La casa del árbol desnudo 47
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brÍGIDA

Le duelen todos los huesos.

Ha pasado una noche infernal

El frío y la dureza del suelo la han mantenido en vilo.

No ha conseguido ni entrar en calor ni relajarse. Cada vez que cerraba los ojos veía la misma imagen; a Violeta entrando en casa con aquella mujer; sus manos entrelazadas, sus bocas muy juntas y esa risa tan tonta que anuncia lo prohibido.

Está claro que no la esperaba. También que era una cita planificada con antelación.

De no ser por la llegada de la psicóloga y porque Inés está a punto de dar a luz, no hubiera ido a la maldita casa del árbol desnudo.

Pero ya no hay remedio.

Piensa si el interés de Violeta por conocer datos de su familia no iría destinado a eso; a una puta infidelidad.

¿Y si no ha sido la primera vez?

Se ha levantado cansada y de mal humor.

Al subir a la tienda, antes de abrir al público ha intentado poner en orden su cabeza.

Todo le pesa, como si llevase plomo dentro de la piel; su relación con Violeta, sus hermanas, la casa familiar, esa psicóloga metomentodo…

¿Por qué Inés ha tenido que abrir una casa rural justo ahora?

¿Por qué ella no puede mandarlo todo a la mierda y empezar de nuevo?

Lo peor es que Violeta es su socia a partes iguales.

Ha estado llamando toda la noche. Enviándole clics de voz con frases hechas, dándole explicaciones ridículas y sin dejar de berrear como una magdalena.

Las ha escuchado todas con total frialdad.

Ninguna le ha llegado a conmover.

Cuando Brígida toma una decisión no hay marcha atrás.

Quien la hace la paga.

No está dispuesta a perdonar.

Se ha acabado.

Es posible que con el tiempo le compre su parte del negocio.

Tiene ahorros. Aún no ha gastado su herencia.

Además Violeta no es su sangre.

No es Inés.

No es Margot.

A tomar por culo, se oye decir. Y prende un cigarrillo. Y le da por pensar dónde habrá pasado la noche (Blanca / Gemma), si Violeta era su única cita o tenía un plan B.

Las redes sociales son una selva. Si algo sale mal siempre hay alguien cerca que puede consolarte.

A Lo mejor Violeta y (Gemma / Blanca) se han consolado juntas.

Han pasado la noche labio a labio, pero en vez de forma romántica en plan guarro o dramático, con Violeta moqueando cerca de su hombro y diciendo lo mucho que quiere a su novia.

“Estoy arrepentida, tía”, es posible que dijera.

Pero después Gemma o Blanca habría tomado su rostro para besarla con pasión y el fuego habría vuelto a estallar. Total, de perdidos al río.

Follar calma.

Follar es una forma de alivio como otra cualquiera.

Un polvo compasivo no cuenta como infidelidad, piensa.

Son las nueve y media de la mañana. El móvil sigue desconectado. Busca la cafetera automática e introduce una pastilla. Se toma tres cafés seguidos acompañados de un sinfín de cigarrillos.

La tienda se ha convertido en un lugar irrespirable. Huele a sudor nicotina y sucio.

Abre la ventana y una ráfaga de aire fresco entra, choca contra su rostro, agita la densidad del humo.

Entonces se dirige al baño, abre el grifo, introduce la cabeza, permite que el agua corra y después se lava los dientes y los sobacos.

No quiere volver a casa de Violeta. Esa es la única decisión clara que ha tomado.

Sin embargo tampoco está dispuesta a regresar a casa con Margot. Se ha roto el hilo.

En realidad se han roto todos los hilos, los que la ataban a Violeta y los que la unían a Inés y a Margot.

Con ese pensamiento abre la persiana de la tienda. El primer cliente es un turista francés que quiere contratar sus servicios para llevar a cabo una ruta en bicicleta por los pueblos de alrededor.

Le irá bien desaparecer por unos días.