La casa del árbol Capítulo 5
11%

Capítulo 5

Alonso y Erika comenzaron a dedicar los fines de semana a recorrer los diversos parques diseminados por las inmediaciones de Bilbao, aprovechando para pasear juntos, coger castañas, hacer pícnics, y, en definitiva, disfrutar de tiempo de calidad en familia.

Erika estaba exultante, y sentía que, solo por eso, ya había valido la pena el simple hecho de ilusionarse con su peculiar proyecto.

Alonso le llevaba cierta ventaja. Al día siguiente de su con versación en la cocina había realizado algunas llamadas con la peregrina esperanza de que las gestiones administrativas no fuesen tan complicadas como en un principio parecían.

Los organismos oficiales ya lo habían sorprendido más de una vez, para bien y para mal.

Pero enseguida comprendió que no tenía sentido alguno avanzar a nivel legal hasta no tener una mínima idea del lugar exacto en el que les gustaría construir su cabaña.

Lo primero sería encontrar ese lugar, si es que existía, y después ya se ocuparían de todo lo demás.

Además, ambos eran conscientes de que la última palabra la tendría Julio.

A diferencia del parque vecino, el Urquiola , que había sufrido importantes modificaciones con el fin de hacerlo más accesible al llamado «turismo urbano», el Gorbeia había con seguido mantener intacto todo su encanto, entre otras cosas por la simple dejadez de sus escasísimos habitantes.

Se mantenía algo de pastoreo, muy poco, la elaboración tradicional de miel y de queso proveniente de la oveja latxa —en otros tiempos origen del relativamente famoso queso de Gorbeia—, y cierta propensión familiar a la alfarería en algún que otro caserío aislado .

Algunas chabolas y «majadas» esparcidas por el parque daban testimonio de aquella tradición pastoril ya casi extinta, mientras que la fabricación artesanal de cal, importante en tiempos pasados, había desaparecido por completo, así como la actividad profesional de los micólogos , los expertos en hongos y en setas.

El parque albergaba también alguna ermita —siendo la más importante la de Nuestra Señora de las Nieves— y unos pocos refugios conocidos por los pastores, como el de Egiriñao.

Y eso era más o menos todo.

Ni restaurantes ni complejos hoteleros ni nada que se le pareciese.

Eso sí, la riqueza natural del parque era abrumadora, y su aspecto selvático y abandonado constituía , en realidad, su mayor encanto.

Desde la cascada de Gujuli se precipitaba el río Jaundia desde una altura de más de cien metros, y había un pequeño (aunque impresionante) mirador en el lado oeste.

Era la zona más «turística» del parque, y también el lugar en el que los escasísimos habitantes de las aldeas circundantes paseaban de cuando en cuando o dedicaban algún domingo que hiciese buen tiempo a recorrerlo en bicicleta.

En cambio, en su lado este, el parque se mantenía prácticamente virgen, y hacia allí fue donde Alonso y Erika dirigieron la mayor parte de sus exploraciones.

A bordo de su Volkswagen Touareg, partían desde la N -240 que unía Bilbao con Vitoria, a través del Alto de Barazar.

Antes de llegar a Vitoria tomaban la BI -3542 en dirección a Otxandio, y, tras recorrer unos quince kilómetros de sinuosa carretera, surgía a su derecha una especie de pista forestal por la que se internaban ya directamente en el bosque, siempre admirados con el sorprendente contraste que ofrecía el paso entre la «civilización» y la más intrincada naturaleza en tan escasos kilómetros.

Árboles y más árboles franqueaban todas y cada una de las carreteras comarcales, y, en muchas ocasiones, se vieron obligados a esquivar los numerosos animales salvajes que por allí pululaban.

Por supuesto se perdieron incontables veces , aunque estimaban aquellos extravíos como una oportunidad de reconocer aún mejor el lugar.

Un fresco domingo de abril, tras abandonar la BI -3542 e internarse al azar, como tantas veces hacían , por uno de aquellos solitarios senderos que daban acceso al parque, descubrieron una pequeña abertura entre la maleza por la que el Touareg entraba por los pelos, y que en realidad se trataba de un antiguo sendero de transportadoras de cal, ya completamente en desuso.

Siguiendo un impulso, y aprovechando que Dani dormía profundamente, decidieron internarse justo por allí, por pura curiosidad.

Recorrieron un buen trecho en la más absoluta soledad, entre encinas, robles y hayedos.

Al llegar a la altura de un centenario y majestuoso abeto rojo, decidieron doblar a la derecha y seguir conduciendo todavía durante un buen rato más, esquivando árboles y rocas y atravesando entre baches un bosque que parecía volverse cada vez más intrincado.

Avanzaban cada vez más despacio, a medida que la frondosidad del bosque les estrechaba más y más el camino .

Y, en el preciso momento en que se convencían de que ya no podrían avanzar ni un metro más, el bosque se abrió inesperada mente , situándolos de pronto en un diminuto claro que parecía directamente extraído de uno de los cuentos de los hermanos Grimm , con riachuelo incluido y todo.

No habrían transcurrido más de veinte minutos desde que abandonaran la BI -3542, y apenas una hora desde que salieran de su casa en Bilbao , pero, si se lo hubiesen dicho, ninguno de los dos lo hubiese creído.

La soledad y la quietud del paraje eran absolutos.

Su impresión, de hecho, era la de encontrarse en una época pasada y remota, y la actitud silenciosa y expectante de ambos daba testimonio de la emoción que sentían .

Maniobraron hasta lograr dejar el Touareg apostado a los pies de unos madroños, cuya caprichosa forma semejaba un garaje techado en torno al vehículo, y, aún sorprendidos de haber logrado penetrar tanto en el bosque, decidieron bajar y explorar directamente aquel desconocido Edén, dejando a Dani dormido en el coche .

La belleza del lugar era sobrecogedora.

El suelo, tapizado de hojas caídas de un rojo desleído, daba al entorno un aspecto difuso e irreal, como si todo aquello hubiese sido edificado sobre una especie de medio flotante.

Había hongos diseminados por todos lados, como duendes curiosos que asomasen desde algún tipo de inframundo, y, salvo por aquel desnivel progresivo y adyacente al curso del río, el suelo parecía ser bastante uniforme, aunque distribuido en dos o tres alturas diferentes, a modo de terrazas.

La pureza del aire los hacía sentir casi mareados.

Lo único que allí se oía era el arrullo del agua sobre las piedras, y unos ocasionales graznidos , desconcertantemente cercanos, señalándoles su innegable condición de forasteros en el lugar.

Ascendieron despacio entre la vegetación, dejándose penetrar por todas aquellas impresiones exóticas, para descubrir, a los pocos pasos , que les aguardaba una sorpresa todavía mayor, pues lo que aquel curioso entramado de madroños franqueaba era, en realidad, la puerta de entrada al reino de los gigantes: cientos de abetos milenarios se proyectaban hacia las alturas de tal forma que el sol apenas lograba infiltrarse entre sus copas, lo que no impedía la proliferación de todo tipo de vegetación de un verde intenso a su alrededor, contrastando vivamente con el amarillo, naranja y rojo de la hojarasca.

Sin mediar palabra, los dos tuvieron el mismo pensamiento al mismo tiempo: si existía un lugar ideal para construir su cabaña, sin duda era ese .

Los siguientes fines de semana los dedicaron a repetir el mismo itinerario, y nunca, ni una sola vez, se encontraron con nadie.

Les parecía que en aquel bosque resonaba un eco salvaje, un murmullo secreto y casi olvidado, como si la vida que hubiesen llevado hasta entonces se desenvolviese en un lugar caótico en comparación.

Sus sentidos parecían vaciarse y depurarse cada vez que estaban allí, y una interminable sinfonía de olores y sensaciones nuevas los acompañaba en todo momento .

Caminaban, exploraban bajo la fresca sombra de los abetos, y cualquier cosa les parecía indicio de algo: una rama rota , un sendero apenas apuntado entre la maleza, un montoncito de cáscaras vacías…

Pero, sobre todo, se olvidaban del tiempo, como si no existiese nada más importante que hacer en la vida que deambular entre aquellos árboles y aquellas rocas.

La sensación habitual de estar en un determinado lugar «para algo» allí desaparecía por completo.

Ese aire tan puro no parecía llenar solo sus pulmones, sino también sus conciencias, purificándolas, renovándolas…

, y, cuando llegaban de nuevo al lunes, lo hacían reconciliados con el mundo y con ellos mismos.

Para Alonso aquel bosque representaba a Bach.

Dani, que de ordinario era más bien vaguete, allí parecía no cansarse nunca de explorar, de trepar a las rocas o de buscar animalitos.

Uno de aquellos días, Erika le dijo a Alonso:

—Fíjate que, cuando vamos a cualquier centro comercial Dani no aguanta ni dos pasos sin pedir bracitos. En cambio, aquí se pasa correteando el día entero, saltando troncos o trepando rocas como una cabra. ¿Por qué será?

—Pues ahora imagínate lo que se sentirá ahí arriba —le respondió Alonso señalando con el dedo uno de aquellos descomunales abetos —, en la copa de uno de esos chiquitines.

—Es que me sigue pareciendo imposible…

Lo pensó un poco más y añadió:

—Ya sabes que lo que más me inquieta es estar tan aislados, tan lejos de todo. Aquí no hay casi ni cobertura, Alon.

—Bastante conectados estamos ya en el mundo real.

Un oasis de verdadero aislamiento, eso es exactamente lo que ne cesitamos.

Sin gente, sin móviles…, sin nada, solo natura leza.

No sería lo mismo si te fueses cruzando con gente.

¿Te imaginas? «¡Buenos días, fulanita! Espero que haya tenido una buena noche.

Anoche estuvieron sus hijos correteando por aquí .

¡Haga el favor de decirles que tengan más cuidado con la pelota, que casi me rompen una ventana! ».

Erika se rio con ganas, tanto por el comentario como por la voz aflautada de Alonso.

—Eso no quitaría adoptar las medidas necesarias —añadió Alonso tomando a Dani en brazos—, o lo que hemos hablado otras veces, tener un vehículo de emergencias o algo así. Una moto pequeña quizá. Y también hay aparatos para amplificar la cobertura del móvil. Sería cuestión de mirarlo.

Tras un rato pensativa, Erika se dirigió a su marido con una determinación que la sorprendió a ella misma :

—Pues por mi parte luz verde, Alon.

Sonrió brevemente y añadió:

—Eso sí, como me arrepienta cuando me vea allí arriba , te lanzaré desde las alturas.

—Me parece justo —respondió Alonso devolviéndole la sonrisa—. En tal caso, mañana mismo hablo con Julio.