La casa del árbol desnudo 57
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LA NIÑA AZUL

—Es una niña —le ha dicho Palmira entregándole al bebé.

Está envuelta en una toalla blanca manchada de sangre.

Es una niña, repite para sí Inés. Y lentamente comienza a acariciar los rasgos de su cara, tiene la nariz respingona, y las orejas ligeramente en punta, sus ojos permanecen cerrados. Entonces Inés los besa. Luego, con cierto temor, desliza su dedo por las mejillas.

Está fría y aun así es tan hermosa, piensa.

Está fría y aun así despierta tanto ardor dentro de su pecho.

Busca sus labios y los recorre con la punta de su dedo, es una boca en forma de corazón que nunca va a aferrarse a sus pezones buscando su leche. Su leche ahora detenida en la frontera de un país sin hambre.

Despacio, acuna a la pequeña entre sus brazos y empieza a cantarle una nana. No conoce ninguna pero se la inventa. La vida es eso, palabras que nacen al borde del delirio y luego nos dicen adiós.

Canta o hace como qué, mientras la niña azul descubre por primera vez desde su muerte el contacto de otra piel, el suave aliento de su madre.

Canta y Margot abre la puerta, la ve con la niña en brazos y corre hacia ella para de inmediato caer de hinojos al suelo. Está empapada por la lluvia. El agua no quiere soltarla y llora.

El agua, piensa Margot, siempre el agua. Y después se acerca a la niña azul, descubre su rostro y deposita un beso sobre su frente. Inés contempla el cuerpo flaco y empapado de su hermana, su tierna insignificancia e intentando incorporarse le pregunta:

—¿Dónde te has metido?

—Me he caído al río.

Los ojos de Inés se agrandan.

—¿Al río? Pero si tú no sabes nadar. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo has conseguido salir a flote?

Margot agita su cabeza y unas gotas de agua caen sobre la alfombra.

—No te preocupes, me ha salvado un águila.

—¿Qué estás diciendo?

Margot sabe que si le cuenta la verdad no va a creerla, así que se encoge de hombros, toma la mano de Inés y la lleva hasta su mejilla. Después deja caer el peso de su cabeza en su palma y cierra los ojos, como cuando era una niña y buscaba consuelo en la tía Fuensanta.

—Anda, ven aquí —le dice Inés tirando de ella.

Y acaricia su cabello mojado durante unos instantes. Es posible que los pájaros de la locura que picotearon dulcemente la sien de su madre hayan regresado ahora para agitar sus alas dentro de la cabeza de Margot.

—Ya sabes lo que hay que hacer —susurra Inés al cabo.

Margot asiente. Se incorpora, vuelve a besar la frente de la niña azul y abandona la habitación.

—Has tenido mucha suerte de poder contar con un médico —le dice horas más tarde la comadrona.

—Palmira no es médico. Es psicóloga.

—Pero sabía lo que estaba haciendo. Te lo advertí, Inés. Te dije que sería mejor acabar lo antes con posible con todo esto. No es bueno para ti, vas a necesitar ayuda. Anda, dame a la niña.

—No —contesta Inés aferrando con fuerza su cadáver.

—He de certificar su defunción.

—Hazlo, no la necesitas para saber que está muerta.

Palmira está terminando de preparar su maleta.

Después de los últimos acontecimientos, no tiene sentido seguir alargando su estancia en la casa.

Ha decidido regresar al gabinete. Puede que lo suyo no sea la literatura, ni asistir a los recitales de esos poetas turbios que engolan la voz en antros de mala muerte.

Lo ha intentado pero no ha sabido encontrar la historia.

Sobre la mesa hay un montón de papeles ordenados. Solo contienen algunas frases que a lo largo de los días ha ido tachando. También ha llenado de borrones las notas de su libreta.

En cuanto ha concluido el parto de Inés, Palmira ha regresado a su habitación y se ha dado una ducha larga. Ha frotado su piel obsesivamente. Es inútil negarlo, piensa, sigue dependiendo de sus toallitas higiénicas, sigue siendo esa niña herida que nunca va a encontrar la luz.

La luz ha regresado pero es una luz enferma. Margot ha tenido que utilizar el generador eléctrico para que las cosas más básicas sigan funcionando. La tormenta ha hecho estragos en la zona con el tendido eléctrico.

Miguel tuvo que coger el coche y viajar hasta Roda de Chelsa para buscar a Brígida, pero no estaba en la tienda. Así que tuvo que conformarse con dejarle varios mensajes en el contestador.

El bueno de Miguel, piensa Palmira secando su cabello con la toalla.

La ha invitado a pasar unos días en el pueblo grande, sin embargo Palmira ha rechazado su oferta aduciendo que tiene mucho trabajo retrasado en el gabinete.

Será mejor que no se haga ilusiones. Aunque tampoco le ha dejado las cosas claras.

Por ese motivo no ha podido negarse cuando Miguel se ha ofrecido a llevarla a Zaragoza para que pueda coger el Ave.

En ocasiones Palmira no sabe cómo salir de su propio bosque emocional.

Inés sigue con Nora entre sus brazos. Ya se ha despedido de la comadrona y ahora le da sorbos a un caldo de verduras que Margot ha preparado. Desde luego que necesita ayuda.

Todas necesitan ayuda.

En algún momento todas deberían tumbarse en un diván cogidas de la mano en una de esas clínicas donde el color blanco daña a la vista y el agua de los bidones no conoce la fuerza del río.

Palmira ha decidido que tendrá una larga conversación con su compañera Celia. Quiere contarle toda la verdad. De pronto, Inés se percata de la presencia de la psicóloga y deposita la taza de caldo en la mesilla. No tarda en incorporarse con cuidado y acomodar a su bebé en el pecho.

—¿Ya se marcha?

—Me temo que sí —contesta Palmira sin atreverse a dar un paso.

—Siento no poder salir a despedirla.

— Me hago cargo.

—Aún le quedan un par de días de estancia.

—Me los reservo para la próxima vez.

Inés mira a su bebé y luego afronta la mirada de Palmira.

—Quiero darle las gracias.

—No tiene por qué dármelas. He hecho lo que tenía que hacer.

—¿Se lo ha dicho Margot?

—¿El qué?

—La casa del árbol desnudo invita.

—¿Cómo?

—No tiene que abonarme nada. Es un trueque. Usted ha traído a mi hija al mundo. Y yo a cambio le entrego unos días en mi mundo. Deuda saldada.

—Se lo agradezco.

Palmira contempla al bebé que por encima del borde de la toalla asoma su cabecita azul. Inés ha bañado su cuerpo en agua tibia y después lo ha perfumado con fragancia de lavanda. Ahora la estancia huele a limpio aunque, en el aire, la tristeza persevera.

—¿Cómo se llama?

—Nora.

—Nora... —repite Palmira. Las contempla durante unos instantes y después murmura—: Adiós Inés, adiós Nora.

Cuando Miguel y Palmira están llegando al final del puente de tablas, se encuentran con Brígida.

—He intentado localizarte —le dice Miguel.

—Lo siento. Tenía el móvil apagado. ¿Mi hermana está bien?

—Sí, pero la pequeña...

—¿La pequeña?

—Es una niña, aunque tienes que saber que...

—Lo sé —lo interrumpe Brígida en tono cortante—. Ahórrate los detalles.

Y sin despedirse si quiera, les da la espalda.

Un rato más tarde las manos de Brígida acarician las manos de Inés.

La mañana es clara y el sol hace brillar las ramas muertas del árbol desnudo.

Inés aferra el pequeño ataúd. Nora descansa en su interior ataviada con el vestidito rosa que Margot confeccionó para ella. Ha sido Inés la que ha insistido en utilizarlo como mortaja.

Se ha encerrado en su habitación a solas con su bebé, y muy despacio, se lo ha ido poniendo, un bracito, otro bracito, el botón del cuello, el lazo de la cintura.

¿Cómo pudo adivinar Margot que sería una niña?

Hay preguntas a las que es mejor no responder.

Tenía que ser así, estaba escrito, del mismo modo que estaba escrito que su abuelo viajaría hacia el centro del olvido y la tierra con aquel traje gris marengo que se compró para asistir a la boda de un sobrino.

No le dio tiempo a estrenarlo y los de la funeraria tuvieron que cogerle el bajo de las piernas con alfileres y ajustar la chaqueta a su talle.

La mirada de Inés está detenida en la espalda del río. Sabe que tiene que entregarle a Brígida el ataúd, que ya han excavado un hueco en la tierra, bajo el árbol desnudo, pero mientras el ataúd continúa cerca de su pecho, Nora está ahí, recibiendo las caricias del sol, escuchando el rumor del río.

—Por favor, Inés —le dice Brígida.

Como un autómata, Inés le cede su carga y Brígida mira un momento a Margot antes de agacharse y depositar el ataúd en el hueco.

Poco a poco las gemelas van cubriendo con tierra su superficie, un puñado de oscuridad entre las manos de Margot, otra oscuridad aún entre las manos de Brígida, hasta que ya no puede verse el pequeño cajón de madera, hasta que solo hay silencio y el vuelo frenético de los vencejos alrededor de la luz.

Margot rodea a Inés con su brazo y la acompaña hasta la casa.

En el salón, junto a la chimenea apagada, las tres hermanas beben cerveza y fuman.

Sus miradas no se encuentran en ningún momento.

Beben cerveza y permiten que las horas transcurran.

El tiempo ya no está. Solo hay tierra entre sus manos, entre sus uñas, tierra líquida que sabe a cerveza y muerte.

A mitad de la tarde, Brígida comienza a recoger sus cosas y enciende el último cigarrillo.

—Quiero deciros que Violeta y yo hemos roto.

Margot la mira con asombro. Intenta hablar pero su gemela la interrumpe.

—No tienes por qué preocuparte. No voy a volver a casa.

Inés se levanta despacio, se dirige a la nevera y coge otra cerveza.

—¿No te parece que ya hemos bebido demasiado? —le pregunta Margot.

—¡Déjala en paz! —brama Brígida—. Que haga lo que le de la gana. Todas deberíamos hacer lo que nos diera la gana. Está claro que esta familia está muerta. ¿Para qué disimular más?

Margot retuerce las manos en su regazo.

—Brígida tiene razón. Estamos muertas —sentencia Inés.

Da un trago y vuelve a sentarse. El humo puede cortarse en pedazos y Margot comienza a llorar.

No saben en qué momento las tres están enredadas en el suelo, golpeándose con ferocidad. Inés arañando la cara de Brígida, Margot intentando separarlas.

Puede que la culpable de todo haya sido Brígida, que antes de marcharse haya dejado caer los abusos que sufrió por parte de su padre.

Con total seguridad habrá hablado del duende del sauce mirando fijamente a Margot.

Diciéndole: “Yo te libré de lo sucio y así me lo agradeces”.

Después Inés habrá arrojado la cerveza al suelo y habrá gritado.

Un grito largo y animal en el que habrá pronunciado el nombre de su hija muchas veces antes de reconocer que a ella también la visitaba el duende del sauce.

Entonces el rostro de Brígida habrá empalidecido. “Tú también”. Habrá murmurado. Y cogiéndola de los hombros la habrá zarandeado preguntándolo por qué nunca se lo había dicho.

Inés se habrá dejado hacer. Su cuerpo como si fuese un muñeco de paja, vapuleado en todas las direcciones hasta que se viera obligada a musitar: “lo sabía. Yo sabía que papá te lo hacía a ti también y me sentí liberada. Esa es la verdad. Pude ser libre”.

Y Margot que se habría hecho pequeña ante las dos, que comenzaría a clavarse las uñas en las muñecas, que sangraría sin apartar los ojos de sus hermanas que, en el suelo, se morderían, se arañarían, se destrozarían.

Todo se le habrá nublado a Margot por dentro. Querrá gritar pero no saldrá nada de su boca, solo un silencio muy negro, como sus uñas, como la pobre Nora que ya habrá empezado a pudrirse a los pies del sauce.

—El sauce —repite ahora—. Toda la culpa la tiene ese árbol muerto con cuyo fantasma su padre las violaba.

De modo que se levanta, sube al desván, revuelve entre las cajas hasta dar con algo útil.

En el patio se detiene un instante frente al árbol.

Ya no tiene miedo porque el odio ha venido a ocuparlo todo.

Aferra el hacha con fuerza y comienza a golpearlo.

Una, dos, tres veces. No consigue nada. Apenas unos arañazos al tronco pero aun así Margot insiste, golpea el sauce ciegamente, como si nada fuese más importante que derribarlo por eso sigue golpeando sin piedad hasta que cae la noche y sus hermanas ya se han ido.