55
EL TERROR
Margot se ha levantado con dolor de cabeza y la boca pastosa.
Se vieron obligados a apurar la cena acompañados por la luz tétrica de las velas y después irse a la cama por parejas.
Margot con Inés, Palmira acompañada de Miguel.
Los escuchó hablar un momento en el pasillo y después el sonido de una puerta al cerrarse de golpe.
A Margot, Inés la había trasladado de habitación para cederle la suya al nuevo invitado.
Miguel es solo Miguel. Un hombre nuevo, un perfume nuevo de hombre que quiere ser más hombre que ninguno. Ha estrenado la voz, los gestos, esa pose de seguridad al entreabrir las piernas cuando llega a un sitio o ese ímpetu al levantarse y cederles el paso.
Miguel es un caballero. Pero en ocasiones lo ha visto llevarse la mano a los genitales, como si estuviese comprobando que siguen ahí, en el mismo sitio donde se los pusieron.
Miguel es un hombre pero conoce en carne propia el sufrimiento de una mujer.
También él ha menstruado y se ha retorcido de dolor.
También él un día no sabía cómo colocarse un tampón.
También él, antes de que los tampones llegaran a la vida de cualquier mujer, llevaba aquellas compresas gruesas que parecían pañales y que guardaba plegadas en el bolsillo de sus vaqueros.
Inés y él tenían que quitarles el aire sobrante pegando el culo contra la pared.
Margot las oía reír al otro lado. También escuchaba conversaciones acerca de los chicos que les gustaban, sobre todo a Inés porque él permanecía callado y se limitaba a mirar a su hermana como si Amparo ya no existiera, como si Miguel hubiera estado siempre ahí, en la sangre que menstrua, en la compresa que se inflama, en el dolor.
Como si de su pubis ya hubiese florecido una polla de mujer-hombre, de animal triste que sabe que aún no ha llegado la hora de escapar.
Miguel que era Amparo. Amparo con el pelo corto subiéndose a los árboles, ganándole a los chicos en las yincanas, del mismo modo que años más tarde lo haría Brígida. Pero Brígida siempre le tuvo celos porque quería a todas las mujeres para ella sola, le gustaba ser el centro de atención.
Cuánto dolor inútil lleva a sus espaldas Brígida, piensa Margot, cuánto veneno destila su lengua, cuántas ganas de hacer daño sin ningún motivo.
Margot está convencida que el sadismo de Brígida no tiene límites.
Cree que todo empezó cuando su padre le pidió ayuda para mantener a raya a su madre durante sus interminables crisis.
Entonces era necesaria la fuerza, atarla a la cama con pequeñas cuerdas que Brígida había estado acariciando a solas.
Margot los veía. Normalmente la puerta se quedaba entre abierta y ella pegaba el ojo en busca de la luz y le ordenaba a su respiración que tuviese calma, que no la delatara.
Brígida parecía disfrutar sometiendo a su madre, sin embargo cuando Olga lograba serenarse y yacía inerte sobre la cama, Brígida besaba su frente despacio, buscaba cada perla de su sudor y se lo bebía.
Era extraño verla mostrar tanta ternura porque momentos antes los gritos de su madre no la habían conmovido, había actuado como una niña robot.
¿Cómo se comportará su hermana con Violeta?
¿Le habrá hablado de la locura de su madre?
¿Le habrá confesado después de hacer el amor y caer rendida junto a ella en un lecho de sudor, flujo y sábanas revueltas que un día acercó su mano a la boca de su abuela y le robó el aire para siempre?
¿Le gritará? ¿Será tan sarcástica y cruel como lo es con ella?
Por más que quiere imaginarlo no puede visualizar a su hermana haciendo el amor con otra mujer, es como si ella misma estuviera revolcándose con Violeta.
Dos gotas de agua (Dicen)
Solo que una gota se ensucia siempre mientras que la otra quiere huir con todas sus fuerzas hacia la luz.
La luz.
Aprieta el interruptor y nada. La luz no está. Se la ha llevado la tormenta.
Abre el grifo y mete el rostro bajo el chorro de agua fría. Luego se pone ropa limpia y abandona la casa del árbol desnudo.
Todos duermen.
Todos ignoran que la luz no está y que el cielo insiste en su negrura.
Un golpe de viento azota su rostro. Hay charcos por todos los lados y ha de caminar dando brincos.
Se mueve igual que un autómata. Sus piernas ya saben hacia dónde dirigirse.
El puente de tablas no está muy lejos pero el trayecto se le hace interminable.
Le mintió a Brígida.
Le dijo que no se había acostado con Don Vicente Campos Arguis, pero lo hizo.
Volvió a llamarle después de haber rechazado su proposición y fueron a cenar a un restaurante japonés. A Margot se le durmieron las piernas de estar tanto rato sentada con las rodillas flexionadas. Apenas probaron bocado ninguno de los dos. Se levantaron para ir al baño varias veces.
En casa del notario hicieron turno para vomitar.
Más tarde, Margot empezó a desnudarse despacio, con el deseo en otro lugar.
Se quitaba las prendas una a una, eso era todo, con los ojos clavados en el techo donde nada pasaba.
Ni una mancha de humedad, ni una herida en la pintura.
Solo el color blanco brillando con la luz y Don Vicente Campos Arguis esperándola metido entre las sábanas.
La piel del notario es tan blanca como la pintura de sus paredes.
No tiene vello en el cuerpo, por eso todo en él reluce aún más; la soledad, el sudor, la incipiente calvicie.
Se operó hace seis años de reducción de estómago y luce una cicatriz en el vientre de tamaño considerable.
La cicatriz se estira y se encoge dependiendo de sus movimientos y forma un pliegue en su carne que tiene la apariencia de una boca ancha y jugosa, como si quisiera burlarse de su obsesión por estar flaco, como si aquella cicatriz fuese el inicio de un hambre nuevo, de una boca insaciable que después de comer con desesperación escupe en el váter el alimento y pide más.
A Don Vicente Campos Arguis le sudan las axilas y el pelo cuando hace el amor.
Folla con los ojos cerrados, mordiendo su labio inferior.
No se quita las gafas ni los calcetines negros, que tienen un pequeño agujero en el dedo gordo del pie izquierdo.
Y se coloca arriba, solo arriba. Tres embestidas y descansa.
Tres embestidas más y llega al orgasmo. Después se tumba junto a Margot, busca la sábana, toca su pelo, se limpia el sudor con la palma y sonríe dejando al descubierto unos dientes separados y amarillentos.
No fuma pero tiene cigarrillos en la mesilla de noche.
Le ofrece uno a Margot. Margot lo rechaza.
—Soy virgen —le confiesa—. Bueno, ahora ya no.
En su cabeza retumban las palabras de Brígida:
—Te lo dije hermanita, es virgen y además sufre eyaculación precoz. Todo un regalito.
Margot aprieta los puños y sigue avanzando hacia el puente de tablas.
Al llegar, agarra con fuerza las cuerdas, da los primeros pasos.
Respira hondo. Siente que el corazón se le desborda en el pecho.
Consigue llegar hasta mitad del puente. Se detiene.
Vuelve a respirar. Evita mirar hacia el río que con la lluvia de la noche anterior está al límite y comienza a desbordarse sobre la tierra.
Hay más corriente de lo habitual y eso hace que su rugido aumente.
Le gustaría taparse los oídos para no escuchar la voz del miedo.
Lo intenta, está colocando sus manos sobre sus orejas cuando de repente ve la caravana.
Olvida todo lo anterior y avanza. Escucha el grito de una mujer y Margot avanza.
Siente vértigo y se ve obligada a retroceder pero la mujer vuelve a gritar y ella avanza.
—¡Socorro! —escucha—. ¡Que alguien me ayude!
La mujer sale de la caravana. Está desnuda y su cuerpo está cubierto por pinceladas de sangre. De inmediato sale el hombre. Entonces la mujer corre hacia el puente de tablas. El hombre va en su busca. También está desnudo y aferra un cuchillo de grandes dimensiones.
Margot se queda paralizada. La mujer la ve y vuelve a pedirle ayuda, extiende las manos hacia ella y la mira suplicante.
Tiene los ojos manchados de rímel y por sus mejillas se deslizan lágrimas negras.
Margot intenta llegar a su altura pero le resulta imposible, sus piernas no responden.
Como si el tiempo acabara de morir, aparece el hombre, acorta la distancia que lo separa de la mujer y comienza a violarla, el cuchillo cae sobre la madera.
Margot sabe que es su única oportunidad, de modo que haciendo acopio de todas sus fuerzas y dejando atrás el miedo, corre en busca del cuchillo, Sin embargo el hombre la ve y salta sobre ella.
Margot y el extraño forcejean mientras que la mujer grita.
—¡Basta, por favor!
De pronto el hombre suelta a Margot y Margot aprovecha para huir. Corre como si un diablo se hubiera apoderado de su alma y estuviera insuflándole ráfagas de fuego y cuchillos. Pero antes de culminar el puente de tablas, Margot tropieza con sus propios pies y cae al río.
—Mierda. Lo que me faltaba —murmura el hombre.
El agua trae pedacitos de hielo y arena de color rojo, piensa Margot a medida que va descendiendo. El agua trae una mano muy oscura que la hunde hasta el fondo. No hay peces. Ni piedras. Solo una cortina espesa de terror y cucharadas de plomo dentro de su pecho.
Consigue bracear y regresa a la superficie, pero la corriente vuelve a arrastrarla y no es capaz de mantenerse a flote, traga agua y vuelve a hundirse.
Piensa que la muerte va a llegar de un momento a otro, que vendrá una hermosa dama vestida de blanco y tenderá su mano de escarcha hacia ella.
Por eso Margot deja de luchar y en el fondo del río pone sus brazos en cruz y cierra los ojos.
Le viene a la mente su madre, su fascinación por el río, las palabras de Inés cuando por primera vez escuchó el nombre de Ofelia.
Ya se ha rendido a su fatalidad cuando de pronto siente la presencia del hombre bajo el agua. Margot lo rechaza y vuelven a disputar.
—No tengas miedo. No voy a hacerte nada —logra decirle con la boca llena de espuma y esquivando los manotazos de Margot.
Antes de que ella pueda replicar el hombre la coloca de espaldas y la coge suavemente del cuello.
La corriente empieza a arrastrarlos y el hombre debe nadar con mayor impulso.
—Será mejor que te calmes o nos ahogaremos los dos.
Margot da una patada y un último manotazo, pero las fuerzas la están abandonando. Antes de cerrar de nuevo los ojos, ve un pájaro tatuado en el pecho del hombre, junto a su tetilla izquierda. Ahora puede distinguirlo con claridad. Es un águila.
Cuando vuelve en sí el agua ya no está. Ahora se encuentra a salvo, en la orilla, tumbada sobe la hierba mojada, con el hombre intentando recobrar el aliento a su lado. Antes de que Margot pueda decir nada, el hombre cubre su boca con la mano y comienza a hablar.
Su respiración es agitada. Su pecho sube y baja y el águila se mueve en el interior de su piel, parece querer agitar sus alas y echar a volar lejos.
—No grites. Ya te he dicho que no tengo intención de hacerte daño.
Lo que has visto no es real. Soy director de cine.
Estábamos ensayando unas escenas de mi próximo corto.
Es una película de tintes gore, ¿sabes? Mucha sangre, mucho sexo, un pueblo abandonado.
Todo lo que has presenciado es ficción. No hay sangre, solo era kétchup.
La mujer es actriz y se llama Raquel. Es mi novia.
Cuando te hemos visto se me ha ido la cabeza y he empezado a improvisar.
No creía que ibas a asustarte tanto y mucho menos que te ibas a caer al río.
No tenemos permiso para acampar con la caravana por eso a veces tengo que irme y regresar después, cuando la Guardia Civil no esté rondando por aquí.
Ya nos habían dado un toque y no me apetece pagar la multa.
Solo queríamos quedarnos el tiempo suficiente para perfilar el guion y hacer algunas localizaciones.
Campos de Gavín es un lugar cojonudo para una peli gore, ¿No te parece?
Así que por favor, guarda silencio. No le digas a nadie que nos has visto.
Margot asiente.
—¿Te encuentras bien?
Margot asiente de nuevo.
—¿Puedo dejarte sola?
Margot vuelve a decir que sí.
Desde el puente de tablas la mujer alza la mano sonriente para tranquilizarla. Más tarde cuando el hombre se reúne con ella, caminan abrazados hacia la caravana,
Margot acaricia su garganta y tose. Sobre la hierba vomita toda el agua que ha tragado. El río da vueltas en su cabeza y murmura:
—He visto el pájaro y era un águila real. Y las águilas vuelan solas. Solas... Solas.