La casa del árbol Capítulo 4
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Capítulo 4

Alonso tenía especial afinidad por un pariente lejano de Erika de origen polaco llamado Julius Korzeniowski, por el cual, además de cariño , sentía una enorme admiración.

Julio —nadie le llamaba Julius allí en Bilbao— tenía multitud de talentos, que se habían materializado en numerosas patentes, algunas de ellas realmente brillantes.

Por ejemplo, su «valla inteligen te», cuyo funcionamiento en realidad no podía ser más senci llo (como solían ser siempre la mayoría de sus inventos , por otro lado): a Julio se le había ocurrido que , introduciendo un cable y un sensor en el interior de una verja de apariencia normal, sería posible controlar, mediante unas cuantas cáma ras y un simple monitor, la intrusión de cualquier persona que tan solo rozase la valla, pues el sensor era capaz de indicar el lugar exacto en el que eso sucedía.

Sus ventajas eran múltiples, comenzando por el ahorro de personal que suponía a la hora de proteger grandes superficies —un solo hombre bastaba para controlar el monitor y avisar a la policía en caso de necesidad—, pero también por la precisión e inmediatez que demostraba a la hora de dar la alarma o la simple mejora de las comodidades de trabajo del vigilante, que ya no estaría obligado a deambular a la intemperie, sino que podría controlar tranquilamente el monitor desde su caseta.

Recintos feria les, parques temáticos, estadios de fútbol o de béisbol, cárceles, todos esos espacios y muchos otros se beneficiaban ya de las ventajas de su valla en diferentes partes del mundo.

Otro de sus inventos más celebrados había sido su acelerador de hierba natural, cuyo diseño , de nuevo, era fruto de un sentido común aplastante.

El artefacto se concretaba en una especie de cinta transportadora en forma de acordeón (para optimizar el espacio) que se desplazaba, mediante unas argo llas y rieles flotantes, portando una serie de placas de tierra de un metro por cincuenta centímetros cada una.

Esas placas de tierra recibían durante su recorrido todo lo que necesitaban para que el césped (o cualquier otro tipo de hierba) creciese a una velocidad insólita: semillas, agua, luminosidad, pero de un modo acelerado, especialmente en lo referente a la luz, que era generada por rayos ultravioleta.

Desde que entraba la primera placa hasta que salía convertida en césped na tural transcurrían exactamente veintiún días, periodo de tiempo brevísimo en comparación con los habituales.

Y sus posibilidades, de nuevo, eran múltiples a la hora de replantar con rapidez grandes superficies (campos de fútbol o de golf, amplios parques y avenidas, jardines ), pero también como fuente de ali mentación de ciertos tipos de ganado que solo comían un determinado tipo de hierba que garantizaba la calidad de su car ne y de su leche, y cuyos pastos, hasta entonces, debían ser muy dosificados .

Julio, quien por cierto carecía por completo de estudios, era extremadamente laborioso, y sus hazañas no solo se limitaban a los planos y las patentes.

En sus ratos libres había convertido un gallinero perteneciente a los padres de Erika en un coqueto apartamento de dos plantas y una alberca en un aserradero autónomo, por simple entretenimiento.

Alonso y Julio habían congeniado desde el primer día.

Alon so, callado y taciturno; Julio, hablador compulsivo y extrovertido; formaban una pareja curiosa y entrañable.

El mayor defecto de Julio —un defecto perfectamente perdonable, pensaba Alonso , en comparación con sus incontables virtudes— era el de mostrarse en exceso campechano con todo el mundo, incluido con aquellos a los que trataba de vender sus patentes, lo que, a veces, le cerraba puertas que debían ser tocadas con mayor delicadeza.

Pero Julio era un genio, un auténtico genio, y el genio siempre se imponía, así lo creía.

Alonso había tomado muchas cervezas con él, y sabía que detrás de aquella apariencia vulgar, casi simplona, habitaba una inteligencia fuera de lo común, una mente independiente y prodigiosa que no daba nunca nada por sentado, y, sobre todo, un inagotable caudal de creatividad.

Entre sus clientes se contaban numerosas empresas americanas y australianas cuyas enormes extensiones de terreno que vallar o que replantar reclamaban sus inventos cada vez más, de forma que Julio se veía obligado a viajar con frecuencia.

Alonso solía ser el encargado de llevarlo y recogerlo en el aeropuerto, dado que Julio no tenía más familia en Bilbao que su sobrina Erika, y un día, a la vuelta de uno de aquellos viajes, Julio insistió en ir a tomar unas cervezas antes de ir a casa, pues decía necesitarlas como pocas veces en su vida.

—Imagina que llegué al puto Asheville o como se llame, en Carolina del Norte, después de un viaje largo de cojones, y estuve esperando casi dos horas en una oficina extrañísima, tío, diminuta, calurosa y llena de una especie de hormigas voladoras que no te dejaban en paz ni un minuto.

Los muy anormales me habían dicho que tenían mucho interés en mi valla, que querían no sé cuántos metros de ella…

, un disparate, y me estuvieron dando el coñazo durante muchos meses.

Y resulta que cuando por fin llego allí me empiezan a decir que no están tan seguros, que querían hablar un poco más primero…

Desconfianza, te lo digo yo, desconfianza pura y dura.

Y poca seriedad, tío, eso fue lo que pensé .

Julio llevaba tantos años en Bilbao que ya parecía el típico bilbaíno: rudo, apasionado de la comida y de la bebida y mal hablado, muy mal hablado.

Apuró de un monstruoso trago casi todo el contenido de su jarra de medio litro, pidió otra al camarero con ese gesto universal que consiste en brindar por él y continuó con su monólogo habitual:

—El caso es que al principio no hacían más que poner pegas: que si las vallas eran muy caras, que si su tecnología daría problemas…

Llegué a pensar que había hecho el viaje para nada.

Pero al final bien. La valla les encantó, como no puede ser de otra forma, pues es cojonuda, y cerramos el negocio enseguida.

Me bastó hablarles del dineral que iban a ahorrar en personal para que se les iluminaran los ojitos a los muy miserables.

Pero es que mi valla es un inventazo, tío, y las grandes empresas empiezan a darse cuenta, que ya era hora, por cierto.

Se está vendiendo bien, y mejor que se va a vender.

Julio bebía y hablaba con la ansiedad de un náufrago, y Alonso pensó que tenía allí para rato. Se alegró de haber advertido a Erika de que no le esperase despierta. La noche anterior habían tenido «fiesta» con Dani, y Alonso sentía que se le cerraban los ojos.

—Por la tarde me llevaron a visitar un bosque —prosiguió Julio, imperturbable—.

Al parecer había muchos en los alrededores, y me tenían preparada una especie de cabaña en la copa de un árbol.

—Los ojos de Alonso se abrieron de golpe—.

Tal cual, tío, una cabaña en un árbol. Era como un bungalow o así, pero colgado en las alturas.

Me quedé loco . Me dijeron que era una sorpresa, porque me gustaba el campo y eso.

Si al final los yanquis fueron majetes y todo, aunque a mí me sonó un poco a que me llamaban paleto.

Me está sabiendo a gloria la puta birra, tío.

Pero lo que te digo , me tocó un poco las pelotas que desconfiaran al princip …

—¿Cómo dices que era esa cabaña, Julio? —le interrumpió Alonso —. Háblame más de ella.

—Pues muy curiosa. La habían construido en un arbolaco de unos cincuenta o sesenta metros.

Ya sabes cómo son los americanos, que lo hacen todo a lo bestia.

Tenía una escalera de madera que ascendía en espiral en torno al tronco, desde la base del árbol hasta la entrada de la cabaña, a unos doce metros de altura.

—¡Doce metros! No jodas.

—Como lo oyes . Y me dijeron que las había más altas todavía.

Molaba mucho, la verdad. El lugar era increíble, pura naturaleza .

Y la cabaña tenía todas las comodidades que puedas imaginar .

Ahí arriba solo se oía a los pajaritos, tío, y el puto viento, eso sí, que hacía un viento de cojones.

Cuando subí hasta me asusté un poco, porque aquello se movía bastante.

—¿Se movía?

—Sí se movía, sí, aunque luego dentro te olvidabas. Tenía bomba de frío y de calor, agua caliente, televisión… Coño, si el chaval me dijo que las había hasta con sauna. Al parecer el dueño era finlandés, y el cabrón tenía buen gusto además.

—No sabía ni que existiera algo así —comentó Alonso, casi para sí mismo—. Yo creía que era algo que se hacía de vez en cuando para los niños y eso. Nunca habría imaginado que se pudiese hacer una casa de verdad en un árbol.

—Pues se puede, compadre, se puede —Julio brindó por segunda vez al camarero—, doy fe de que se puede, porque he dormido en una de ellas. Y además dormí como un bebé.

—Esa frase no tiene ningún sentido , Julius…

—Es jodido, ¿eh? Pues haber tenido el pajarito en la jaula, chavalote, que a todos los tontos os da por lo mismo. Y no me llames Julius que te meto.

Aunque no lo reflejase, en su interior Alonso se sentía des lumbrado. La cabaña que le describía Julio le parecía puro romanticismo. Estar allí arriba debía ser increíble.

Sin querer cambiar todavía de tema, le comentó:

—Sí, pero imagínate que alguien que deambule por allí quiere comprobar cuánta pasta tiene esa gente que ha decidido hacerse un casoplón en un árbol, nada menos. Te pueden dar un buen palo , ¿eh? El lugar parece perfecto para eso.

—Pues resulta que es justo al revés, compadre.

Esas cabañas son de lo más seguro que he visto en mi vida.

Primero de todo porque por allí no pasaba ni Dios.

Tuvimos que andar mucho en coche a través del bosque hasta llegar a ellas, y yo no vi ni a una sola persona en ese trayecto.

Y su acceso es mucho más difícil que a cualquier otra vivienda, precisamente por estar suspendida en el aire.

Además, están bien hechas, por lo menos en la que yo estuve.

El chico que me acompañó me dijo que lo primero que hacían era elegir uno o dos árboles bien gordos y bien asentados, dependiendo del tamaño que el cliente quiera para su cabaña.

Como si quieres coger seis árboles y hacerte un puto palacio, para que me entiendas .

La cabaña en la que yo estuve tendría unos setenta metros cuadrados y estaba en lo alto de dos árboles enormes.

Antes de subir por la escalera ya hay una puerta de roble y un cerrojazo que te cagas.

Entrar por los laterales tampoco se puede, porque los cables de acero que sostienen la escalera hacen también de rejas.

Los yanquis son yanquis, pero no son gilipo llas.

Cuando subes la escalera te encuentras con una segunda puerta que da acceso a una plataforma que rodea toda la cabaña, como si fuese una especie de terraza de madera enorme.

Bueno, pues esa segunda puerta tampoco te da acceso a la vivienda , sino solo a la terraza, o sea, todavía fuera de la cabaña.

No sé tú, pero yo no he visto en mi vida una vivienda en la que haya que pasar tres puertas para entrar.

Ahora supon t e que ese chorizo imaginario —un gandul por definición, no te olvides— quisiera ahorrar se el curro de forzar las dos puertas anteriores y se le ocurriese, por ejemplo, acceder directamente a la terraza mediante una escalera o algo así (que ya tendría cojones que andase por mitad del bosque con una escalera de mano de diez metros, por cierto).

Pues tampoco podría, ya que su sistema es, en mi opinión, el mejor de los tres, por no disponer de cerradura externa.

Esa tercera puerta, que es de cristal blindado y corredera, solo se puede abrir o cerrar desde dentro .

O sea, cuando tú llegas, esa puerta siempre está abierta.

Entonces entras y echas el seguro. Y ya no hay dios que pueda entrar ahí.

La idea fue madurando lentamente en el interior de Alonso, hasta el día en que se decidió a comentárselo a Erika.

Ya habían valorado alguna vez la posibilidad de adquirir una casa de campo o algo similar para los fines de semana.

Dani ya había cumplido un año y parecía cada vez más consciente de todo.

Un año que Alonso tenía perfectamente contabilizado, pues era el tiempo exacto que llevaba sin poder tocar.

Durante ese año había buscado soluciones de todo tipo, sin conseguirlo, pero tam bién había llegado a la conclusión de que su retirada de los esc enarios, en el momento álgido de su carrera, no era justo para nadie, ni siquiera para su propia familia.

¿No se lo reprocharían incluso algún día?

Pero, sencillamente, no había sido capaz de encontrar una solución.

Y, en el preciso momento en que comenzaba a aceptarlo y a asumir su carrera concertística como algo pasado y casi olvidado, aparecía Julio y le hablaba de esas cabañas.

Aquello podía ser la solución que tanto tiempo llevaba buscando.