La casa del árbol
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Capítulo 1
—Te digo que no puede salir mal.
Cuando Alonso se ponía en plan razonable, era casi imposible discutir con él .
—Pero tú dime dónde has visto algo así Alon, porque lo que es yo no he conocido en mi vida a nadie que viva en un árbol.
—Primero que no te he dicho nada de «vivir en un árbol» —le respondió Alonso, con aparente indiferencia; pero estaba claro que le había dado vueltas, pensó Erika.
Se ponía pedante cuando hablaba de algo a lo que había dedicado tiempo, como si conociese el asunto de toda la vida, y levantaba las cejas de esa forma…
, igual igual que cuando tocaba su pia no—.
Y también te dije quién me habló de ellas , tu tío Julio, el crack de tu tío Julio.
Al parecer las hay en muchos lugares, en C anadá, en Estados Unidos…
, sobre todo en Estados Unidos, según me dijo.
Ya sabes que él viaja mucho y las ha visto allí , y hasta ha dormido en una de ellas. A los americanos les encantan.
Erika hizo un expresivo ademán que decía claramente: «¿A los americanos? Alonso, en serio, ¿de qué me estás hablando?».
—Pero también hay algunas en España —continuó Alonso , sin perturbarse—, precisamente aquí, por el norte. No es tan raro como piensas. Es como una casa de campo , pero más original.
Hizo una pequeña pausa, y añadió:
—Podría ser nuestro lugar de escapada, nuestro «nidito», como se suele decir. Para los fines de semana, los puentes…
«Nuestro “nidito ”. Debo de estar soñando», pensó Erika.
—Solo te pido que imagines las posibilidades. Un lugar exclusivo, solitario, al que nadie podría acceder. Solo nosotros, tú y yo. Y Dani, claro .
«Eso es lo que más me inquieta de todo», se dijo Erika.
Pero estaba demasiado asombrada como para decir nada .
El mismo hecho de que Alonso Urbizu insistiese en algo , en lo que fuese, ya constituía una sorprendente novedad.
Ni siquiera cuando compraron su actual vivienda lo había hecho.
Pero que además lo hiciese con entusiasmo, en un asunto no relacionado con la música…
, realmente constituía un acontecimiento insólito.
—En realidad es una vivienda normal —prosiguió— pero ubicada en las alturas. Tiene lo mismo que cualquier otra vivienda: agua, calefacción , luz, y también algunas cosas más. No es una casa prefabricada, para que me entiendas, sino un alojamiento especial, exclusivo .
«Una casa en un árbol».
«Tiene que ser una broma ».
Pero Alonso no era propenso a las bromas, y aún menos a los disparates. Ella solía tener plena confianza en los planes de su marido, de hecho. Así que se limitó a preguntarle:
—¿Y tú crees que un sitio así es el adecuado para un niño de un año, Alon ?
Solo entonces Alonso pareció vacilar un poco.
—A ver…, está claro que habría que andar con prudencia. Pero igual que aquí al fin y al cabo. Ya pondríamos buen cuidado en que aquello reuniese las condiciones necesarias de seguridad, por supuesto. Barandillas, puertas con seguro… No estamos en la prehistoria , Eri.
«La prehistoria. Si estuviese Dani, habría alzado las orejas como un perrillo», pensó Erika, divertida. Desde que lo había visto en los dibujos no pensaba en otra cosa. Pero Dani dormía desde hacía ya rato.
—Una cabaña en un árbol… —musitó Erika pensando en voz alta—. Qué barbaridad. Nunca había oído hablar de algo así.
—Ni yo —admitió Alonso—. Y, si te digo la verdad, al principio me sonó disparatado. Pero luego Julio me contó con detalle , ya sabes cómo es, y…, no sé, me pareció increíble , idílico.
«Idílico. Sí que debo de estar soñando».
Erika trataba de imaginar lo que describía su marido, sin conseguirlo. El simple hecho de pensar en Dani deambulando por la copa de un árbol le impedía pensar en ello con una mínima claridad. Finalmente dijo:
—No sé, desde luego no lo veo claro para nada.
—Alonso vaciló imperceptiblemente, pero enseguida continuó recogiendo los platos de la cena sin decir nada—.
Es cierto que suena «idílico», como dices —añadió Erika, un poco arrepentida de haber respondido con tanta brusquedad, como le pasaba siempre, una brusquedad que además no sentía—, pero también un poco…
, no sé, descabellado. A lo mejor también es por lo que te he dicho, que no conozco a nadie que haya hecho algo así.
Incluso puede que sea solo por eso. Pero, no sé, pienso que tiene que haber inconvenientes que ahora mismo ni se nos ocurran.
Erika no paraba de estirarse y reliarse un mechón de su pelo mientras hablaba, como hacía siempre cuando estaba nerviosa o indecisa , o ambas cosas a la vez, como era el caso . Y añadió:
—Y eso que dices de construirla tan lejos de todo, en mitad del bosque… ¿Y si le pasase algo a Dani y hubiese que llevarlo al hospital, por ejemplo? ¿Entonces qué haríamos?
—Pues lo mismo que haríamos aquí , Erika —respondió Alonso, lacónico—: coger el coche y salir pitando . Pero da igual, Eri, en serio. Si no te convence la idea, nos olvidamos y ya está. Los dos sabemos que la aventura no es lo tuyo.
Alonso le sonrió y le guiñó un ojo, dando a entender que eso último se lo decía en broma, pero Erika acusó la puyita igual, sobre todo porque era verdad.
Además, era evidente que ha bía regresado ya a su reserva habitual, lo que la hizo sentir frus trada y torpe, como le pasaba siempre .
Y por si fuera poco, lle va ba razón. La aventura no era lo suyo, y ella lo sabía mejor que nadie .
Y eso que la atraía…, pero siempre se acababa arrepintiendo de hacer cualquier cosa que se saliese de lo habitual .
Todavía recordaba la última «locura» propuesta por Alonso —que, por supuesto, no era tal, pues Alonso solía ser muy pru dente —, que había consistido en ir a la nieve a aprender a esquiar.
Una tontería en realidad, algo que hacía muchísima gente, y sobre lo que ella, además, había insistido en hacer.
En cambio, se había pasado la mañana entera con el culo en el suelo y lamentándose de estar allí mientras los demás esquiadores la esquivaban a una velocidad de vértigo, o así se lo parecía a ella.
Al final la cuestión era siempre más o menos la misma: su patológica inseguridad.
O lo que su madre llamaba su «debilidad de carácter».
A su lado, Alonso parecía siempre la persona más resuelta del mundo.
Y por eso mismo formaban un buen equipo, pensaba Erika.
De vez en cuando —muy de vez en cuando, a decir verdad— él aparecía con alguna idea que se salía un poco de lo habitual, y ella se encargaba de perfilarla.
Se podía decir que cada cual desempeñaba su papel sin estridencias, y con una maravillosa naturalidad.
Era verdad que Alonso no demostraba nunca excesiva pasión …, eso lo reservaba para su piano. Pero, ahora que ya no tocaba, quizá sería buen momento para explorar nuevos territorios .
«Una casa en un árbol, con un niño de un año cumplido. Es una locura».
El caso es que rara vez discutían, lo que para ella era importante teniendo en cuenta la familia de la que provenía.
Quizá lo hubiesen hecho cuatro o cinco veces en sus cinco años de matrimonio, y en unos términos tan comedidos que ni siquiera estaba segura de que pudiese elevarse a la categoría de verdadera discusión.
Y tenía que admitir que la mayor parte del mérito era de Alonso, invariablemente indiferente a todo lo que no fuese tocar.
Una vez había leído una frase que se le quedaría grabada para siempre: «Es mejor tener paz que tener razón».
Ella amaba la paz. Y Alonso también.
Coincidían en muchas cosas más, pero seguramente aquel fuese el vínculo que más fuerte los unía: esa inclinación natural de ambos por evitar el conflicto. Disfrutaban de su silencio tanto como de una buena conversación o de un buen libro, y todavía disfrutaban más si combinaban esas tres cosas .
—… los permisos?
Había dejado de escuchar a Alonso hacía un rato. Le pasaba con frecuencia últimamente, como si su cerebro necesitase desconectar de vez en cuando. Alonso le repitió:
—Te preguntaba si crees que será complicado obtener los permisos.
—Yo no sé nada de permisos, Alon —respondió Erika, de nuevo con excesiva brusquedad—. Y de cabañas en los árboles aún menos.
—Ya…, ni yo, ni idea. Pero no creo que sea tan difícil. Será como solicitar permiso para construir cualquier otra casa, digo yo, y hay mucha gente que lo hace. Me imagino que en el bosque habrá zonas protegidas o algo así.
«El bosque ».
Erika imaginaba la escena cada vez con mayor detalle, sintiendo que, a su pesar, volvía a abstraerse. Su inquietud también iba en aumento, sobre todo porque, por más que tratase de disimular, era evidente que a Alonso le entusiasmaba la idea.
«Sin gente, sin policía, sin hospitales…
y encaramados en lo alto de un árbol». Desde luego aquello dejaba muy atrás cualquier otro plan que se le hubiese ocurrido hasta entonces.
En cambio, Alonso parecía muy tranquilo, tan «formalito» como siempre.
Y eso era lo que más nerviosa la ponía, porque sabía que hablaba en serio.
Alonso siempre hablaba en serio.
Sin saber qué decir, Erika comentó:
—Es que no me digas que no es raro, Alon…
—Pues un poco raro sí que es —contestó Alonso, y no añadió nada más.
A esas alturas ella creía saber interpretar hasta cierto pun to los frecuentes silencios de su marido.
Una vez había leído que los delfines se comunicaban entre sí, no a través de sus silbidos, como todo el mundo pensaba, sino mediante los intervalos de silencio que se producían entre ellos.
Con Alonso pasaba más o menos lo mismo. Y ella sabía de sobra que, por mucho interés que su marido tuviese en ello, no insistiría más. Sencillamente era su forma de ser.
Pero Alonso de nuevo la sorprendió:
—Mira, Eri, a ver qué te parece: ¿por qué no hacemos alguna excursión, un pícnic o algo así, y conocemos un poco más la zona? Hay muchos parques naturales cerca de Bilbao, y no hemos estado nunca en ninguno.
«Alonso Urbizu proponiendo una excursión que no fuese al Euskalduna».
—¿Cuántas veces no has dicho que te gustaría que hiciésemos más planes juntos? —añadió.
«Muchas. Y aun así menos de las que lo he pensado».
Pero el tema no era ese. El mero hecho de pensar en pernoctar en un árbol…
la perturbaba. Pero era la primera vez que veía a Alonso entusiasmado con algo que no fuese su piano, la primera, en cinco años de matrimonio, y tampoco podía dejar pasar eso por alto.
¿Cuándo habían hecho algo así juntos? Una sola vez, y, para ella, había sido inolvidable: el día que hicieron un pícnic en el Etxebarria. Y estaba segura de que para Dani también había sido inolvidable, por muy pequeño que fuese. Quizá aquello fuese precisamente lo que necesitaban los tres…
Alonso la miraba como si él mismo también estuviese un poco indeciso, pero ella sabía que aquello era una pose, lo que siempre la hacía sentir un juguete en sus manos.
La perspicacia de Alonso resultaba a veces casi invasiva, por mucho que tratase de disimularlo.
Pero en este caso le dio exactamente igual.
Es más, deseaba hacerle ver que, si aquello fuese verdad, si esa cabaña pudiese servir para que los tres estuviesen aún más unidos, ella estaría dispuesta a encaramarse a un árbol o a tirarse por las pistas de esquí las veces que hiciese falta.
Abrió la boca para decírselo, y lo que le salió a cambio fue otra pregunta:
—¿Y dices que esas cabañas están bien equipadas?
—Bien equipadas…, eso fue lo que más me asombró.
Tienen lo mismo que una vivienda normal, pero muchas cosas más.
Las hacen hasta con jacuzzi. —Erika alzó las cejas, realmente impresionada.
«¿Un jacuzzi en la copa de un árbol?»—. De verdad, son alucinantes.
Yo ni siquiera sabía que existía algo así, por eso te digo que deberíamos aprovechar la oportunidad…
—¡¿Qué oportunidad?! ¿Es que ya has visto algo?
—No, no, he trasteado un poco por internet, pero poco más . Me refería a que quizá deberíamos atrevernos un poco más. El tiempo pasa, y Dani no tendrá siempre un año. Piensa también en eso.
«Lo hago, cariño. Créeme que a menudo lo hago».
—Imagina cómo sería para él —prosiguió Alonso—, el sueño de cualquier niño.
Podríamos dar largos paseos en mitad de la naturaleza, buscar animales, respirar aire puro, pescar quizá…
¡Yo qué sé! El solo hecho de no tener vecinos ya me parecería un lujo.
Los tres allí solos, con las ardillitas.
No sé…, creo que podría ser bueno. Que podría ser bueno para los tres .
De pronto, de un modo totalmente inesperado, Erika sintió que también ella comenzaba a ilusionarse con la idea.
«A veces las cosas más relevantes surgen así —pensó—, como un chispazo».
Y, al darse cuenta de ello, su corazón empezó a latir apresuradamente, como si se escandalizase ante el cambio de opinión de su dueña. Tratando de contener su propia emoción, Erika le dijo a su marido:
—Mira, Alon, hagamos una cosa si te parece: tú ve informándote, pero con tranquilidad, sin prisas.
Por lo que dices te llevará algún tiempo, pues hay bastante que consultar: si se puede hacer o no, precios, lo que dices de los permisos…
, en fin, no sé, todo lo relacionado. Y, mientras, vamos madurando la idea tranquilamente. ¿ Qué te parece?
Alonso de nuevo guardó silencio, lo bastante largo como para que Erika volviese a pensar, por enésima vez, que su marido debía de ser la persona más reservada del mundo. Pero cuando finalmente habló su naturalidad disipó buena parte de sus inquietudes:
—Claro que me parece bien, Eri. Es lo más prudente. Además, a mí tampoco me gustaría hacer algo así a lo loco.
Erika no pudo evitar añadir:
—Pero te ilusiona, ¿verdad?
—Más de lo que imaginas — respondió Alonso.