Capítulo 2 #2
Pero resultó que una de aquellas vecinas le habló a Micaela de un conocido suyo que tenía una modesta agencia de seguros en Bilbao y que llevaba algún tiempo necesitando una joven aprendiz que le echase una mano.
Aquel conocido se ll amaba Jacinto Benavente, y, al día siguiente, una Erika de quince años cumplidos tocaba con timidez la puerta de JaBe, su agencia, ataviada con su mejor vestido.
Obtuvo el empleo, y, durante algunos años, su madre y ella disfrutaron de una relativa tranquilidad.
Jacinto Benavente resultó ser un hombre peculiar.
Se presentaba siempre con nombre y apellido, y añadía invariablemente « como el escritor», con un orgullo pueril pero evidente; tenía un estrabismo acentuadísimo que, curiosamente, desapare cía del todo cuando estaba relajado —es decir, casi nunca—, y un arsenal interminable de coletillas y refranes con los que acribillaba a quien se le pusiese a tiro.
Estar preocupado era su natural forma de ser.
Solía decir que había tenido vacaciones una sola vez en su vida y que había sido espantoso, y temía su cercana jubilación con toda el alma.
Era nervioso, vehemente, comercial por naturaleza y profundamente honrado al mismo tiempo.
Solía decir que prefería ser engañado que ser desconfiado, y un cliente insatisfecho podía robarle muchas horas de sueño.
En la oficina trataba de aleccionar a su nueva administrativa, sin demasiado éxito. La timidez de Erika era casi patológica:
—Tienes que ser más agresiva, Erika, más segura.
La gente viene aquí buscando precisamente eso, seguridad, y se encuentran contigo dudando de todo.
Hasta cuando no tengas ni idea debes actuar con seguridad, como si supieses perfectamente de lo que te hablan; entonces me llamas, y entre los dos resolvemos lo que sea.
Lo importante de este negocio no es el producto, sino el envoltorio del producto.
La mujer del César no tiene que ser solo virtuosa, sino también parecerlo.
Si no sabes de algo, quedas con el cliente para otro día con cualquier excusa, y lo consultas luego conmigo.
Hay que hacer siempre bien la gestión, Erika, ese es nuestro mayor aval.
Aquí no vivimos del que viene, sino del que vuelve… Etcétera, etcétera, etcétera.
No obstante, y para sorpresa de ambos, aquella chica escuálida y callada, que parecía «a medio hacer», como le dijera Jacinto a su mujer el día que la contrató, comenzó a desenvolverse con creciente rapidez y eficiencia, trocando en poco tiempo aquella timidez en sosegada concentración frente a los papeles, trato inmaculado con los clientes y, sobre todo, lo que Jacinto más valoraba: una feroz organización.
Fácil en el trato, inteligente, diligente, Jacinto valoraba su ad quisición como uno de sus mayores bienes. En cambio, su joven discípula no parecía otorgarse ningún valor, lo que para el propio Jacinto no era sino una muestra más de su valía.
En poco tiempo JaBe prosperó todavía más, y Jacinto tuvo la inteligencia de recompensarla adecuadamente, tanto a nivel económico como personal.
En poco tiempo Erika se independizó de su madre y dio comienzo a su propia vida, instalándose en un pequeño apartamento en Bilbao, relativamente cerca de la oficina.
En cuanto se sintió mínimamente estabilizada, retomó sus estudios.
Dos años más tarde, con mucho esfuerzo y muchas tazas de café, Erika lograba aprobar sus exámenes de acceso y matricularse en el Grado de Medicina en la Universidad de Bilbao, carrera que siempre había querido hacer desde niña, cuando pasó tantos años de rodillas junto a su madre tratando de curar sus heridas.
Erika casi se mata en esos años compaginando su trabajo en la oficina desde las ocho hasta las tres de la tarde, comiendo cualquier cosa y en cualquier sitio (habitualmente en el autobús) y acudiendo a la carrera a sus clases en la universidad, desde las 15.
45 hasta las 21.45 ininterrumpidamente, para invertir después buena parte de la noche a estudiar o a realizar los pertinentes trabajos que su carrera le requería.
Los días que tenía prácticas, sencillamente no podía comer.
Por aquel entonces Erika contaba veinticinco años, y su verdadera vida acababa de comenzar.
Su desgraciada infancia, en consonancia con la docilidad y la innata modestia de su carácter, habían hecho de ella una adulta juiciosa pero profundamente insegura, y toda su persona irradiaba esa actitud reticente y un tanto expectante propia de quien aguarda que la tragedia comparezca en cualquier momento.
Parecía siempre como un poco asombrada por todo, lo que generaba simpatía en los demás, especialmente en las mujeres, siempre encantadas de destacar junto a alguien tan opaco, pero que a ella, en cambio, la hacía sentir acomplejada y disminuida.
Y no era ca paz de evitarlo, por mucho que se recriminase por ello.
Su desarrollo no había sido completo, carecía de ese legítimo orgullo que acontece en la mujer antes que en el hombre, y que instala una dignidad y una jerarquía personal en un determinado lugar, estableciendo de una vez y para siempre el rasero por el que será medido por otros.
Esa toma de conciencia, esa certeza sobre la propia valía suele llegar en la adolescencia, y es indeleble.
Pero en el caso de Erika, sencillamente, no había tenido lugar.
De forma inversa a su precocidad laboral, Erika había tardado en expresarse físicamente, como si su naturaleza se hubiese involucrado tanto en aquellas urgentes cuestiones que hubiese decidido dejar para más tarde su propio desarrollo corporal.
Hasta los quince años había sido una joven escuálida y desgarbada, de pelo lacio, como su padre, y lo último que un hombre hubiera hecho habría sido pensar en ella como mujer.
Pero, junto con su estabilidad laboral, su cuerpo parecía haber decidido florecer, ganando peso y alcanzando su plenitud en pocos meses, como si hubiese estado contenido hasta entonces de algún modo: su piel se había estirado, sus pómulos redondeado y su pelo se había hecho lustroso.
Pero todo ello se había dado del mismo modo recogido y modesto, como la discreta violeta, antes que como la escandalosa flor tropical.
Los ojos, verdes y rasgados, herencia de su madre en este caso, poseían un sutil pliegue entre ellos que parecía distanciarlos de algún modo, dándole un aire aún más casto e inocente, casi pudoroso, de irresistible encanto.
Esos ojos rara vez se dirigían hacia sí misma, y, cuando lo hacían, enfocaban una imagen distorsionada y descolorida.
Orientados hacia los otros , en cambio, refulgían.
Por lo demás tenía una nariz diminuta pero bien formada, la boca grande y voluptuosa y unas mejillas de niña.
Con veinticinco años Erika era una auténtica preciosidad, y el único motivo por el que no había tenido relación alguna era porque en su vida no cabía un alfiler.
Fue entonces cuando conoció a Alonso.