La casa del árbol desnudo 54
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LA ÚLTIMA CENA

El reencuentro entre Miguel y Palmira ha sido frío.

Un par de besos voladores que han ido a parar a las baldosas.

Un “qué tal estás, pasaba por aquí y he decidido saludarte”.

Un “me alegro de verte” mientras el rostro de Palmira alumbraba la oscuridad, mientras sus ojos no sabían en qué lugar detenerse.

De pronto las manos de ella buscando en el aire una salida, buscando sus toallitas higiénicas, buscando el lugar más alejado de Miguel.

La casa del árbol desnudo de pronto poseída por el aroma de un hombre. Porque Miguel huele a sudor y a caramelos de menta y agua del río y a viento fresco que se cuela por la ventana. Huele como esa tormenta que sabes que ha de llegar pero intentas no tenerla presente.

Inés nota la incomodidad y con un gesto los invita a sentarse a la mesa.

Las gemelas están allí.

Margot ha sido la única en darle la bienvenida de forma efusiva.

—No me lo puedo creer —ha murmurado al verlo.

—Pues vas a tener que empezar a hacerlo.

—Me alegro mucho de que seas tú.

—Vaya, gracias.

—Me refiero de que hayas tenido la valentía de hacer algo así.

—El camino ha sido duro.

—En el fondo yo lo sabía.

—¿Eres adivina?

Brígida deposita su mochila sobre la mecedora, se ajusta los pantalones a la cintura y busca en el bolsillo de su camisa el paquete de tabaco. Tras introducir un cigarro entre sus labios, habla sosteniendo la boquilla con los dientes.

—Margot siempre ve lo que los demás ignoramos. Habla con muertos.

—¿Y qué tiene que ver eso ahora? —se revuelve Margot.

—Mucho. Porque aquí el señor acaba de traernos el cadáver de la difunta Amparito.

—No tiene gracia —interviene Inés, distribuyendo los platos sobre la mesa.

—Claro que sí. Yo propongo un brindis por Amparito, la difunta.

—Déjalo, Brígida —murmura Inés con la mandíbula en tensión.

—¿Por qué no? —interviene Miguel—. No me avergüenza lo que he sido. Aunque Amparito no ha muerto, de alguna manera sigue dentro de mí.

—Oye y la polla que te han puesto, funciona?

—Por favor —insiste Inés.

—¿Te interesa ponerte una? —contesta Miguel.

Margot intenta disimular la risa pero al final brota de su garganta.

—Y a ti qué te pasa, hermanita, ¿Te ponen cachonda los transexuales? Mira que tu novio el notario con eyaculación precoz se va a poner celoso.

—Se acabó la charla. Es hora de cenar —interviene Inés.

Brígida le da una calada a su cigarrillo y arroja el humo en dirección a Margot.

Palmira permanece en silencio, bajo la mesa, no deja de frotar sus manos.

Está empezando a sudar y necesita aire. Llegó a la casa del árbol desnudo en busca de calma y recogimiento y en cambio se encuentra en mitad de una guerra familiar.

Y para colmo de males la aparición de Miguel, la última persona que esperaba encontrar allí.

El hombre que cree amarla, la primera mujer con la que hizo el amor.

En su mente, la idea de abandonar la mesa y correr hasta su habitación para buscar sus toallitas higiénicas y su espray desinfectante cobra fuerza.

No obstante respira hondo y permanece en su sitio.

Echa un vistazo a la ventana y ve un rayo atravesar el vientre del cielo, después llegan los truenos e Inés sirve la pasta.

No tarda Margot en coger un trozo de pan, hundir sus dedos entre la miga y comenzar a hacer una pequeña bola.

Cuando ha conseguido la suficiente consistencia, se la arroja a su hermana.

—¿Y tú? ¿Cuándo vas a reconocer tú que eres lesbiana? ¿Por qué no has traído a Violeta nunca para que la conociésemos? ¿Por qué no dejas de meterte en la vida de los demás y te concentras en la tuya?

La miga de pan le ha dado a Brígida en la punta de la nariz.

Antes de que pueda replicar, Inés da un golpe sobre la mesa y dice:

—¡Ya basta! No quiero más discusiones en la mesa. Si queréis pelear como dos gatas en celo salid afuera.

Brígida aplasta la colilla sobre el plato de pasta. Sus ojos arden y le tiembla la mano derecha. Palmira levanta el rostro y se enfrenta su mirada.

—¿Y a usted que le pasa?

—Debería tranquilizarse. Nadie va contra usted, excepto usted misma.

—¿Me va a psicoanalizar ahora?

—No, ahora estoy de vacaciones. Pero le puedo recomendar a un colega, si quiere.

—Lo que quiero es que me dejen en paz. Esta puta familia es una mierda. Y los psicólogos como usted —le dice señalándola con el dedo—, son una puta mierda.

—¡Brígida! —la llama al orden su hermana Inés.

—No hace falta que me digas nada, hermanita. Sé lo que tengo que hacer. Me voy. No me gustan ni los espaguetis al pesto ni la compañía.

Margot se levanta e intenta correr tras su gemela, pero Inés se lo impide.

—Siéntate y come.

Mientras mastica, Inés acaricia su vientre, despacio, como si quisiera tranquilizar a la criatura que lleva dentro.

No sabe de qué modo acaba de colarse el recuerdo de Berenice en su pensamiento.

Puede ver a la reina coja chapoteando en el río y a Brígida lanzándose en su ayuda.

Y se pregunta por qué los desconocidos causan más conmoción que la propia familia.

Por qué lo extraño puede llegar a amarse con mayor profundidad.

Si su niño azul se cayera al río, ¿qué manos habrían de intentar darle vida a su muerte tan dulce?

Las manos de Miguel Satué siguen siendo suaves, observa su forma de coger el tenedor, cómo vuelan más tarde sobre el aire cuando intenta retomar la conversación.

Piensa en esas manos alrededor de la cintura de Palmira, piensa en esas manos acariciando los pechos de Palmira, sus dedos largos hundiéndose en el sexo de la psicóloga.

Piensa en su propio sexo ahora y le dan ganas de llorar.

Bebe un sorbo de agua y mira sus manos. Están hinchadas y han perdido la delicadeza.

Son manos que revientan y después huyen.

Un trueno.

Dos.

La casa a oscuras.