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LA VUELTA DE LA HIJA PRÓDIGA
—Boira, bonita, no molestes al señor —la increpa Inés.
—No te preocupes. Creo que esta peluda y yo somos viejos amigos —dice Miguel acariciando su cabeza.
—No entiendo.
—¿No me conoces? —vuelve a preguntar Miguel.
—Perdón, ¿había hecho una reserva?
—No, he venido a visitar a una amiga.
—El único huésped que tenemos en estos momentos es...
—Palmira Durán, sí. —la interrumpe Miguel—. A esa precisamente es a la que he venido a ver, y a ti también. claro.
—No entiendo.
—No me puedo creer que no me reconozcas.
—Lo siento, pero no sé quién es usted.
Boira se calma al fin y vuelve a tumbarse en el suelo. Sus dientes mordisquean el cesto de mimbre.
—Soy yo.
Inés se encoge de hombros. Le están empezando a doler las piernas. Mira hacia el cielo y una gota cae sobre su frente, un pequeño estigma que se queda ahí, en mitad de su piel, ardiendo a pesar de su humedad.
—Soy Amparo Satué, Amparito.
Los ojos de Inés se agrandan. No es posible. Aquel desconocido que dice llamarse Amparo es un hombre, tiene barba de hombre, viste como un hombre, sus ademanes son como los de un hombre, su voz es... Cree reconocer su voz, sí, al otro lado del teléfono, más grave tal vez, segura de sí misma.
—¿Es una broma?
—Te he dejado un mensaje en el móvil, ¿recuerdas?
—Creía que estabas en Madrid.
—Llevo aquí algunas horas. Viendo el pueblo a lo lejos, sin atreverme a entrar.
—Pero, ¿por qué? ¿De verdad no es una broma? No estoy de humor para bromas.
—Soy yo, Inés. Te lo juro por la pata de un burro.
Inés se lleva la mano al vientre. Le gustaría sentir una punzada en su carne muerta, del mismo modo que siente ahora una punzada en el pecho.
Sí, sin duda es Amparo Satué, solo ellas dos conocían esa expresión que solían utilizar cuando jugaban de crías a hacer el pino puente y sortear las piedras del río y después, en la adolescencia mientras corrían a esconderse al bosque para fumar sus primeros cigarrillos.
Guardaban el paquete de tabaco entre las piedras o bajo la hojarasca.
A veces les robaban cigarrillos a sus padres o al tío Luis, que siempre dejaba el paquete con descuido sobre la mesa del porche.
Luego, cuando el sol perdía su fuerza y caían las sombras, se escapaban para bañarse desnudas en el río.
Inés recuerda que Amparito siempre miraba su cuerpo como si fuera una joya deslumbrante.
Pero ella no le daba importancia. En ocasiones incluso la provocaba, hacía posturas de mujer fatal y acto seguido le arroja agua en la cara.
No tardaban en entrelazar sus cuerpos, como dos ninfas.
A Inés le gustaba sentir sus pezones en punta rozar sus propios pezones.
No había nada de extraño en eso. Tampoco en la forma en que a Amparo le gustaba desenredar su pelo húmedo cuando estaban tumbadas sobre la hierba e Inés contemplaba la luna, dejando sus nalgas al descubierto.
—Tienes el culo tan blanco como el de un muerto.
—Los muertos ya no tienen culo.
—Eso es después, cuando llegan los gusanos y se lo comen. Mientras tanto tienen el culo blanco.
—Si me muero antes que tú, júrame que nadie verá mi culo.
—¿Y por qué habrían de verlo?
—Ni siquiera los de la funeraria.
—Eso es imposible. Alguien tendrá que amortajarte y entonces verán tu culo.
—No, no quiero que me amortajen. Me quiero ir de este mundo desnuda, como ahora —pronunciaba Inés con pasión.
—Eso va a ser muy difícil. A los muertos siempre quieren taparlos para no verlos. No nos gusta la desnudez de los muertos. Nos da miedo, ¿no lo entiendes?
—Júramelo —repetía Inés
—Está bien, te lo juro por la pata de un burro... muerto.
—Eres una idiota.
—Y tú una muerta de culo blanco.
El padre de Amparo trabajaba a turnos en una gasolinera. Acostumbraba a quitarse el cinto y correrla a golpes por el simple hecho de ser una chica rebelde y vestir como un chicazo. Eso decía el señor Pedro con la boca a rebosar de rabia y saliva.
—Chicazo, más que chicazo. ¿Cuándo te voy a ver con una falda estrecha y un sostén? ¿Cuándo vas a ser una mujer como Dios manda?
Los golpes iban y venían sobre la espalda del aire. Pocas veces acertaba porque el señor Pedro además de ser miope llegaba a casa con unas copas de más y perdía el equilibrio nada más desprenderse del cinto.
El señor Pedro odiaba la falta de feminidad de su hija, decía que lo dejaba en ridículo delante de la gente, que todos podían presumir de hijas menos él, que nunca le llevaba ningún novio a casa ni le gustaban los zapatos de tacón.
Su madre, en cambio, solía consolarla, entendía perfectamente su orientación sexual y no le daba la más mínima importancia.
—Siempre lo supe, mi amor. Desde que estabas dentro de mí supe que serías un niño. Mi niño amado —y acariciaba su rostro, y le revolvía después el pelo, y la mandaba a la cocina para que pudiera comerse el bocadillo de lomo con pimientos que acababa de prepararle para merendar.
Su madre Ascensión se dedicaba a coser para una modista de la ciudad.
Al principio, presionada por las circunstancias y para atenuar el mal humor de su marido, empezó a coserle vestidos en sus ratos libres.
Pero Amparo nunca se los llegó a poner. Una mañana, Ascensión vació el armario de su hija y tiró todos aquellos vestidos a la basura.
Las gemelas estuvieron revolviendo en el contenedor y los encontraron.
Brígida obligó a Margot a ponérselos y cada tarde se contoneaba con uno distinto por la plaza del pueblo, pasaba por casa de Amparito y le hacía la burla a su madre desde la ventana.
—Amparito es marimacho, dilo —murmuraba Brígida escondida entre las faldas de su hermana.
Sin embargo Margot se quedaba quieta, sin despegar los labios, sin dejar de mirar el rostro descompuesto de la señora Ascensión que, frente a su máquina de coser comenzaba a poner en marcha el temblor de su barbilla.
—Amparito es marimacho, dilo —repetía Brígida.
La comedia llegó a oídos de Inés y esta se vio obligada a llamar la atención de su hermana.
—No está bien que te burles de los demás. Deja de obligar a Margot a hacer tonterías.
—Yo no la obligo.
—Claro que sí.
—Pero es verdad, tu amiga es marimacho.
—¿Y qué?
—Y tu novio, el pelirrojo, maricón.
—¿Y tú? ¿Qué coño eres tú?
Inés permanece en pie, con las manos sobre el vientre.
El viento azota su cabello y trae el frío.
Sabe que dentro de poco se pondrá a llover con fiereza.
Boira barrunta la tormenta, acaba de abandonar el cesto de mimbre y corre con el rabo entre las piernas hacia el interior de la casa.
Mas ellos permanecen con los pies anclados sobre la tierra del huerto, soportando la lluvia que cae.
Lo desconoce todo de ese hombre que la mira.
Aunque es dueña de cada herida de la mujer que ya no está.
—De veras que soy yo —vuelve a hablar Miguel—. Lo que ocurre es que ahora Amparo ha desaparecido. Miguel ha venido a ocupar su lugar. Ahora me llamo Miguel. Miguel Satué.
—Es que no me lo puedo creer. Es muy fuerte.
—Sí, lo sé. Nunca me sentí cómodo con mi sexualidad. No era ningún secreto. Así que le he puesto remedio.
—¿Te has operado?
—Sí, cambio de sexo.
—¿Desde cuándo?
—Hace un par de años.
—¿Y por qué no me has dicho nada? ¿Por qué no me lo has contado antes? ¿Por qué no me lo has advertido esta mañana cuando me has dejado un mensaje?
—He preferido decírtelo cara a cara.
Inés no encuentra las palabras. En su lugar hay un silencio largo hasta que el final pronuncia con un hilo de voz:
—Se me hace muy raro verte así.
—Lo sé. Tómate tu tiempo.
Los ojos de Miguel se detienen sobre su vientre.
—También hay cambios importantes en ti —le dice señalando su barriga.
—No tan importantes
—¿Cómo que no? Vas a ser madre. ¿Desde cuándo? ¿Cómo ha sido? ¿Por qué tomaste la decisión? ¿Estás casada? —pregunta de corrido—. Tampoco tú me has dado la noticia de tu embarazo por teléfono.
La lluvia comienza a arreciar e Inés gira sobre sus talones.
—Anda, vamos dentro. Prepararé café. Tienes suerte. La mitad de la casa está libre. Porque vas a quedarte, ¿no?
—Un día tal vez, depende.
—¿De qué?
—De Palmira.
Esta vez los labios de Inés esbozan una sonrisa cómplice.
—Entiendo.