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LA CARTA DEL LOCO
No tenía que haberle contado nada a la psicóloga, piensa Margot.
Los psicólogos todo lo enredan.
Margot lo sabe muy bien. Ha visto a su madre consumirse despacio, a cada golpe de psicólogo, mientras vagaba de una consulta a otra con aquellas piernas flacas que apenas podían sostenerla.
Al principio, Olga Castán tenía esperanza, pensaba que podía curarse, que si las crisis iban repitiéndose cada vez con más frecuencia era debido al estrés. Demasiado trabajo en la inmobiliaria, demasiado trajín con las gemelas...
Luego estaba el asunto de sus intentos de suicidio. Olga Castán se frustraba por todo, si un pedido salía mal, si la flor de un jarrón se marchitaba antes de tiempo, si ella empezaba a envejecer frente al espejo, si la vida había dejado de amarla y ahora cerraba todas las puertas de su belleza.
El problema de Olga Castán era que el mundo era demasiado grande para ella y no sabía manejar los espacios, no encontraba su sitio.
El problema era que Gonzalo no la dejaba respirar.
Se enamoró de ella porque era una mujer hermosa y libre y todos los chicos andaban detrás. La quiso como se quiere una joya preciada o un trofeo. Pretendía que aquella muchacha frágil pero de espíritu indomable que nunca se plegó a las normas de la sociedad, fuese perfecta.
El problema era ese, reconoce Margot, la perfección que no se puede alcanzar. Intentar someter a un potro que pasta en los prados de la locura y acercarlo a las fuentes de lo real para que beba, para que crezca, para que se multiplique y se convierta en un ser normal.
Eso es lo que más le preocupaba a la abuela doña Dolores.
—¿Y por qué yo no he dado a luz a una niña normal? —se preguntaba alzando los ojos hacia el artesonado de la iglesia, humedeciéndose los labios con la punta de su lengua, entrelazando sus manos a modo de ruego.
—Tenemos que tener en cuenta que cada hombre y cada mujer posee un espíritu diferente. Pero incluso en la diferencia nuestro señor nos ama —intentaba consolarla el padre Antón.
—Pero, padre, ¿por qué a mí? Yo solo quería tener una hija obediente, guapa, limpia, que se pudiera casar con un buen partido y me llevara a vivir con ellos a su casa en la ciudad, lejos de este pueblo del demonio, padre, y perdone mis palabras —murmuraba al tiempo que se persignaba con rapidez.
—Hay que respetar la personalidad de cada cual, doña Dolores. Y conformarse.
—Ya no me quedan mejillas que ofrecer, padre. Y aunque así fuera no me da la gana de conformarme. Quiero una hija normal, un marido que no me busque por la noche bajo las sábanas, una vida tranquila o la muerte.
—No exagere.
—¿Y si le practicamos un exorcismo?
—Por dios, doña Dolores. Seriedad.
—Es que ya de niña apuntaba maneras de diabla, pero ahora que es una mujer, fuma y se pone pantalones y ha dejado de peinarse y le da por asomarse a la ventana y quedarse largo rato ahí, contemplando el cielo.
—A lo mejor también ella busca una señal.
—Pero si no cree en nada, padre. Si no tiene fe. ¿Qué buscará con tanta insistencia ahí arriba? Si ni siquiera yo veo nada.
—Es una mujer joven y piensa.
—Lo que ocurre es que no se conforma como debería de ser, como me enseñaron a mí, padre, a conformarme.
Ella, en cambio, sueña y quiere imaginar.
Como si imaginar fuera posible o estuviera al alcance de todos.
Solo imaginan los locos o los que tienen el demonio dentro. ¿no podríamos hacer un ritual?
—No es el caso de Olga, debe creerme. Solo es una muchacha inquieta que busca.
—Pero, ¿qué busca? ¿A santo de qué buscar?
La abuela doña Dolores no encontraba respuesta a todos los enigmas que con los años había ido construyendo en torno a la figura de su hija.
Margot recuerda que las pocas veces que tuvo una conversación sensata y continuada con su madre, ésta le confesó que, de joven, le hubiera gustado ser astronauta, o viajera, cualquier cosa menos la mujer estatua en la que se había convertido.
Luego empezó a beber, aun a sabiendas de que era incompatible con su medicación. Y después a recluirse en su cuarto, a olvidar sus deberes en la tienda y dejar a su socia a cargo de todo. Solo tenía ganas de cerrar los ojos y morir.
Margot recuerda que su madre se fue desprendiendo poco a poco de su cuerpo y olvidándolo en el sofá o en la mesa o en la cama sobre la que su padre solía acariciarla despacio. Olga cerraba los ojos y se dejaba hacer, ajena al deseo. Había dejado de sentir.
El problema (insiste Margot en su pensamiento) es que su madre abrió sus piernas y les dio la vida sin saber exactamente si quería ser madre, si estaba preparada para convertirse en la madre que Gonzalo esperaba que fuese.
Solo con el paso del tiempo y tras la muerte de sus padres, Margot logró averiguar a través de algunas de sus amistades que su madre nunca quiso tener hijos, que fue Gonzalo quien insistió y ella se limitó a complacerlo.
Porque las niñas mordían sus pezones cuando les daba de mamar, le provocaban grietas en la carne, reclamaban su atención, devoraban su belleza, ensuciaban esa ensoñación que había ido cultivando con los años.
Ya no se podía asomar a la ventana y buscar allá arriba alguna señal.
La ventana ahora solo era un hueco en el centro de la piedra que dejaba entrar el aire, que marcaba las alturas de la casa, que permitía que los tíos gritaran para anunciar la merienda o avisar de que el río estaba crecido y que los niños no debían bañarse.
Cuando las gemelas cumplieron trece años, Olga Castán se enteró de que Gonzalo le había sido infiel con una compañera de trabajo.
Se llamaba Sara, y era una mujer gruesa, de tetas gordas, de un tinte de pelo rubio muy escandaloso, pecosa, vivaracha, con la risa tan ancha como el bocio de su cuello que siempre estaba hinchado.
La buena de Sara, la mejor vendedora de la inmobiliaria, simpática, ingenua, católica, de moral recta, con dos hijos y un novio holandés que nunca estaba en casa.
La dulce Sara, que parecía que nunca había roto un plato y siempre llevaba chiches de fresa y condones en el bolso, que olía a colonia Don algodón y conducía un Ford fiesta rojo, que respetaba los pasos de cebra y compraba en los pequeños establecimientos del barrio, que creía firmemente en el comercio justo, en la tradición, en la alimentación sana y en el yoga que podía practicarse en una habitación estrecha, sin luz y sin ventanas.
También Sara visitó la casa del árbol desnudo. Llegó acompañada de su novio el holandés, un informático de estatura pantagruélica, frente amplia y cráneo en punta que no hacía más que estornudar y mirar la hora.
Brígida y ella vieron cómo su padre la besaba, vieron meter su mano en el escote de Sara, mientras el holandés masticaba un trozo de longaniza bajo el sauce y Olga Castán apuraba una copita de anís.
El problema es la culpa, piensa Margot.
El problema es confesar el pecado que no existe.
El problema es buscar en Internet una tirada gratis del tarot.
El problema es creer ciegamente en el latido de las máquinas.