza o de parcela suspendida, mientras que el abeto posterior sustentaría la escalera de acceso a la cabaña y su puerta de entrada principal .

Les encantó la idea de Julio de construir un pequeño cobertizo en torno al segundo abeto, lo suficientemente grande como para albergar un vehículo de emergencias —previsiblemente una moto pequeña , tipo scooter—, así como sus bicicletas, las herramientas de Alonso y alguna que otra cosa más.

La escalera ascendería en espiral en torno al segundo árbol hasta una altura estimada de nueve o diez metros, aunque Julio les advirtió que, cuanto más alto construyesen la cabaña, más sentirían el movimiento al estar arriba.

Igualmente, y teniendo en cuenta que la vivienda se sostendría sobre dos árboles y no sobre uno solo, el resultado debería seguir siendo bastante estable .

—Será como una casita de pájaros enmarcada entre dos árboles gigantescos —añadió, y la imagen tuvo la virtud de inundar de ilusión la expresión de ambos.

El interior de la cabaña era pura fantasía: roble, caoba, ébano convivirían de forma armónica en un espacio diáfano aunque dividido por estancias, elegantemente separadas mediante grandes tabiques de madera.

El techo mantendría la forma clásica de tejado en forma de V invertida y sería reforzado de lado a lado por gruesas vigas de madera natural.

Unos inmen sos ventanales bordearían el perímetro de la cabaña desde el suelo hasta el techo y tendrían la función de integrarlos completamente en la naturaleza.

El mayor de esos espacios, el salón, estaría presidido por el gran piano de cola de Alonso, pero incluiría también un enorme sofá —cuya orientación per mitiría disfrutar tanto del piano como de las impresionantes vistas del bosque—, así como la mesa del comedor , sencilla pero elegante.

En la gran estructura de madera que dividiría el salón de los dos dormitorios insertarían, a media altura, una generosa chimenea alargada de leña, capaz de caldear la cabaña entera.

Al fondo de la cabaña, a la izquierda, instalarían un baño completo con ducha, cuyas paredes —un hexágono perfecto en tres dimensiones, de cristal opaco desde el exterior— permitirían la experiencia de ducharse literalmente entre las copas de los árboles, mientras que en el lateral derecho de la cabaña ubicarían la moderna cocina, casi minimalista, cuyos tonos wengué armonizarían a la perfección con el resto del mobiliario.

Después de darle muchas vueltas, decidieron dejar la terraza abierta con el fin de sentirse aún más integrados en la propia naturaleza , previendo, además, que tanto el tejado de la cabaña como las frondosas copas de los árboles ya los resguardarían lo suficiente de las inclemencias del tiempo.

Esa terraza tendría una superficie aproximada de treinta metros cuadrados y albergaría diferentes muebles y artículos de ocio: un cómodo sofá de tres piezas , una mesita, un par de hamacas en las que ya se imaginaban dedicando tiempo a su pasión lectora, el telescopio de Erika…

Eso sí, a esa terraza solo podrían acceder a través del salón, y aquí sí que siguieron el consejo de Julio de introducir un tipo de puerta corredera como las que él había visto durante su estancia en América, «por una cuestión de seguridad», les dijo, pero que también les permitiría sacar algún metro más a la ya de por sí espaciosa terraza.

Pero antes de todo eso , mientras Julio continuaba explicándole todos los detalles del paraíso, Alonso dirigió la vista hacia las copas de aquellos inmensos árboles y se preguntó cómo se sentiría uno allí arriba, inmerso en la naturaleza, aislado de todos…

, intocable. Y en ese momento, entre la brisa y el murmullo del agua, en aquel bosque silencioso e indolente, Alonso tuvo una revelación: aquel era su sitio, su lugar en el mundo.

Y deseó con toda el alma que también lo fuese de su familia.

Entonces aparecieron Erika y Dani, persiguiéndose y transpirando los dos a pesar del frío día de diciembre , y, al verlos, Erika les preguntó entre jadeos:

—¿Qué tal vais, chicos? Este no se cansa nunc…

Pero no pudo terminar la frase, impresionada por lo que encontró en la mirada de su marido.

Y durante todo el camino de vuelta, mientras Alonso se dedicaba a explicarle con detalle todo lo hablado con Julio, Erika no pudo quitarse de la cabeza aquella mirada.

Y no solo por lo mucho que la había impresionado encontrarla en su habitualmente impenetrable marido, sino por cómo se había sentido ella misma al contemplarla: ilusionada, feliz, consciente de que sería capaz de hacer cualquier cosa con tal de repetirla.

Para bien o para mal, la suerte estaba echada.