La casa del árbol Capítulo 2
4%

Capítulo 2

Alonso Urbizu y Erika Velasco se habían casado, hacía ya casi cinco años, en la diminuta ermita de Nuestra Señora de la Asunción, cerca de Bilbao, ciudad en la que residían desde entonces; cinco años de tranquilidad , de crecimiento laboral y consolidación personal, en los que habían tenido tiempo de tener a su hijo Dani.

Cinco años felices en definitiva, se recordaba Erika a menudo, o, al menos, todo lo felices que cabría esperar dadas sus circunstancias previas.

Natural de Carmona, pequeño pueblito cántabro enclavado entre los valles del río Saja y el río Nansa, hija única , Erika se había criado en una familia descabalada y profundamente marcada por el alcoholismo y la violencia de su padre .

Hasta los once años había estado convencida de que los golpes diarios, los zarandeos o los ojos morados entraban dentro del día a día de cualquier niño.

Hasta que su madre, Micaela, una sombra difusa y silenciosa, se había decidido a denunciar al padre de su hija, el señor Basilio, por insistencia casi amenazante de una vecina de toda la vida, obtenien do finalmente, y tras un infierno de declaraciones humillantes e informes de todo tipo, la pertinente orden de alejamiento para su marido.

Para sorpresa de todos, el señor Basilio aceptó aquella orden con buen talante, con «deportividad» se podría decir, o al menos así es como quedaría archivado en la memoria de Erika.

Aun así, Erika ya nunca olvidaría la última vez que vio a su padre, cuando, escoltado por dos policías, acudió a su casa a re coger sus enseres personales, como tampoco olvidaría la última mirada que le dirigió precisamente a ella: una mirada confiada , astuta, repleta de rencor, una mirada que, viniendo de su padre, contenía todos los peligros de este mundo.

Aquel día Erika se encontraba de pie junto a la puerta, asida de los hombros por un policía joven, y no quería mirar a su padre.

Pero le miraba, por supuesto que le miraba, mientras este recogía sus pertenencias con una dolida sonrisa esculpi da en el rostro, la expresión resignada y cínica del hombre que está convencido de haber dedicado su vida entera a su familia para ser finalmente echado de su propia casa como un perro; una expresión a medio camino entre la falsa sumisión y promesas futuras mientras cargaba con deliberada parsimonia con su maleta de tela —la de color verde y cuadros grises, esa que Erika nunca había visto fuera del armario— y cuyo penetrante olor a naftalina inundaba toda la casa en ese momento.

Estaba a punto de salir por la puerta cuando, inesperadamente, se acercó a ella y, agachándose hasta situarse a su altura, le dirigió aquellas terribles, inolvidables palabras:

—No te has portadu bien con tu padre, coneja. Bien sabe Dios que no te has portadu bien. Y hasta debería ponerte el culo moreneru.

El policía que le acompañaba le apretó un poquito en el hombro, solo un poquito, y su padre no añadió nada más.

Se incorporó con cierta dificultad, apoyándose en su inseparable muleta, la miró por última vez con aquella abominable ex presión de autocompasión y se marchó, sencillamente se marchó de sus vidas para siempre.

No dijo más, pero fue suficiente.

Su padre, acodado sobre la mesa de la cocina, con las albarcas aún puestas, llenas de barro; su muleta, un organismo casi vivo, apoyada negligentemente en un lado de la mesa, como una extensión amenazante de su propio cuerpo; el pelo grasiento y lacio, cayéndole sobre los ojos; el cuerpo abrupto bajo el grueso chaquetón de lana, como una mole compacta; la expre sión ausente, lunática, prestando poca o ninguna atención a la televisión, lo que siempre era mala señal; las manos sobre la mesa, anchas y ásperas, como cortezas de árbol, con los dedos enclavijados pero inquietos, soltándose constantemente para llenar su vaso de Cacique, una y otra vez, una y otra vez; los ojos diminutos y muy juntos, contrastando vivamente con la cabezota, como ranuras sumergidas entre pliegues de carne colorada y pecosa, controlando de reojo todo lo que hacían su madre y ella, brillantes de pura malicia.

Hasta que aquellas manazas toscas, insensibles, herméticas como las de un robot, aquellas manos con las que le había visto hacer tantas barbaridades, la habían tomado inesperadamente por la cintura.

—No vayas tan rápidu, coneja.

Su aliento…, un pozo profundo de vapores alcohólicos, tamizado por los caramelos Solano que comía a todas horas.

—No vayas tan rápidu, coneja. Te estás poniendo muy guapa.

En aquella época ella no debía tener más de diez u once años.

La sonrisa estupidizada mirándola de arriba abajo; las mejillas esculpidas en caoba; la nariz amoratada y surcada de capilares reventados, con los pelos asomando por los orificios, negros y húmedos, como matojos pegajosos humedecidos por el rocío; la frente estrechísima y deprimida a la altura de las sienes, bajo el cráneo enorme, oblongo, desproporcionado.

Y, de pronto, la previsible tormenta, no por esperada menos terrible, orientándose hacia su madre como casi siempre y estallando con grosero desconcierto, como si acabase de recordar algo indignante:

—¿Qué miraba ese aquel día? Nunca me has dicho qué miraba, s o cerda.

Las ranuras ensartando a su madre con infinito desprecio, rebosantes de odio, de crueldad…, de demencia. La boca azulada, de goma, desleída hacia abajo en señal de infinito asco, como si estuviese paladeando algo repugnante.

—Yo te lo diré lo que miraba: te miraba las tetas. Esas tetas de guarra que tienes.

Su madre incapaz de hablar, avasallada ya por el terror, demasiado lenta, siempre demasiado lenta.

—Por favor…, Basilio…, la niña…

Pero su padre ya había tenido tiempo de incorporarse —una mole tambaleante de ojos sombríos bajo un chaquetón de pelo gris— y, sin escucharla lo más mínimo —y aquel detalle era lo que le había parecido lo más injusto de todo, en su mente de niña—, se había situado frente a su madre y la había escupido en mitad de la cara.

Erika se encontraba justo a su lado y parte del salivazo le cayó a ella en la boca, una mezcla infame de tabaco negro, S olano y el gusto metálico y ácido de la mucosidad, y entonces sí, deseando comenzar en realidad, su padre estampando en mitad de su cara un terrible golpe con el canto de una de sus manazas, hacia arriba, como cuando ellos se daban «chopos» en el patio del colegio, alcanzándola en pleno rostro con la aparatosidad propia de los borrachos.

— Deja en paz a la niña, sarnosa.

A partir de ahí, solo imágenes sueltas en su cabeza, como los flashbacks de las películas: su madre sangrando por la nariz y por un oído, dos o tres platos estallando contra el suelo, su padre farfullando palabras abominables, la mayoría de ellas incomprensibles, entrecortadas por los golpes contra su madre:

—Sarnosa…, cerda… y gggrrrcaaaul…, mirándote como a una perra en celo ccgggrrra…, para follarte…, los sesos te follaba yo…

El sonotone de su madre caído en suelo, manchado con los restos de las gachas que llevaba cocinando toda la tarde; el delantal, que siempre llevaba impoluto, perdido de sangre y de saliva, y, finalmente, su propia madre desmoronándose, deshaciéndose como un muñeco de nieve que llevase demasiado tiempo expuesto al sol.

Entonces su padre había plantado una de aquellas pesadísimas albarcas embarradas en la cabeza de su madre, y ella se había tirado al suelo implorándole que por favor dejase de ha cer daño a su madre mientras trataba inútilmente de levantar su pierna.

—Por favor, por favor, papito, déjala. Le estás haciendo mucho daño…, papito…

Hasta que algo había crujido bajo el cuello de su madre, y ese sonido se le quedaría grabado a fuego para siempre, tanto que, treinta años después , continuaba escuchando aquel crujido con perfecta nitidez.

Solo entonces su padre había cedido, por fin, y se había alejado de ellas para ir al baño a orinar, tambaleándose por el pasillo como si se encontrase en el interior de un barco.

La cara de su madre, cubierta parcialmente por el pelo desgreñado y gris, hinchándose por momentos y comenzando a mascullar ya las consabidas disculpas:

—Lo siento, mi niña … Lo siento tanto, mi niña…

Entonces su padre había regresado a la cocina, ya totalmente relajado, dueño de sí mismo.

Y se había dirigido a ella con toda tranquilidad, como si fuese otra persona:

—Eriuca, ¿que no ves que tu madre está sangrando? Haz el favor de ayudarla o tendré que ponerte el culo moreneru.

Desde aquel día su madre, que de por sí no oía nada bien, había perdido la audición casi por completo.

Más tarde, el testimonio de Erika sería clave para inculpar al señor Basilio.

Pero, a pesar de sus amenazantes palabras de aquel último día, lo cierto es que su padre nunca más volvió a aparecer, y tanto ella como su madre estuvieron demasiado ocupadas en su propia subsistencia como para poder pensar en otra cosa.

El señor Basilio, como todo el mundo lo llamaba allí en Carmona —ganadero honrado, hombre serio y respetadísimo en el pueblo—, vendió su ganado y desapareció, sencillamente se esfumó para siempre.

De la noche a la mañana sus vidas experimentaron un notable cambio.

De pasarse los días, y sobre todo las noches, tratando de apaciguar el ánimo de don Basilio, surgió de pronto un mundo nuevo ante ellas, un mundo de inusitada, descono cida libertad, aunque siempre condicionado , eso sí, por la ausencia del que hasta entonces había sido el pilar económico fundamental de la casa: el salario paterno.

Erika, que siempre había sido muy buena estudiante, tuvo que dejar el instituto y buscar empleo para ayudar así al modestísimo salario de su madre, que trabajaba, cuando podía, como cuidadora doméstica de ancianos, limpiadora eventual («ya que estás aquí…

», solían decirle mientras le indicaban el lugar de los productos de limpieza), modista, albarquera y lo que fuese, a pesar de tener una lumbalgia crónica que la hacía desem peñarse con más lentitud de lo que hubiese deseado.