La casa del árbol desnudo 51
90%

51

CAMBIO DE IDENTIDAD

Hace una mañana oscura y a Inés le ha costado levantarse de la cama. Cualquier movimiento por pequeño que sea, le causa gran esfuerzo. Tiene todos los músculos doloridos y su vientre se va endureciendo por momentos.

De pronto su móvil se pone a vibrar en la mesilla. Mira la pantalla y comprueba que se trata de Amparo Satué. Tiene varias llamadas perdidas suyas.

Hacía mucho tiempo que no hablaban y que Amparo no visitaba el pueblo, pero hace un mes aproximadamente al enterarse de que había abierto una casa rural en el pueblo, quiso recomendarle un huésped; Palmira Durán.

En uno de sus mensajes dice que está intentando ponerse en contacto con ella pero que no lo consigue.

Está claro que o no hay cobertura o la psicóloga al ver su número en la pantalla ha decidido no coger el teléfono.

Las cosas no acabaron muy bien entre los dos. En cuanto Miguel quiso afianzar la relación, la psicóloga empezó a poner excusas.

—No estoy preparada para algo así, Miguel.

—¿Qué problema hay?

—No lo sé, tal vez ninguno, pero me cuesta sentirme cómoda, encontrar mi sitio contigo.

—¿Es porque soy transexual?

—Por supuesto que no, qué cosas se te ocurren.

—Yo creo que sí. En el fondo eso es lo que te preocupa.

—Si me preocupara no nos habríamos acostado.

—Morbo, curiosidad, llámalo pena.

—Yo no haría eso.

—Cualquiera haría eso. No hay reglas en lo que respecta a las emociones, Palmira, y tú lo sabes. El subconsciente manda. Es posible que el tuyo tenga prejuicios y no lo sepas.

—No dices más que estupideces.

—Piénsalo.

—¿Y no puede ocurrir que no me gustes lo suficiente? Las cosas también pueden ser así de sencillas.

—No me dio esa impresión cuando estábamos juntos.

—Mira, ahora tengo otras cosas en la cabeza, quiero estar tranquila un tiempo, me voy del gabinete para intentar escribir.

—Me lo ha comentado Celia.

—Vaya, Celia y su discreción. Menos mal que no era un secreto de estado.

—Ya sabes que si me lo propongo puedo ser muy persuasivo.

—Lo sé.

—Si lo que estás buscando es calma y un paisaje hermosamente dramático, yo conozco el lugar perfecto.

—¿Ah sí? ¿Y de qué lugar estaríamos hablando?

—De un pueblo al que le tengo mucho cariño. Pasábamos los veranos allí, con mis padres y mis abuelos. Ahora Inés, una de mis mejores amigas, ha abierto una casa rural. ¿He despertado lo suficientemente tu curiosidad?

—Depende, ¿dónde está ese pueblo?

—En el Pirineo.

—¿Y cómo se llama?

—Campos de Gavín.

—Ni idea.

—No me extraña que no lo conozcas, es muy pequeño.

Hace mucho tiempo fue uno de esos pueblos abandonados a su suerte porque estaban amenazados con desaparecer bajo el agua.

Los obligaron a abandonar sus casas, incluso las bombardearon para meterles el miedo en el cuerpo.

Finalmente no llevaron a cabo su plan y los vecinos han empezado a intentar levantar sus ruinas.

—     Qué historia más terrible. ¿Y tu amiga ha abierto una casa rural en un pueblo abandonado?

—¿Por qué no? ¿Qué mejor lugar para pensar, disfrutar de la calma e intentar convertirse en Hemingway?

—Hemingway no me gusta.

—¿Y quién te gusta?

—No te lo pienso decir. ¿Sabes? No suena mal eso de descansar entre ruinas.

—¿Te seduce Campos de Gavín?

—Pudiera ser.

—En ese caso te daré su teléfono. Puedes decirle que vas de mi parte aunque allí sigo siendo Amparo. No saben que me he hecho la operación de cambio de sexo. Será mejor que no lo menciones, prefiero darle yo mismo la noticia.

—Vale. Le diré que una tal Amparo Satué me ha recomendado su casa. ¿Le pido también que me haga una rebaja?

—Puedes probar.

Desde entonces no han vuelto a hablar, por mucho que Miguel lo ha intentado, la psicóloga no coge sus llamadas.

No ha querido decirle a Inés que acaba de llegar al pueblo. Ha sido un impulso. Lo ha estado pensando durante toda la noche y al final después de estar dando vueltas y más vueltas sobre el colchón, ha decidido levantarse, darse una ducha, tomar un café rápido y ponerse al volante de su Audi.

Por más que lo intente negar, ha de rendirse a la evidencia. Miguel Satué está enamorado.

Ha aparcado en la entrada, justo antes de llegar al puente de tablas.

Sale del coche, coge una mochila y se la cuelga al hombro.

Es cierto que el pueblo está cambiado, puede ver casas en alto que antes no eran sino un puñado de olvido bajo el ojo inmisericorde del tiempo.

Incluso distingue a ver la iglesia restaurada y el campanario.

En cuanto pone un pie sobre el puente de tablas, la madera cruje.

Es la primera vez que va al pueblo siendo dueño de otra identidad, albergando entre sus muslos un sexo distinto, ese pene confeccionado con la piel, la grasa, los nervios, las arterias y las venas de su antebrazo sobre la que se colocó más tarde un injerto de la piel de su muslo.

Por eso tiene cicatrices. Por eso lleva una camisa de manga larga abotonada a las muñecas.

Es la primera vez que va a encontrarse frente a frente con su pasado.

La pequeña Amparo ya no existe.

En mitad del puente se cruza con Fermín, el hijo del señor Valero.

Lo saluda con efusividad pero Fermín no lo reconoce.

Se limita a murmurar “Buenos días” y a seguir su camino.

Va vestido con un mono azul de trabajo, tiene las manos manchadas de cemento y la gorra calada hasta las cejas.

Alguna vez pensó que Fermín y ella podrían haber llegado a algo.

A pesar de que siempre se empeñó en esconder su lado femenino, sabía que aquel chico tímido y hosco le andaba detrás.

—Me gustan las chicas con carácter —le dijo—. Me gusta que no digas tonterías ni pienses en más tonterías aún. Me gusta tu forma de mirar.

—¿Y eso es todo lo que te gusta de mí?

—Y tus pies.

—¿Mis pies?

—Me gustan los pies de las chicas. Tienes unos pies bonitos.

Ahora Fermín ha pasado de largo. No ha reconocido sus pies, los mismos pies de Amparito, los que ahora pisan con firmeza las tablas del puente y que asoman su blancura a través de unas finas tiras de cuero.

No sería de extrañar que Fermín le acabara de confundir con un turista.

Pero, ¿acaso no lo es? ¿No es cierto que cuando uno regresa después de muchos años al lugar donde fue feliz esa felicidad ya no existe, se ha evaporado, ha volado a otro lugar, está siendo acariciada por otras manos, en otro tiempo quizá, en un pueblo distinto, en el interior de otras fotografías que aún respiran y les late el corazón?

Encuentra a Inés en el huerto, escarbando la tierra. Un poco más allá una perra de grandes dimensiones dormita con el hocico hundido en el interior de un cesto de mimbre.

—Buenos días —le dice.

—Buenos días —responde Inés alzando el rostro y retirándose un mechón de la frente—. ¿En qué puedo ayudarle?

—¿No me conoces?

Entonces la perra emite un bostezo, estira sus patas y brinca sobre Miguel.

Muy despacio, empiezan a caer las primeras gotas de lluvia.