La casa del árbol Capítulo 3
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Capítulo 3

Debido a la cercanía entre el conservatorio y la universidad, Alonso tenía la costumbre de asistir con regularidad a muchos de los cursos y seminarios que se impartían en esta última, tanto porque sus créditos eran libres —lo que le venía muy bien para la obtención de su primer trienio— como por simple afición.

Y fue en uno de aquellos seminarios, « Literatura del Romanticismo», donde conoció a Erika.

A diferencia de Erika, Alonso había tenido una infancia perfectamente normal, aunque, eso sí, hasta allí donde alcanzaban sus recuerdos, su vida se había entretejido siempre en torno a su piano.

Su padre había sido pianista semiprofesional hasta lesionarse la mano derecha, y, como tantas veces sucede, deseó para su hijo aquello que él mismo no había podido alcanzar.

Desde un principio Alonso demostró notables y múltiples aptitudes, solo que en lugar de una PlayStation o una tablet lo que tuvo a su disposición fue un piano.

Al cumplir diez años, sus padres acudieron al Conservatorio de San Sebastián y tuvieron la suerte de dar con un buen profesor, don Emiliano Barreda, quien aceptó al chico a pesar de «ciertas carencias de base que habrá que corregir».

Ese mismo día los tres regresaron a casa con un valioso consejo:

«No solo tiene que tocar. También ha de leer, asistir al teatro, frecuentar los museos, adquirir toda la cultura que le sea posible. Y perseverar».

Sus padres se pusieron manos a la obra y Alonso perseveró, y, en los momentos bajos, fueron sus padres los que le hicieron perseverar.

Antes de completar los estudios superiores del conservatorio, Alonso ya había ganado varios concursos importantes a nivel nacional y comenzaba a ser requerido por algunas de las más destacadas salas de concierto españolas.

Entonces decidió compaginar su carrera concertística con la docente, pues los ingresos que le proporcionaban los conciertos, aunque generosos, eran irregulares, y obtuvo con facilidad su plaza de profesor de piano en el Conservatorio Profesional Juan Crisóstomo de Arriaga de Bilbao.

A los veintitrés años cumplidos Alonso ya era el profesor más joven del Conservatorio de Bilbao y tenía más conciertos de los que podía atender.

Aquel seminario resultó ser bastante más aburrido de lo que ambos habían supuesto.

Hasta que el ponente —un hombrecillo calvo y con gafas, al que Erika ya había bautizado secretamente como «Gerónimo Stilton»— propuso una actividad en pareja que consistiría en la elaboración de una pequeña lista comparativa de los libros que más hubiesen impresionado a cada uno .

Alonso y Erika, los únicos que habían acudido sin compañía , se buscaron enseguida y se dedicaron a elaborar aquello que el profesor solicitaba.

Su sorpresa fue grande al comprobar que sus listas contenían dos coincidencias, concretamente Los miserables , de Víctor Hugo, y Walden de Thoreau.

—¿Te has copiado o qué? —le preguntaba Alonso por lo bajo, bromeando.

El resto del seminario lo pasaron cuchicheando como chiquillos, y, al salir del seminario, Alonso insistió en acompañarla a casa.

Aquel trayecto determinó el devenir de sus vidas.

Siempre pasa lo mismo : lo más decisivo surge de lo más banal, igual que la obra de arte da comienzo con el trazo más tenue.

Lo demás llegó con la misma naturalidad —con la misma inevitabilidad, pensaba a menudo Erika—, como en las películas , como si alguien los hubiese puesto expresamente ahí al uno para el otro.

Se casaron en cuanto ella concluyó sus estudios de Medicina, y, al año siguiente, ya estaba trabajando como interna en el Hospital Universitario de Basurto.

Habían pasado diez años desde que aquella chica escuálida llamase a la puerta de Jacinto Benavente, y, cuando llegó el turno de la despedida, ambos lo sintieron sinceramente.

—Ya sabes que aquí siempre tendrás tu casa —le dijo Jacinto con torpeza—. Te deseo mucha suerte.

Los años duros habían concluido.

El nuevo sueldo de Erika, junto con el generoso salario como profesor del conservatorio de Alonso y, sobre todo, s u caché como concertista , hicieron que sus vidas prosperasen con rapidez, comenzando a deslizarse vertiginosamente hacia la alta sociedad de Bilbao.

Eso sí, Alonso necesitaba muchas horas diarias para tocar y enseñar, y el horario de Erika en el hospital era irregular, así que se veían bastante menos de lo que hubiesen deseado.

Para la propia Erika su marido representaba un enigma.

Discreto, inteligente y reservado, muy reservado.

Todo en Alonso era recogido, incluido su aspecto físico, aunque de un modo muy diferente al de ella.

Aquello que en Erika era consecuencia de una natural timidez en él lo era de su introspección, pues Alonso , en realidad, no albergaba duda alguna sobre su propia valía .

Se parecían, y al mismo tiempo eran completamente diferentes.

Erika dudaba de todo lo que venía de dentro, Alonso desconfiaba de todo lo que provenía de fuera.

En cambio, aun no expresando gran cosa físicamente, Alonso destilaba magnetismo a su paso, con esa particular atracción que emana de aquellos que viven convencidos de que su momento terminará llegando.

¿Qué momento era ese? La fama, la grandeza.

Su único empeño era triunfar en la carrera que había elegido.

No exigía nada a los demás, pero se lo exigía todo a sí mismo.

Obstinado, ambicioso, con una ili mitada capacidad de trabajo, Alonso ya había conseguido convertirse en concertista de éxito en muy poco tiempo.

Pero anhela ba más, anhelaba la gloria. Y la veía al alcance de la mano.

Después de muchos años de trabajo, Alonso, de hecho, sentía que su carrera como pianista comenzaba a despegar de verdad, sobre todo a raíz de la grabación de su último disco —el tercero en su cómputo global—, dedicado íntegramente a obras de Mompou y que estaba provocando un auténtico revuelo en el mundo de la música clásica.

Eso sí, hasta enton ces rara vez había tenido que dormir fuera de casa, pero, con el incremento de sus compromisos musicales y su incipiente proyección internacional, Alonso se vio obligado a ausentarse cada vez más a menudo y durante más días.

Poco a poco, concierto a concierto podría decirse, fue recibiendo contratos cada vez más interesantes, inteligentemente seleccionados y promovidos por Guilo, su agente, quien le informaba de todo con exquisita puntualidad.

Las mejores salas de concierto del mundo comenzaban, por fin, a reclamar su presencia.

Alonso veía llegar su sueño, y se preparaba convenientemente para recibirlo .

Pero lo que llegó fue Dani.

La paternidad supuso para Alonso lo mismo que un cargamento de cemento para un globo que estuviese a punto de despegar del suelo.

Recordaba la cantidad de veces que había oído aquello de que «los hijos te cambian la vida», y sonreía cí nicamente para sí mismo diciéndose que a nadie se le había ocurrido añadir las dos palabras más relevantes:

«A peor».

El problema no era tanto el tiempo en sí de dedicación, pues , de un modo u otro, se las apañaba para seguir sacando sus siete u ocho horas de estudio diario, sino que ya no se sen tía en condiciones de aprovechar convenientemente ese tiempo.

El descanso de la mente y el cuerpo es indispensable para un artista, y Alonso ya no se sentía mínimamente centrado ni descansado para sostener su difícil actividad .

En particular, le resultaba demoledor el hecho de no dormir bien por las noches, y tuvo unas consecuencias casi inmediatas sobre su memoria.

En todo momento se sentía desconcentrado, disperso, y enseguida comenzó a resentirse su condición más decisiva a la hora de subirse a un escenario: la confianza.

Al sentirse inseguro de presentarse ante su público, dejó de hacerlo.

Prácticamente de un día para otro todos sus planes de futuro, todos sus proyectos, todo aquello por lo que había trabajado durante toda su vida desapareció, se esfumó, siendo sustituido, a cambio , por aquel ser desvalido que se retorcía a los pies de su cama.

El precio le parecía desproporcionado: renunciar al fru to de toda una vida de trabajo en el preciso momento en que se disponía a tomarlo intercambiándolo por un océano de menudencias, de trivialidades…

Se sentía literalmente desaloja do, desahuciado de su propia vida, como si todo lo grande, todo lo valioso que pudiera haber en él se disipase en forma de nimiedades.

Ante todo ello Alonso callaba , pero sentía que algo se le rompía por dentro. Percibía su propia fuerza interior, grandiosa, latiendo bajo un grueso manto de cenizas, y se daba cuenta de que, aunque permaneciesen todavía un tiempo, también se irían apagando poco a poco .

Y Erika, aunque consciente de gran parte de ello, ignoraba cómo debía actuar, pues Alonso no solo había dejado de tocar, sino también de leer, de hacer planes con ella y, últimamente, incluso de asistir a sus clases en el conservatorio, alegando fuertes dolores de cabeza.

Por todo ello, el día que Alonso regresó a casa con aquella insólita idea sobre una casa en un árbol, Erika, de algún modo , se sintió esperanzada.

Pero la ilusión de Alonso no respondía a los motivos que ella creía.