La casa del árbol desnudo 48
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TODAS MENOS brÍGIDA Y UN HOMbrE QUE RESISTE

El señor Valero, de “La casa ronca” (la llamaban así porque doña Remedios, su mujer, tenía la voz como si a su garganta treparan a cada rato las ardillas para mordisquear sus cuerdas vocales), es el encargado de organizar la fiesta.

Entre todos los vecinos que están intentando volver a levantar sus casas, el señor Valero es que el que más empeño le ha puesto, el que más ha luchado contra los intereses de los de la hidroeléctrica, el que hace muchos años se ató al roble de su huerto y juró no probar el agua ni el pan hasta que desde allá arriba le prometieran que el pueblo no iba a quedar sepultado bajo la lengua del río.

Hoy acaba de cumplir ochenta y cuatro años y todavía sigue levantando las piedras, llevando la carretilla, amasando el cemento, haciendo un descanso a la sombra de los fresnos para coger el botijo y darle un buen tiento, dejar que el agua fresca corra por su gaznate, moje su pecho y le haga sentirse vivo dentro de tanta muerte.

Lleva una camisa nueva, blanca y recién planchada, arremangada a la altura de los codos, y un pantalón azul marino que se compró cuando su hija se casó en Barcelona.

No se los había vuelto a poner. No encontraba ningún motivo de celebración hasta ahora.

Antes de salir de casa se ha cambiado las alpargatas por unos zapatos de charol, aunque sabe que pronto van a ensuciarse con el polvo y con el barro.

Pero hoy es día de fiesta. Hoy el señor Valero tiene ganas de lucir sus mejores galas.

Un último detalle, piensa, y frente al espejo, desliza el peine por su cabellera rala.

—Listo —murmura al cabo.

Y mete las llaves de la casa en el bolsillo, la misma casa que tuvo que abandonar cuarenta años atrás y que empezó a caerse sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Hace un tiempo que decidió volver a Campos de Gavín, sobre todo después de que Remedios muriera y su hijo mayor, Fermín, le animara a reconstruir la casa.

Trabajan los dos mano a mano, sin ayuda de nadie.

Por eso las obras van lentas, por eso solo van al pueblo los fines de semana o cuando Fermín tiene fiesta.

Hoy estarán todos, los nietos, la nuera, los vecinos.

También Inés, la zagala de la casa del árbol desnudo, la que acaba de abrir una casa rural.

Se encontró con una de sus hermanas en el puente de tablas, le ofreció lotería para la fiesta y la rechazó.

No sabe muy bien de quién se trataba, si de Brígida o de Margot; son las dos como dos gotas de agua.

Todavía no ha podido colocar la cama ni el armario.

Tienen que acabar la cubierta y después lucir el techo y pintar.

Pero a veces pasa la noche en su antiguo cuarto.

Duerme en un colchón, en el suelo. tapado con dos mantas de lana que pesan como un muerto.

La luz se cuela por los agujeros y puede ver la luna cuando a la luna le da por engordar y enseñar sin contemplaciones la blancura de sus nalgas.

Hoy tendrán por fin con qué clamar al cielo, pues la semana pasada pudieron terminar la reconstrucción de la iglesia y han traído de Borda de Funes la vieja campana que se llevaron cuando el destino del pueblo parecía que iba a ser el silencio del agua.

Ya no hay motivo de miedo. Hoy toca celebrar, subir al campanario, acariciar el badajo de la vieja campana, abrazarse a su piel de bronce y tocar para llamar a la fiesta, para que los vecinos sepan que la tradición sigue ahí, que nada ha cambiado, que los de allá arriba no han podido con ellos, que Campos de Gavín no rebla.

Pero antes de subir al campanario, el señor Valero, visitará a todos los vecinos, llamará a sus puertas y gritará:

—¡Viva la virgen del río!

Después iniciarán la romería hacia la ermita y despertarán a esa talla de madera adornada con flores de plata que descansa de su dolor en una urna de cristal.

Inés está en la cocina, preparando el desayuno. Esta mañana no se encuentra muy bien. Ha vomitado varias veces y empieza a pesarle el vientre, como si su hijo muerto ya estuviese buscando la tierra.

La tierra siempre está presente ahora. Inés cierra los ojos y solo ve tierra.

Hay tierra entre sus sábanas, cuando se mete en la cama y se pone a pensar en lo que será de ella en un futuro próximo.

Hay tierra dentro de sus piernas, tan hincadas que apenas puede dar un paso.

Tiene ganas de que todo termine pero al mismo tiempo desea mantener su embarazo, ese estado de duelo profundo que no conduce hacia ninguna parte pero que guarda aún el calor frío de su criatura. Todavía está dentro. Aún no ha venido la tierra para reclamarlo.

Se ha despertado con dolor de cabeza y la sensación de que había niños alborotando en el pueblo.

Al asomarse a la ventana, los ha visto. No ha sido un sueño.

Son niños, niños jugando en la orilla del río, niños que abren sus bocas para dejar escapar el grito o la risa, que han llegado de la ciudad, de la mano de sus padres o de sus abuelos, que corretean cerca del bosque y hunden sus manos sobre la tierra húmeda en busca de insectos.

Niños sanos, con los pulmones a rebosar de vida, con la sangre cabalgando al borde de la ladera.

Boira descansa a sus pies. Está tumbada sobre la alfombra.

Minutos antes ha estado escarbando en el huerto, justo donde Inés ha empezado a plantar las tomateras.

También Boira ha escuchado los gritos de los niños, por eso ha estado inquieta, por eso ha intentado desempolvar sus mejores ladridos cerca de la ventana.

Ahora escucha acercarse al señor Valero y sus orejas se ponen en guardia.

—Viva la virgen del río —grita el anciano.

Y después da un par de golpes a la puerta con la aldaba.

Boira se levanta todo lo deprisa que puede y ladra. En ese momento bajan Margot y Palmira.

—¿Qué le pasa a Boira? —pregunta Margot.

—Que está contenta.

—¿Y por qué?

—¿Ya no te acuerdas? —le pregunta Inés a su hermana secándose las manos en el mandil.

Margot cierra los ojos. Luego esboza una tímida sonrisa y se golpea el muslo.

—Es verdad. Ya lo había olvidado. Hace tanto tiempo que no lo celebrábamos.

—¿Celebrar el qué? —quiere saber Palmira tomando asiento en la mesa-

—Hoy es la fiesta grande de Campos de Gavín. Celebramos la romería de la virgen y la bajada de las aguas.

—Vaya, pensaba que lo había soñado. Esta mañana me ha parecido escuchar las voces de unos niños.

—No estaba soñando. Hay niños y familias enteras. Han bajado desde la ciudad y desde el resto de pueblos para la fiesta.

—Ya ni recuerdo el tiempo que ha pasado desde la última romería. Pero ahora desde que están reconstruyendo el pueblo y tenemos de nuevo la iglesia abierta y la campana, parece que todo vuelve a su orden.

—Qué interesante. Desde luego cuando vine aquí no esperaba celebrar una fiesta —comenta Palmira.

—Usted había venido en busca de calma, para escribir su novela, ¿no es eso?

—Bueno, no exactamente. Aunque sí esbozar el proyecto.

—La fiesta no tiene desperdicio —añade Margot sirviendo café en las tazas—. Podíamos ir si le apetece.

—Habíamos quedado en que nos tutearíamos, Margot.

Margot mira a su hermana, pero Inés no está de humor. Con semblante serio coloca una bandeja de fruta y queso fresco sobre la mesa.

—Usted puede ir si quiere —contesta al cabo, sentándose con dificultad en una silla de enea repleta de cojines.

—¿Es que tú no vas a venir? —le pregunta Margot.

—No. Yo estoy cansada. Esta mañana no me encuentro muy bien.

—Entonces me quedaré a cuidarte, no vaya a ser que...

—Prefiero que te vayas con Palmira —la interrumpe con voz grave.

—Por mí no lo hagas, Margot. Puedo salir a curiosear yo sola.

—No, es mejor que la acompañe alguien. Daría que hablar en el pueblo. Diría que la hemos dejado sola, que no somos hospitalarias y eso no es bueno para el negocio.

—¿De verdad quieres quedarte sola, Inés? —insiste Margot.

—Sí, en cuanto termine de desayunar, me iré a acostar un rato. Tengo a Boira, si pasara cualquier cosa la mandaría al rescate.

—De acuerdo, entonces nos tomaremos el café y saldremos.

El griterío se acrecienta, los niños siguen la estela del señor Valero, que de casa en casa va gritando

—¡Viva la virgen del río!

Desayunan en silencio. Inés las despide en la puerta al cabo de un rato. Palmira se ha puesto su mejor pantalón y una camisa de seda. Por recomendación de Margot, ha cambiado sus sandalias por unas zapatillas.

A Palmira no le hace mucha gracia tener que internarse de nuevo en el bosque, aunque esta vez Brígida no está para gastarle una broma pesada.

—No tardaremos —le dice Margot a su hermana depositando un beso sobre su frente.

—Pasadlo bien.

Cuando cierra la puerta, Boira se estira sobre la alfombra, le da un lametón a su pezuña izquierda y continúa dormitando.

Lo último que le faltaba a Inés era irse de romería y dar a luz allí, en el interior de una ermita fría y llena de telas de araña, frente a los ojos de una virgen negra que cada año tiene la obligación de tragarse el río.

Como si eso fuese posible, como si el río tuviese fe en una talla de madera mal labrada que nadie recuerda en qué bosque fue parida.

Inés no está dispuesta a mezclarse con el resto de vecinos. No quiere que sus ojos se posen sobre su vientre, que le pregunten por el hijo que no ha de venir y después la abracen, estrechen su cuerpo vivo contra su muerte que ya se anuncia.

No necesita que la compadezcan, que dejen de comer pastas o trocitos de tortilla para clavar sus ojos en su tripa y masticar la pena.

Prefiere quedarse en casa. Le ha dicho a Margot que iba a descansar un rato, pero ha mentido. Las aletas de su nariz se han dilatado como las orejas de Boira cuando escucha pasos extraños al otro lado del cristal.

Ahora que no hay nadie, Inés retira los platos del desayuno, palpa su cabellera en busca de una horquilla, extiende su brazo sobre el mantel, acaricia su piel unos instantes y después hunde el metal en su carne.

La risa de los niños se va perdiendo poco a poco en la espalda del aire, mientras que en la casa del árbol desnudo solo se escuchan los ronquidos de Boira, y un dolor nuevo que nace.