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RECUERDOS
De boca ancha y voz dormida en un gramófono antiguo acariciado por el tiempo y el polvo, con las manos largas y finas, una nariz gruesa adornada de poros negros y un lunar.
De ese modo la recuerda Inés. Pero Berenice también era dueña de una frente ancha en la que de vez en cuando caía por accidente un mechón de su pelo castaño.
Alta, con la cintura ausente, las piernas macizas, los pies hinchados, los pechos como dos frutos condenados a no alcanzar jamás la madurez.
Su nariz sostenía a duras penas el peso de unas gafas de aumento que hacía que Berenice viese el mundo como si el mundo estuviese borracho y diera vueltas y más vueltas sobre el agua redonda del río.
Los dientes diminutos, el olor corporal tan intenso como el de un animal recién parido.
Dulce, mimosa, educada, siempre con el hambre dispuesto, siempre dando crédito a lo que los otros decían, así era Berenice, la reina coja de Campos de Gavín.
El tío Luis encontró a su madre en el río y le dio la noticia:
—Hemos pensado en nombrar a Berenice reina de las fiestas. ¿Qué le parece?
La señora Adela tenía las manos dentro del agua.
Le gustaba lavar la ropa en el río, se colocaba una palangana azul arriba de la cabeza llena de ropa sucia y caminaba con una mano apoyada en la cadera y otra en la cúspide de la ropa, se arrodillaba, depositaba la palangana entre la hierba y buscaba una piedra plana en la que poder restregar la mierda.
Pero aun así, la ropa de la señora Adela siempre estaba sucia, no lograba arrancarle ese color cansado que tenían las sábanas, no había manera de hacer desparecer la costra de flujo oscura de su ropa interior.
—A mí no me venga con cuentos. Si lo que quieren es reírse a costa de la pobre criatura, allá cada cual y su conciencia.
El tío Luis no supo qué contestar. Sin embargo al cabo de unos instantes, metió la mano en su bolsillo y le tendió unos billetes.
La señora Adela alzó el rostro, se secó las manos en el mandil, cogió los billetes y los guardó entre medio de sus tetas.
—Berenice está en casa, leyendo novelas de amor. Puede decírselo usted mismo, pero a mí déjeme en paz.
A Inés aquella locura del tío Luis le pareció una crueldad, no obstante participó en la pantomima, como todos los críos, como todas las mujeres del pueblo que podían mofarse ahora de la tontita sin tener que pedirle perdón a Dios.
El tío Luis compró pitos y tambores de hojalata para los niños y fueron todos en procesión hasta la casa de Berenice. Y allí aguardaba ella, vestidita de domingo, con el pelo recogido en un moño alto y los pendientes de plata y cristal de cuando se casó su madre.
Allí estaba Berenice la tonta, sentadita en el primer escalón del porche, con las piernas muy juntas y los zapatos lustrados, con un abanico en el regazo y pedacitos de colonia alrededor del cuello, perfume a rosas muertas que se pegaban al sudor de su piel que no conseguían disimular la peste de sus axilas.
Berenice la tonta que aplaudió al ver llegar a la comparsa de niños, que recibió con gusto las atenciones del Tío Luis que nada más verla le colocó una banda alrededor del pecho y una pequeña corona confeccionada con canutos de cortina y flores secas.
Berenice, que saludaba a uno y otro lado, como si fuese una reina de agua, que caminaba poniendo en marcha la brevedad de su cojera, que le contó a todos lo emocionada que estaba por haber sido elegida reina de las fiestas de la virgen del río, que se asomó al agua para ver su reflejo en la superficie, y uno de los primos, Alejandro, le dio un empujón y la pobre Berenice perdió el equilibrio y cayó panza arriba.
Todos reían al verla chapotear en el río mientras la corriente la arrastraba y su madre, más allá, gritaba con el rostro descompuesto que su hija no sabía nadar.
Entonces sucedió que Brígida se tiró al río, la cogió del cuello y la arrastró hasta la orilla.
Nadie dijo nada y Berenice regresó a casa, con el vestidito de domingo pegado a su cuerpo, con la banda arrugada alrededor de sus pechos, con el moño deshecho por los dientes del agua y el miedo.
Su madre al verla llegar se subió a un pequeño taburete para acortar la distancia que siempre las separaba y la abrazó, como quien abraza a un soldado después de una cruenta batalla.
Berenice la reina.
Berenice la que recibía a sus amantes en su pisito de Huesca cuando su madre se iba a misa y después a realizar su particular viacrucis por los bares del barrio para entregarse al café con magdalenas y al whisky.
Berenice la que abría sus piernas para que entrara el vacío de aquellos hombres viejos que no sabían amar, que solo querían acostarse con la mujer retrasada y echar un polvo gratis.
Berenice que se miraba al espejo desnuda, de noche, antes de meterse entre las sábanas, buscando una señal, otra mujer distinta a ella que brotara del otro lado y pudiera hacerla feliz.
Berenice que contaba monedas a escondidas y después pedía regaliz en el quiosco con su voz de disco antiguo. Una voz que siempre llegaba lejos, como de un tiempo que ya ha sido.
Berenice que se masturbaba con la punta de la almohada buscando placer y gritos, como en las películas, que paseaba sola las tardes de verano, amarradita a un bolso amarillo, subida en un par de zapatos baratos con los que apenas podía andar.
Berenice, la reina coja de Campos de Gavín, la que tenía la misma edad que su madre cuando murió, la que ya no ha vuelto por el pueblo porque ahora ha hecho nido en una habitación muy blanca en un hospital psiquiátrico.
Su madre, la señora Adela ya no hace sopas de pan ni despluma gallinas. Conduce una silla de ruedas eléctrica y cuando va a visitar a su hija al hospital le lleva mandarinas y un rosario confeccionado de arroz.
Inés se balancea despacio en la mecedora.
No sabe muy bien por qué le viene a la boca del recuerdo la historia de Berenice, tal vez porque contra todo pronóstico su hermana Brígida se lanzó al río para impedir que se ahogara.
Tal vez porque es la única acción buena que guarda recuerdo de ella.
Tal vez porque no está muy segura de que, en el caso de que ella cayera al río, cuál de los dos ángeles turbios que tiene como hermanas se lanzaría de cabeza a salvarla.
En eso está pensando Inés, medio adormilada, cuando se abre la puerta y escucha la voz de Margot
—Ya estamos aquí.
—¿Lo habéis pasado bien? —pregunta Inés acelerando el ritmo de la mecedora.
—Sí. Hemos subido a la ermita y hemos asistido al ritual del río, pero estábamos cansadas y no hemos querido quedarnos a comer.
—Pues yo no he preparado nada. Se me ha ido el santo al cielo. Aunque puedo improvisar algo enseguida —intenta levantarse pero Margot se lo impide.
—No te molestes. Tú descansa. Ya lo haré yo.
—Si me disculpan, iré a darme una ducha —habla Palmira.
Al pasar junto a Boira, la psicóloga tropieza y la perra le enseña los dientes.
Inés intenta incorporarse de nuevo y le pide disculpas.
—No pasa nada, seguro que acabaré acostumbrándome.
No ha podido evitar fijarse en la sangre de su camisa.
También hay unas gotas en el suelo. Siente curiosidad por saber en qué piedra descansa la tristeza de Inés, sobre todo después de haber mantenido aquella conversación tan enigmática con Margot.
Sin embargo no quiere resultar impertinente, ni meterse dónde no la llaman.
Al fin y al cabo solo es una huésped, no la psicóloga de la familia, se repite antes de dar media vuelta y subir a su habitación.