43
INÉS
Estar embarazada es estar ausente de una. Alquilar tu cuerpo a un extraño, cederle todas las habitaciones de tu sangre a cambio de permanecer en pie y alcanzar algo parecido a la dicha.
Inés ya no se acuerda de cómo era antes de que su vientre empezara a hincharse.
Retiene líquidos. Por mucho que se esfuerza en guardar fidelidad a la dieta, sigue engordando como un globo que de un momento a otro fuese a perderse en el infinito. Se cansa incluso al agacharse para abrochar los cordones de sus zapatillas.
Todo su cuerpo es líquido que va y viene pero nunca se decide a salir.
Se siente como el mar muerto. Sin vida en su interior. Con trocitos de sal atados al cuello de su útero, con barcos encallados en todos sus rincones. Niños muertos que alzan sus manitas de escarcha para tocarle el corazón y depositar allí el frío.
Tres intentos fallidos de ser madre.
Se pregunta qué habrá hecho mal, si tal vez sus hijos sean capaces de leer sus pensamientos dentro de lo oscuro, esa inseguridad que siempre le ha entrado cuando al fin se ha confirmado la noticia de su embarazo.
Por una parte Inés desea tener un hijo desesperadamente, pero cuando lo consigue, algo en ella se rinde y comienza el rechazo.
Piensa en el futuro y descubre que su soledad está amenazada, que ya no podrá decir: nadie me quiere, mi familia no es lo que yo deseaba.
A Inés le produce terror volver a construirse desde dentro.
Es como el pueblo. Lo prefiere así, en la ternura de su ruina.
Le molesta incluso que algunos vecinos hayan tomado la decisión de levantar sus casas.
Quizá sus hijos hayan adivinado su secreto y no puedan echar raíz. Caiga su fruto como cae la hoja seca en el otoño, se desplome el amor hinchado de tanto amor que no llega.
Sucedió una mañana. Había estado trabajando en la casa y se disponía a coger el coche para bajar a la ciudad.
De pronto un golpe seco dentro del vientre.
Algo que se rompe y se detiene. El frío.
Sobre todo el frío a pesar de las altas temperaturas, de que las chicharras estaban estridulando, de que el cielo se había puesto muy azul y no quedaban nubes a las que mirar.
Subió al coche y condujo hasta la consulta de su ginecóloga. Tras una ecografía se confirmaron sus temores.
—No hay latido Inés. Está muerto. Podemos practicarte una cesárea o esperar el poco tiempo que te queda para que sea un parto natural. Pero va a ser muy doloroso para ti si esperas.
—Esperaré.
—Puedes tardar unas semanas. Y unas semanas...
—Esperaré.
Inés abandonó la consulta y regresó al pueblo. Por primera vez las fuerzas volvían a abrazarla.
No había querido saber el sexo del bebé aunque se refería a él como “mi hijo”.
Ahora Inés ha añadido las palabras “mi hijo muerto” y lo ama más así, desde esa distancia que marca la muerte, desde ese olvido que se avecina, desde la tierra que ha de venir y sus gusanos.
Lo ama porque ya no será esa mujer que desenreda los nervios del tiempo en la ventana.
La que espera la llegada de la infancia, la que ha de combatir contra la adolescencia, la que tendrá que asumir la distancia e incluso el mutismo de los teléfonos cuando el hijo sea hombre y después más hombre aún, hasta que lleguen las noches de la desmemoria y el único destino que quede sea una habitación gris en una de esas residencias que ordeñan sopa sin sal y pis.
No habrá colegio ni cartera nueva, ni calcetines con borlas, ni fiebre, ni el amor cavando túneles en su pecho.
No habrá cartilla de ahorro para cuando el hijo crezca y quiera ir a la universidad, no habrá selfis muy juntos, su carita contra su rostro endurecido.
No habrá riñas, ni deseos de que alcance la mayoría de edad para que se marche de casa y pueda volverse a quedar sola.
No habrá hambre ni sufrimiento, pero tampoco habrá risa ni álbumes de fotografías con manchas de chocolate, ni recuerdos que se puedan guardar en una cajita de terciopelo azul.
Seguirá siendo ella, Inés a secas, la hermana mayor de las gemelas, la mujer que ha abierto una casa rural en Campos de Gavín. La sombra que da largos paseos a la orilla del río.
Cuando nazca el niño lo cogerá entre sus brazos y lo acunará un instante. Besará su piel azulada, pensará en su pelo que no está, en su sonrisa que no está y después lo devolverá a la tierra.
Ya ha elegido su lugar de descanso. Hay sitio de sobra bajo las ramas muertas del árbol desnudo. Allí podrá abrazarse a la ceniza de sus abuelos, Gonzalo y Olga, allí podrá besar por primera vez la fe maldita de su bisabuela Dolores.
Antes de entrar a la casa, Inés se acerca al jardín, coge la manguera, llena un cubo de metal y riega las plantas.
En la cocina Margot le da un sorbo a una taza de manzanilla que Palmira le acaba de preparar.
Nada más engullir el último bocado de su tostada, Margot ha tenido que salir corriendo en dirección al baño para vomitar.
No ha sido necesario meterse los dedos. Ha bastado con arrodillarse, aferrar la boca del váter y descargar allí toda la bilis.
Su hermana Inés ha salido un momento porque ha recibido una llamada al móvil. Al verla regresar con la cara descompuesta, Palmira se ha ofrecido a prepararle una manzanilla.
—Las hierbas están en el segundo armario, a mano derecha —le indica Margot.
—No tienes muy buen aspecto.
—Se me pasará.
—¿Quieres que te eche un vistazo?
—¿Eres médico?
—Bueno en realidad no, pero pude serlo. Me faltó solo un año para obtener el título. Puede que algún día retome mis estudios.
—¿Y por qué lo dejaste?
Palmira Durán alza la mano y rescata del fondo una caja de cartón con infusiones en su interior. Después elige una taza limpia del escurreplatos y coloca la tetera en el fuego.
—Aprensión, supongo.
—¿Te daba miedo la sangre y tener que diseccionar cadáveres?
—Algo parecido. No me llevo muy bien con los gérmenes.
—Pero eres psicóloga.
—Sí, lo soy. Y aun así les tengo miedo.
—Todos le tenemos miedo a algo.
—¿A qué le tienes miedo tú?
—A muchas cosas. A Brígida, al mundo, al río... Sobre todo al río.
—¿Por qué al río?
—No sé, tengo la sensación de que me espera para matarme.
—¿El río?
—Puede sonar estúpido, sí. Pero me llama y al mismo tiempo me horroriza. No soy capaz de cruzar sola el puente de tablas. Nunca lo he sido. Por más que lo intento se apodera de mí un sudor frío y me empiezan a temblar las piernas.
—Acuafobia. Y es posible que también sufra de agorafobia.
—Sí, y puede sumar todas las fobias que existan.
—Brígida no puede hacerle nada.
—Usted no la conoce.
—¿Qué te parece si nos tuteamos?
Margot sonríe con timidez, la tetera comienza a silbar y Palmira la retira de la lumbre. Solo queda un sobre de manzanilla.
—Tu hermana tendrá que reponer las hierbas.
—Llamaré a Brígida para que vaya a comprar al supermercado. No quiero que Inés coja el coche en su estado.
—Oye, perdona si me meto donde no debo pero no parece que tu hermana esté muy contenta con su inminente maternidad, ni tampoco tú.
—Prefiero no hablar de eso.
—Lo siento, no pretendía...
—No, no pasa nada. Pero es cosa de Inés. No nuestra, ¿entiende?
—Creía que nos tuteábamos.
—No me acostumbro. Inés es muy estricta en todo y nos ha dado órdenes de que a los huéspedes hay que tratarlos de usted.
—Bueno pero en mi caso, me gustaría que me tutearas.
—De acuerdo. Aunque seguro que Inés prefiere seguir llamándola de usted. Es muy cabezota. En esta tierra todos lo somos. De lo contrario no estaríamos empeñados en levantar de la ruina nuestras casas.
—¿Crees que algún día Campos de Gavín volverá a ser lo que era?
—Tampoco es que fuésemos un pueblo muy grande pero había vida. A Inés esta casa se la dejaron mis padres como herencia. Luego compró el caserón y las propiedades de doña Josefa y de este modo surgió el proyecto de “La casa del árbol desnudo”.
—Es un nombre precioso pero da un poco de miedo, ¿no?
—Lo mismo que el río.
Margot vuelve a darle un sorbo a la manzanilla. Está ardiendo y se ha quemado el labio.
—Muchas gracias por la manzanilla —le dice a Palmira incorporándose despacio de la silla.
—Me ha gustado hablar contigo.
—Ahora tengo que irme. He de salir para encontrar el pájaro.
—¿El pájaro?
—Sí, el pájaro que me avisa de los peligros, el que ha venido a ayudarme.
—¿Y qué tipo de pájaro es ese?
—No tengo ni idea. Cuando lo vea lo sabré.
—¿De dónde has sacado la idea del pájaro?
Margot ríe con cierta vergüenza. Sabe que lo que acaba de decir suena a locura. Seguramente Palmira Durán va a pensar que es una mujer desquiciada.
—No me haga caso. Son cosas mías. Lo leí anoche en mi ordenador.
Me gusta echarme las cartas del tarot a través de Internet.
Tecleo en Google: “tirada del tarot gratis”.
Entonces pincho, y barajo las cartas, elijo siempre diez y pulso el botón para leer los resultados automáticos.
En una de las tiradas me salió el pájaro.
Una especie de arcángel protector que me cuida desde el más allá.
Me pregunto quién puede quererme tanto como para mandarme un pájaro celestial.
Es la primera vez que alguien me dice una cosa tan bonita.
Aunque sea una máquina y con total seguridad se lo haya dicho a miles de personas.
Pero yo quiero creer que mi pájaro existe y voy a salir ahí fuera para buscarlo.
Se despide de Palmira y abandona la casa. En el patio encuentra a Inés.
—¿Adónde vas?
—A dar una vuelta.
—No vengas tarde. Quiero que me ayudes a preparar la comida.
—Regresaré pronto, no te preocupes.
Palmira Durán permanece aún en la cocina. Mirando fijamente la taza de Margot donde aún humea la manzanilla.
—Espero que mi hermana no la haya molestado —le dice Inés depositando la cesta con legumbres sobre la mesa.
—En absoluto. Me parece una mujer encantadora.
—Tiene muchas fantasías dentro de la cabeza, no crea.
Palmira sonríe. No sabe por qué pero siempre que piensa en Margot, viene a su mente la imagen de Casandra, sus trenzas besando el fuego, sus verdades condenadas a ser una eterna falacia.
—Si me disculpa, yo también voy a salir. Tengo que encontrar mi propio pájaro.
—¿Qué pájaro? —pregunta Inés.