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brÍGIDA
Pasan árboles, piedras, senderos, cielos azules y lo alto en el ojo del hombre. Charcos, también pasan, de esos que se alimentan de barro y acaban pegándose a la piel de las bicicletas.
Pasan montañas aunque siempre estén en el mismo lugar.
Pasan más bicicletas y más deportistas, hombres, mujeres y niños a lomos de ese metal que se curva, se infla, derrapa.
La naturaleza canta pero a veces solo es un silencio muy puro que da miedo romper.
Llevan buen ritmo, Brígida no tiene que detenerse y puede apretar sin sentirse culpable.
No ha habido ningún pinchazo, ninguna caída.
El turista es francés y se llama Paul. Ha traído a su familia, la madre y dos niños; un adolescente con granos y el pelo largo y una niña obesa que come chuches incluso en plena marcha, sin soltar el manillar.
Se han hecho muchos selfis, todos igual, con los mofletes unidos y sonriendo. De fondo la montaña o el río, paisajes naturales fundidos con su paisaje sentimental.
Brígida también les ha tirado fotos mientras comían en un restaurante. La mesa llena de morcillas, callos, ternasco, jamón, queso, patatas bravas…
Bocas abiertas, masticando la fiesta y el vino. Luego una siesta y a reanudar la excursión.
Tres días de adrenalina y mente en blanco.
Han visto buitres y caballos y vacas.
Han visto ruinas y una serpiente de cascabel enroscada al sol.
Pero sobre todo se han llevado las piedras, literalmente. En cada lugar que han visitado han cogido piedras, como si con ellas fueran a construir una casa dentro de su propio hogar.
¿Por qué la gente si no roba algo no es feliz o no siente que ha vivido el instante?
A Brígida le da pena el destino de las piedras fuera del lecho del río o de la falda de la montaña.
Puede que acaben en un jarrón o en una de esas gallinas metálicas que adornan la encimera de las cocinas.
^Piedras huérfanas, eso piensa. Y se da cuenta de que también ellas lo son. Inés, Margot…
Son piedras humanas que alguien robó para depositarlas dentro del frío.
Violeta se ha presentado en la tienda: ojeras, pelo sucio, ropa arrugada.
Llora y pide perdón. Se suena los mocos y le ruega que vuelva.
—¿Vas a permitir que lo nuestro se acabe por una tontería?
Entonces Brígida le dice que siempre le quedará Blanca o Gemma.
—Si pretendes hacerme daño lo has conseguido —escupe Violeta.
Silencio.
—¿Es que no vas a decir nada?
Más silencio
—Te vas a arrepentir.
—Te espero en casa.
—Vete a la mierda.
No piensa volver, pero sí que irá al piso a recoger sus cosas. Le dirá que quiere comprarle su parte de la tienda. Le dejará un papel con la cifra. Le dirá:
“Piénsatelo”.
Y luego se dirigirá a su antigua habitación, abrirá el armario y meterá su ropa en una bolsa de deporte.
No habrá despedidas.
Se irá despacio, cambiando el peso de las caderas, fumando sin pensar en nada, no queriendo mirar las fotos que cuelgan de la pared donde las dos se abrazan y sonríen.
La vida es una noria y toca apearse, piensa. Vomitar, limpiarse la baba y la mala hostia del mentón y seguir haciendo camino.