La casa del árbol desnudo 56
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ALUMbrAR LA OSCURIDAD

Todo está oscuro.

Ha intentado darle al interruptor varias veces y nada.

Inés no ha pegado ojo en toda la noche. Los dolores de su vientre se han ido intensificando a lo largo de las horas, sin embargo ha permanecido en la cama. Quiere mantener a su hijo dentro, sentir que todavía está ahí aunque no sienta su latido.

Ha pensado varios nombres. Federico si es un niño. Nora si es una niña.

La pequeña Nora, adelantada a su tiempo. Nora en busca de la libertad. Nora que abre la puerta de su casa de muñecas y sale al frío y al bofetón de la vida.

Quizá Henrik Ibsen ha escrito en su vientre un canto oscuro y femenino que es en realidad el canto de todas las mujeres tristes de su familia, esta locura suave que las abraza y que ahora llega en forma de bebé dormido sobre un lecho de piedra.

Su pequeño corazón mudo, su cuerpecito de pez que no ha sabido volar entre las flores de su sangre.

Todo está oscuro y siente una punzada que la atraviesa de parte a parte.

Respira hondo y se traga las ganas de gritar.

Inés hace ademán de incorporarse pero el dolor es demasiado intenso y la retiene en la cama. Muerde la punta de la almohada, muerde su puño.

Pero de pronto una contracción, seguida de otra más.

Inés se retuerce entre las sábanas y al fin deja escapar la rabia. Sabe que Margot está al otro lado del tabique. Sabe que en cuanto la escuche correrá en su ayuda. Se han estado preparando concienzudamente para este momento. Todo está listo en el desván.

Cuando el dolor le da una tregua, Inés recobra la serenidad y piensa que sería mejor llamar a Reyes, la comadrona.

Necesita que alguien hunda las manos en sus entrañas y rescate a su bebé azul.

Ya ha llegado el momento y no obstante el miedo la tiene presa. Miedo de abrir sus piernas y dejar que su última oportunidad de ser madre caiga sobre una tierra repleta de gusanos.

El dolor va en aumento. Suda por todos los poros de su piel.

Vuelve a hacer otro intento por incorporarse y cuando retira las sábanas se da cuenta de que hay una gran mancha de sangre a su alrededor, también su camisón está manchado, y sus muslos, y sus manos cuando acarician la superficie pringosa del colchón.

Inés golpea el tabique y grita. Pronuncia entre alaridos el nombre de Margot. Después espera unos instantes que se le antojan eternos y llora, muy despacio, tanto como le es posible.

Solo se escucha el silencio al otro lado.

Vuelve a gritar.

—¡Margot! ¿Dónde te has metido? ¡Te necesito, Margot!

En su desesperación, tantea el móvil en su mesilla y marcar el número de su hermana. Entonces se da cuenta de que no hay cobertura.

Intenta pulsar de nuevo el interruptor, pero la luz se ha ido y el cielo vuelve a rugir.

Miguel escucha el sonido de unos golpes cerca, no sabría especificar de dónde proceden.

Abre un ojo y de inmediato vuelve a cerrarlo.

Sin embargo lo golpes se repiten y entonces Miguel se incorpora y echa un vistazo a su reloj; Las siete y diez. Se despereza, abre la boca como si fuese un tigre recién comido y siente la saliva pastosa. Se pasa la lengua por la superficie de los dientes y arroja a un lado las sábanas.

De camino al baño tararea una canción. Prende el interruptor pero la luz sigue sin dar señales.

—¿Qué pasa aquí? —masculla.

Otro intento y nada.

Se desprende de su pijama y de sus calzoncillos, abre el grifo de la ducha y cae el agua helada.

“¡Mierda”, murmura.

No escucha los gritos de Inés hasta que no sale de la ducha. A toda prisa coloca una toalla alrededor de su cintura y sale. En la puerta resbala y cae.

—¿Dónde está Margot? —pregunta Inés agarrando con fuerza su vientre.

—Iré a buscarla a su habitación —contesta Miguel—. Pero tú debes estar tranquila. Inspira e espira. Ya sabes. ¿tienes a mano el número de tu ginecóloga?

—De mi matrona, sí. Está en la agenda del móvil. Aunque he intentado llamar y no hay cobertura.

—Vuelvo enseguida. Voy a avisar a Margot. Y por favor, no dejes de respirar y de intentar relajarte.

En el pasillo se cruza con Palmira.

—¿Qué ocurre? —le pregunta la psicóloga. He escuchado gritos.

—Es Inés. Me parece que se ha puesto de parto. Voy a buscar a Margot.

—Dios mío.

—¿La has visto?

—No, no. Acabo de levantarme.

—¿Puedes ocuparte de Inés hasta que vuelva? Pasaré por mi habitación para vestirme.

Palmira clava sus ojos en la diminuta toalla que apenas da para cubrir el sexo de Miguel.

—Mira, es que a mí estas cosas me ponen un poco nerviosa y yo no sé... Quiero decir...

—¿Eres médico, no? —la interrumpe Miguel.

—Soy psicóloga.

—Pero estudiaste medicina.

—Eso fue hace mucho tiempo.

—Al menos intenta tranquilizarla. Esto es un caos.

—Miguel... —lo increpa cuando lo ve alejarse.

—¿Qué?

—No hay luz.

—Y tampoco cobertura.

—¡Pues estamos listas! —exclama la psicóloga.

En la habitación de Margot no hay nadie. Miguel ha llamado con insistencia y no ha obtenido respuesta alguna. De modo que empuja la puerta e irrumpe en su interior. La estancia está vacía. Solo hay una cama revuelta y un camisón de felpa tirado en el suelo, junto a la alfombra.

—¿Y ahora qué le digo yo a Inés?

Antes de regresar con su vieja amiga, pasa por su habitación para vestirse. La toalla ha estado a punto de resbalar cuando se ha encontrado con Palmira en el pasillo. Desde luego la escena, no se parece en nada a la que ha estado imaginando durante tanto tiempo, piensa Miguel.

Palmira está examinando a Inés. Miguel se acerca a ella y le susurra:

—¿No decías que no eras médico?

—Creo que el niño ya está aquí —contesta sin levantar el rostro.

—¿Quieres que te traiga tus toallitas?

—No tiene gracia. Lo que tendrías que hacer es llamar a la matrona. Esto va muy deprisa. Espero que no esté muy lejos de aquí. Tiene contracciones.

Miguel coge el móvil y comienza a buscar el número de la matrona. Inés se revuelve y le pregunta:

—¿Has encontrado a Margot?

—No, no está en su cuarto. Ha debido de salir a dar una vuelta aprovechando el fresco de la mañana.

—Llama a Brígida —consigue decir con un hilo de voz.

—Primero hay que localizar a tu comadrona.

—Se llama Reyes, vive en el pueblo grande, a veinte minutos de aquí.

—Veinte minutos es mucho tiempo —interviene Palmira.

—Tú llama —escupe Inés haciendo un gran esfuerzo por no gritar.

Miguel marca el número en el teléfono fijo, pero tampoco este da señal.

Es inútil. La tormenta nos ha dejado incomunicados.

Palmira observa sus manos empapadas de sangre y siente náuseas.

Después un cosquilleo se va extendiendo de forma agónica por todos sus músculos.

Cierra los ojos un momento, visualiza sus toallitas higiénicas y su espray desinfectante.

Ha llegado la hora de enfrentarse a sus monstruos, de dejar atrás todas sus manías e intentar ayudar a una mujer a traer a su hijo al mundo.

Sin darse tiempo a pensar, Palmira se enfrenta a la mirada de Miguel. Hay una luz distinta dentro de sus ojos.

—Tráeme toallas limpias y una palangana con agua tibia —le ordena—. Y será mejor que te des prisa.

—¿Y dónde encuentro yo eso?

—Busca en la cocina o en el baño.

Inés se retuerce entre las sábanas, aprieta los puños y grita.

—No se preocupe, todo va a salir bien —intenta consolarla Palmira.

—Usted no es médico.

—Ahora soy el único médico del que dispone.

Entonces Inés se incorpora con dificultad, aprieta la mano de Palmira y le dice:

—Lo que va a venir no va a gustarle.

—No diga tonterías.

—Llevo un hijo muerto dentro. Voy a dar a luz un cadáver.

Cuando el cielo comienza a incubar su fiebre, Inés respira hondo y empuja con todas sus fuerzas, entre sus piernas no tarda en abrirse paso una cabecita de color azul.