La casa del árbol desnudo 44
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PALMIRA

Los pájaros de la locura agitan sus alas de papel sobre los recuerdos, muerden aquella fotografía en la que su abuela Elvira posa ante la cámara llevando en brazos a la pequeña Palmira.

Sonríen las dos desde un fondo muy azul.

Es el mar. Pinceladas suaves que han quedado para siempre detenidas en la memoria.

Ese mar ya no es el mismo mar ahora, piensa Palmira buscando una piedra ancha en la que poder sentarse. Como tampoco el agua de este río será la misma mañana o dentro de unos años.

Su abuela Elvira tiene la cara redonda, los ojos verdes y centelleantes, una nariz recta, y unos labios finos por los que entra y sale su dentadura postiza.

Le gusta teñirse el pelo de rubio y pintarse los párpados de azul, como aquel mar de las fotografías.

Siempre fue una mujer distante hasta que empezó a perder la razón, hasta que llegaron los pájaros para incubar su fiebre y volver todas sus costuras del revés.

Al principio fueron señales sin importancia, como arrojar monedas al café con leche en vez de azúcar y empezar a darle vueltas como si tal cosa.

—Abuela. Le has echado monedas al café.

—No, le he puesto azúcar.

—Abuela, te he visto, has dejado caer tres céntimos.

—Pero si no llevo suelto, qué tontería.

—Coge la cuchara y verás, toca el culo y entonces darás con ellas.

—Es azúcar, Claudita. Y deja ya de fastidiarme el domingo.

Más tarde comenzó a encapricharse con todos los coleccionables que anunciaban por televisión: (Dedales del mundo, tacitas de porcelana china, soldaditos de entre guerras; sellos, vestidos recortables, casitas de muñecas, monedas de otros países...).

Palmira solía acompañarla al quiosco para adquirir todas aquellas bagatelas que su abuela recibía con entusiasmo, como se recibe un hijo o el traje de la primera comunión.

Con cada coleccionable que el encargado del quiosco le hacía entrega, los ojos de la abuela Elvira se agrandaban hasta el punto de que a Palmira le daba la sensación de que iban a saltar de sus cuencas.

—Oh, es maravilloso. Estos soldaditos de entreguerras es lo yo quería. Es justo lo que estaba buscando. Los voy a poner en el mueble del salón, arriba de la estantería de los licores. ¿No te parece, cariño?

—Ponlos donde quieras, abuela. Pero como sigas así no te van a caber.

—Claro que sí. Las casitas de muñecas van a ir a la antigua habitación de tu padre que está llena de trastos. Ya es hora de ir despejando sus cosas. Las tiraré al contenedor. Las venderé. Se las regalaré a un pobre.

—Nadie quiere esos trastos viejos.

—Pues haré una hoguera y las quemaré.

—Abuela, por favor. ¿Cómo vas a hacer una hoguera en el piso?

—Entonces llévatelos tú. Al fin y al cabo son de tu padre. Tienes que tener un buen recuerdo de tu padre.

Palmira Durán se mordía el labio y evitaba responder a su abuela. En lugar de eso, la cogía del brazo y juntas desenvolvían en el sofá los dichosos coleccionables.

Una tarde, mientras merendaban chocolate con churros, Palmira le dijo en broma:

—Abuela, como sigas así vas a tener que pasarte a las grandes colecciones, por ejemplo, pobres del mundo, ¿qué te parece?

Su abuela la miró con el ceño fruncido, se limpió una gota de chocolate del mentón con la punta de una servilleta de hilo y contestó con voz grave:

—Yo ya tengo a mi pobre. Con mi pecador José María, ya tengo bastante.

—¿Te sabes su nombre?

—Por supuesto. Llevo mucho tiempo dándole limosna. Ese pobre es mío y siempre se acerca a mí cuando salimos de misa. Cada una tiene el suyo. Pero hay gente que no tiene pobre y eso es muy triste. Todos tendríamos que tener un pobre al que socorrer. Es cristiano.

—Creo que eso sería un gran negocio para los pobres.

—No digas tonterías, niña.

Y metió la mano en el bolsillo y sacó unos céntimos y de nuevo los arrojó al fondo de la taza de chocolate.

Palmira no tardó en averiguar que el tal José María era un elemento a tener en cuenta.

Según le contó a su abuela, era oriundo de Pamplona, pero tras arruinarse por culpa de una mujer decidió viajar hasta Madrid para empezar una nueva vida.

Sin embargo, las cosas no eran así. Palmira tuvo que tirar de sus contactos para conocer la realidad del pobre preferido de su abuela Elvira.

Ni que decir tiene que José María no había nacido en Pamplona sino que era del mismísimo barrio de Chamberí.

Castizo hasta la médula. Alcohólico, aficionado al bingo y a las apuestas de fútbol.

Vivía en un piso estrecho, sin balcones, con una mujer gruesa y huidiza que se dedicaba a limpiar en las casas.

Cuando la pobre mujer llegaba a su hogar cansada de doblar el lomo, José María, abría una cerveza con los dientes y le robaba a su mujer lo que había ganado durante la jornada.

Luego le daba una paliza y la dejaba medio muerta tirada sobre las baldosas grises de la cocina.

Fuera de la vida conyugal, José María mantenía un idilio con una joven rumana a la que doblaba en edad.

Se llamaba Melisa y la obligaba a prostituirse.

Tampoco ella se libraba de las palizas. A Melisa la rumana la tiró por las escaleras, le rompió la mandíbula a golpes y le provocó un derrame cerebral.

La pobre chica permaneció en coma dos meses, entre la vida y la muerte.

Sola y entubada en una sala repleta de máquinas, sin una voz que le diese aliento, sin una mano que acariciara con ternura las agujas que profanaban su piel.

A raíz de ello, José María ingresó en la cárcel.

Pero lo soltaron en un par de años y desde entonces ha estado enganchando un trabajo tras otro; haciendo recados para un sastre, fregando platos en un bar, siendo dependiente en una ferretería...

Logró mantener la estabilidad laboral durante un tiempo, pero desde hacía unos meses había vuelto a beber y lo habían despedido de la ferretería.

Sacaba más dinero pidiendo a la puerta del supermercado por las mañanas, y a última hora en la iglesia que frecuentaba su abuela que buscando otro empleo.

Su abuela Elvira le tenía gran devoción, creía a pies juntillas todos los pesares que José María le narraba. Estaba convencida de que era la reencarnación de un ángel. Entre semana le daba cincuenta céntimos y los domingos un euro.

—Que Dios te perdone, hijo mío —solía murmurar mientras dejaba caer su moneda en la palma ennegrecida de José María.

—Así sea, mi doña —respondía él.

Los pájaros.

Palmira Durán toma asiento frente al río, alza los ojos al cielo, contempla una bandada de golondrinas.

Más arriba los vencejos despliegan la solemnidad de sus alas alimentándose de las migas que Dios arroja a sus criaturas más bellas en forma de mosquitos.

También Dios tiene en nosotros su pobre preferido.

También él nos lanza monedas en forma de terremotos o maremotos o una guerra bacteriológica.

También él nos revuelve el pelo de noche y nos da un beso cerca de la sien.

Nos promete la miel y el incendio de la luz, pero despertamos desnudos y a la sombra, con la piel mordida por el miedo y la leche rota en el vaso.

Los pájaros.

Palmira Durán se descalza. Introduce los pies en el río.

El agua está fría. Hay un pez diminuto nadando entre las piedras.

Le gustaría tocarlo pero no. En el fondo de su mochila descansan las toallitas higiénicas.

Tal vez no las use. Quizá sea más que suficiente con mantener las manos alejadas de la naturaleza, con introducirlas después en el agua clara del río.

Un poco más allá, la corriente forma crestas y remolinos. Ojalá pudiera hundirse allí, en mitad de esa espuma blanca que no se detiene.

Los pájaros.

Recuerda que fue en el mes de abril, que acababa de llover y las aceras estaban cubiertas de charcos. Recuerda que había estado haciendo una sesión intensiva de terapia con un paciente diagnosticado de esquizofrenia, que llegó a casa de la abuela Elvira con la cabeza revuelta y ganas de vomitar.

Pájaros no.

Animales viscosos. La locura mordiendo la sangre. El laberinto de un fauno que siempre se llamaba padre.

Kafka, sí.

También había estado leyendo “Carta al padre” en el metro. De pie, con la mano colgada sobre la barra, con la mano perfectamente oculta en un guante de piel negro. Idéntico al guante que solía utilizar cuando su padre la obligaba a masturbarlo.

Los pájaros.

Kafka.

La abuela Elvira.

Aquella fue la señal.

—Pasa, hija. Ya he preparado la merienda.

—Qué bien. La verdad es que me apetece mucho un chocolatito caliente.

—Ya verás, qué rico.

Y su abuela fue a la cocina y regresó con una bandeja con dos platos de hervido y un par de huevos fritos con longaniza.

—¿Quieres mojar el chocolate?

—Abuela, esto no es chocolate, es un hervido. Puede que estés confundida y hayas traído la cena.

—Qué cena ni qué niño muerto. Toma, si lo encuentras soso le echas un poco de azúcar.

Y sacando unas monedas del bolsillo las arrojó a los huevos y comenzó a darles vueltas. Luego le preguntó:

—¿Qué hora es Rosalía?

—Yo soy Palmira, abuela. Rosalía es mi hermana y no ha podido venir.

—Eso ya lo sé. ¿Qué hora es Rosalía?

—Las siete.

—¿Ya es domingo?

—No, domingo fue ayer.

—Pero, ¿ya es domingo o no?

En sus últimas colecciones, le obsequiaron como regalo un pequeño frasco que contenía oro líquido.

—Pero esta noche, Rosalía, han venido los ladrones a llevarse el oro.

—Soy Palmira, abuela.

—El oro. Que se han llevado mi oro.

Y se puso a llorar desconsoladamente. Cuando después de un rato alzó su rostro, quiso saber qué hora era.

—Las siete.

—¿Ya es domingo?

Pájaros.

Pero esos eran otros, los de verdad, los que venden en establecimientos de animales y están en jaulas encristaladas y hay que señalar uno al azar y decir: Quiero este.

La abuela Elvira además de sus pájaros demenciales tenía un canario que no sabía cantar y siempre estaba triste.

Colgaba la jaula de un clavo en la cocina y en sus últimos días de delirio se empeñaba en que el pobre canario comiera con ella hervido y huevos fritos.

Murió bajo el peso de un trapo sucio y descolorido.

Palmira lo encontró el día después de que la familia decidiera ingresar a la abuela en una residencia.

Su hermana Rosalía a pesar de que se le llenaba la boca hablando de su abuela, no fue a verla durante su enfermedad y mucho menos ha ido a visitarla a la residencia. No obstante, cuando fueron a cerrar la casa, encontró la cajita con oro líquido y se lo llevó.

Pájaros.

Su hermana Rosalía se parece a una urraca.

Mientras Palmira remueve los pies bajo el agua del río, se pregunta qué tipo de pájaro tendrá su mismo semblante, idéntico corazón herido.