La casa del árbol desnudo 49
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LA FIESTA

Los niños siguen la estela del señor Valero como si fuesen pequeños ratones borrachos de alegría.

Corretean a su alrededor, lo adelantan, regresan a su espalda, se agachan y cogen piedras, las arrojan al vacío, se dan empujones y gritan, buscan la mirada cómplice de sus padres o de sus hermanos.

El acceso a la ermita para ellos es fácil, sus ágiles piernas sortean sin ningún temor los desniveles, saben mantener el equilibrio en los estrechos senderos de la ladera.

No sienten el vértigo en la boca de sus estómagos.

El bosque es un misterio, un postal que ahora puede atravesarse en compañía de los mayores.

Están a salvo de la umbría, del enfado del cielo, del momento en el que Dios echa el postigo de su morada y entonces las leyendas caen sobre las montañas del Pirineo, salen las brujas a sobrevolar un cielo negro y sin estrellas, la profundidad de un mar de aire helado que roza levemente su piel desnuda.

Pero ahora los niños no piensan en viejas leyendas.

Ahora solo corren y ascienden hacia la ermita y se ayudan unos a otros si alguno se queda rezagado.

Ahora han manchado sus pantalones nuevos de tierra y musgo, ahora hay en sus manos polvo y barro y sudor.

Ellos no necesitan detenerse para tomar agua y respirar, como Margot y Palmira.

Ellos nunca miran hacia detrás, sus ojos solo ven el azul infinito del cielo, solo buscan la última piedra que el horizonte afila, lejos, muy lejos, donde las manos parecen no alcanzar.

—¿Falta mucho? —le pregunta Palmira.

—Un poco. Detrás de todas esas piedras del fondo, está la ermita.

Palmira saca una botella de agua de su mochila y da un trago largo.

Durante el trayecto han estado saludando a los vecinos.

Margot se los ha presentado brevemente, entre ellos al señor Valero, que en estos momentos va encabezando el grupo y que, a pesar de que acaba de cumplir 84 años, mantiene un ritmo envidiable.

También a su hijo Fermín un tipo alto y barbudo, con el semblante serio y los ojos verdes que la ha mirado un instante con interés y después la ha ignorado por completo.

Sin olvidar a la señora Casiana, una mujer pequeña y curva, con las mejillas flácidas y la nariz de botón, que se abanica a cada rato y que sube la montaña con la misma devoción que si estuviese ascendiendo al paraíso.

Margot le ha contado que la señora Casiana no se ha puesto pantalones jamás, pero que eso no le ha impedido subir y bajar por los senderos más empinados ataviada con una falda estrecha, muy parecida a la que ahora luce.

El resto de los nombres no los recuerda.

De pronto Margot se da cuenta de que el señor Valero acaba de llegar a la ermita. Puede ver su figura borrosa en la distancia. Un hombre encorvado que alza su brazo y saluda a los que aún están a mitad de camino.

—Venga, sigamos. Tenemos que coger un buen sitio.

Palmira da un último trago a su botella de agua y se ajusta la mochila a los hombros antes de continuar.

—De acuerdo, vamos.

El interior de la ermita huele a humedad y tierra, a trocitos de lluvia que se han colado por los agujeros del techo.

Hay telas de araña en todos los rincones de la piedra y un silencio muy blanco, como el encalado de las paredes.

Los vecinos entran despacio, como si no quisieran molestar a la pequeña imagen negra que preside un altar desnudo, adornado tan solo por un par de jarrones con flores de tela.

La señora Casina se persigna y comienza a rezar por lo bajo, mientras que el señor Valero y su hijo Fermín, abren una puerta del fondo y sacan una pequeña peana.

Los niños están fuera, jugando. De vez en cuando alguien abandona la ermita para llamarles la atención. La tranquilidad solo dura unos minutos, porque, de inmediato, los críos, retoman sus travesuras.

Entre los vecinos hay un hombre alto con un rostro cuyas facciones recuerdan a un caballo.

Va vestido de negro y carga una mochila.

Cuando el señor Valero y su hijo Fermín han acabado de limpiar el polvo de la peana, el hombre de rostro caballuno extrae una estola del fondo de su mochila, se la coloca alrededor del cuello, avanza hacia el altar, sube el escalón, se dirige hacia un vano que hay al fondo, abre una pequeña puerta y sus manos atrapan el agua bendita.

Sobre la talla negra arroja pequeñas ráfagas.

La señora Casiana recoge unas gotas que han caído accidentalmente a su frente y se las lleva a la boca, se las lleva al pecho, se las lleva al rostro hasta que no queda nada excepto una idea, el concepto de Dios evaporado.

Tras las bendiciones del párroco, el señor Valero y su hijo Fermín colocan la talla en el interior de una vitrina, después la cierran con llave y la ajustan a la peana.

Cuando abandonan la ermita el párroco vuelve a repartir sus bendiciones, esta vez dirigidas a los vecinos, que de forma ordenada han comenzado a tomar posiciones.

Con ayuda de dos mozos más, el señor Valero y su hijo Fermín se llevan la peana a los hombros y comienzan el descenso.

Bajar es mucho más sencillo, piensa Palmira.

El paisaje parece distinto, hay que mirar hacia el suelo, tener más presente la geografía de las piedras, sus cantos, los recovecos que deja la tierra, las grietas donde el barro forma pequeñas plataformas resbaladizas.

Bajar es mucho más sencillo pero las rodillas se resienten, hay que ir frenando, es preciso controlar el ritmo, no acelerarse, no permitir que la gravedad venza.

Palmira tropieza junto a unas zarzas y Margot le tiende su mano.

No tarda en adelantarlas la señora Casiana, que con su gordura y su falda estrecha desciende la montaña como si fuera una exhalación.

Antes de llegar al río, pasan junto a la casa del árbol desnudo.

Margot echa un vistazo a las ventanas. La habitación de Inés tiene las persianas subidas.

Debe de estar trasteando por ahí en vez de descansar.

Solo de pensar en ella, se le oscurece la mirada.

Intenta disimular pero Palmira se ha dado cuenta.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Te has puesto triste de pronto.

—Es la romería. Siempre me da pena.

—Yo creo que es por Inés.

—Inés es fuerte. Va a poder con ello.

—¿Va a poder con qué? ¿Qué es lo que está pasando?

Margot sacude la cabeza y echa a andar sin decir palabra. Antes de llegar al puente de tablas se detiene en seco. Las piernas le tiemblan y ver tanta gente pisoteando al mismo tiempo la fragilidad de la madera la pone nerviosa. Palmira se da cuenta y llegando a su altura, coge su brazo.

—Ven, lo cruzaremos juntas. Mira hacia adelante.

Es la primera vez que Palmira toma la iniciativa de tocar a alguien.

El contacto con Margot le ha provocado un escalofrío.

Siente que por su sangre comienzan a correr los alfileres.

Sus músculos se tensan. No se ha dado cuenta pero está apretando con demasiada fuerza el brazo de Margot.

La frente se le está llenando de sudor. Le urge soltar a Margot y buscar inmediatamente sus toallitas higiénicas, frotar sus manos hasta que su piel sangre y después rociar todo su cuerpo con espray desinfectante.

Demasiada cercanía. Demasiados gérmenes.

Mira el rostro de Margot y descubre su miedo, entonces decide olvidar el suyo por un instante.

—No temas, yo estoy aquí.

A mitad del puente de tablas los hombres que transportan la peana se detienen, la depositan con cuidado sobre el frágil suelo y el hombre de rostro caballuno vuelve a bendecir la talla.

Luego, atan una cuerda a la argolla que sobresale de la vitrina y comienzan el descenso de la virgen hacia el río.

Los niños ya no gritan, se han tumbado en el suelo y pegan sus ojos inquietos a los agujeros de la madera.

Desde aquellos huecos diminutos, contemplan el descenso de la imagen, como si fuese la secuencia de una película de aventuras.

Cuando la vitrina alcanza el lecho del río, los vecinos comienzan a cantar. Solo Margot y Palmira permanecen calladas, con sus cuerpos pegados, con las manos unidas. Al cabo de un rato, el señor Valero y su hijo Fermín tiran de la cuerda y rescatan del fondo del agua la talla de la virgen negra.

Una vez en la superficie, el hombre de rostro caballuno, limpia la superficie del cristal con un paño blanco que la señora Casiana le tiende y retoman su viaje. De nuevo ascienden la montaña para devolver la virgen a la ermita.

—¿Por qué han metido la virgen al agua? —quiere saber Palmira.

—Para que se beba el río.

—¿Cómo?

—Se supone que cuando la virgen llega al fondo, abre la boca y se bebe el río, después de su garganta brota un río nuevo, un agua pura, un nuevo comienzo para todos.

—El bendito acto de la purificación.

—Sí

—Es una historia muy bonita.

—No digas eso muy alto porque aquí se le tiene mucha devoción a la virgen negra. Ellos creen que es un milagro, y también creen que, gracias a la virgen, los de las empresas hidroeléctricas no inundaron Campos de Gavín. Si nuestro pueblo permanece en pie es gracias a ella.

—A su capacidad de beberse los demonios del río —añade Palmira.

—Eso es.

Los vecinos ya no están. En el puente de tablas tan solo permanecen Margot y Palmira, pegadas la una a la otra.

—¿Encontraste el pájaro que estabas buscando? —le pregunta Palmira.

Inés permanece sentada al borde de la mesa, con el brazo extendido sobre el mantel, con la horquilla enredada entre sus dedos. La herida es grande y fea. Algunas gotas de sangre han manchado el suelo y Boira las olfatea sin atreverse a sacar la lengua y llevárselas de un lametazo.

Es extraño, piensa Inés bajando la manga de su camisa e intentando incorporarse, pero ahora que la risa de los niños no está, la echa de menos.