La casa del árbol desnudo 42
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PALMIRA

La familia de Palmira Durán nunca fue normal.

Su padre era un hombre de aspecto amable, alto y delgado, de labios gruesos y mirada franca.

Tenía poco pelo y lo peinaba hacia detrás con abundante gomina.

Le gustaba vestir camisas holgadas y pantalones chinos, en verano llevaba sandalias y en inviernos unos zapatos de charol que su madre lustraba en la cocina, sin muchas ganas, sentada en una silla de plástico de color verde, con las piernas abiertas y los pies descalzos.

De vez en cuando recordaba que tenía al fuego la comida o el café y entonces abandonaba los zapatos encima de la mesa y corría a retirar las cacerolas.

Palmira nunca los vio besarse, ni siquiera tomarse de la mano o darse un abrazo los días de fiesta, en algún cumpleaños por ejemplo o cuando viajaban a la costa para pasar las vacaciones de verano.

Entre los dos reinaba una fría armonía. Hablaban lo justo y se sentaban uno al lado del otro en la mesa.

Rosalía adoraba a su padre y su padre sentía una sucia predilección por Palmira.

A su madre nadie la quería porque era una mujer ausente.

Estaba en casa, atendía las labores, fregaba el suelo con un agua que nunca estaba del todo limpia y al poco rato todo regresaba a su sucia hostilidad.

La casa de Palmira olía a pies y tabaco negro, a coñac y trocitos de jamón y chorizo que su padre troceaba de noche, cuando todos estaban durmiendo.

En navidades, cuando Palmira cumplió diez años, su padre trajo aquel arcón a casa.

Era un congelador horizontal de gran tamaño, que tuvieron que instalar en la galería.

Palmira pensó que allí cabía un cadáver, que cualquier día iba a abrir la tapa y se iba a encontrar a un extraño reducido a tacos de carne sanguinolenta, en las mismas bolsitas de plástico que su padre utilizaba para meter el jamón y el chorizo que estaba destinado para acompañar a los macarrones.

O peor aún, Palmira imaginaba el cadáver de su madre haciendo el amor con el hielo en el fondo de aquel arcón.

Su madre sin pelo, su madre de ojos negros y almendrados, su madre con el alma cautiva en otro lugar

No sabe por qué a su madre siempre la imaginaba muerta. Y no es que la odiase o tuviese una enfermedad incurable, sencillamente su madre nunca estaba dentro del cariño. Nunca participaba en el crecimiento de sus hijas, en la acción cotidiana de la casa.

Recuerda que una vez su padre la atacó duramente, se abalanzó contra ella, apretó su cuello y a punto estuvo de morir ahogada sin que nadie hiciera nada por evitarlo, solo el miedo de su padre o el arrepentimiento en el último segundo consiguió que Palmira pudiera abrir la boca y tomar aire.

Su madre estaba allí, detenida en mitad del pasillo, con las manos enlazadas y la mirada ida hacia la luz de las lámparas.

Ni un grito. Ni un correr hacia el verdugo y clavarle las uñas o un puñal. Solo silencio. Silencio y quietud.

Al día siguiente su madre le regaló una muñeca muy cara y su padre entró en su habitación, se arrodilló a sus pies y comenzó a besarlos despacio, sin dejar de llorar. Mientras sus manos trepaban hacia los muslos de Palmira y la tumbaba sobre la colcha infantil.

Los abusos de su padre empezaron a los seis años, pero Palmira no lo recordó hasta que no cumplió los treinta y cinco.

Su subconsciente borró aquellos capítulos terribles de su niñez para permitirle continuar con su vida.

Solo cuando su padre murió, se desató en su mente todo lo acontecido en el pasado y supo que aquel hombre que yacía en aquel ataúd de gama estándar (madera de chopo / 800 euros) amortajado con un traje azul marino y una camisa rosa, era un auténtico hijo de puta.

Después del entierro le dio un beso a su madre y se marchó. Ya no ha vuelto a poner los pies en su casa.

Todo le parece sucio en el recuerdo: las baldosas, el váter, el espejo, las lámparas con la luz mordida, esas cortinas del salón que cuelgan más de un lado que de otro y que tienen cercos amarillos.

Sucia su habitación, la cama donde tantas veces tuvo que acceder a los abusos de su padre.

Sucio el silencio. El primer sorbo de leche de la mañana, el semen de su padre desbordándose sobre su mano enguantada.

Ya de niña sentía aprensión hacia el prójimo. Por eso su padre le tendió aquel guante de cuero que su madre le regaló unas navidades y que ahora había perdido a su pareja.

—Ponte esto- le ordenó.

Y Palmira no tuvo más remedio que obedecer.

La imagen más certera que vino a su mente cuando supo que había sufrido abusos, fue precisamente la de su mano enguantada ciñendo con asco el miembro viril de su padre.

Su madre nunca lo sospechó y si lo hizo mantuvo la boca cerrada.

Todo en casa de Palmira Durán había sido un grito silencioso y sucio.

Sucio, como las plantas de los pies de su madre, siempre negras porque andaba descalza por la casa y en pocas ocasiones se lavaba los pies.

Quizá habría que pensar que el motivo de que Palmira Durán esté ahora obsesionada con la limpieza venga de aquellos momentos infantiles, del padre, de la madre, de su hermana Rosalía.

Abrir el grifo y dejar que el agua corra, buscar animales muy puros dentro del jabón, frotar hasta arrancar el color negro, la laxitud, los abusos...

Recuerda que tenía una amiga que se llamaba Pili Arnau.

Con ella y con su familia compartían quince días del mes de julio en un apartamento de Cullera.

Pili era una niña rubia, de pelo largo y liso, con la nariz respingona y los pechos casi tan grandes como los de su hermana Rosalía.

Era mayor que Palmira y se había convertido en la jefa del grupo.

Todas las mañanas, cuando iban a la playa, lo primero que hacía Pili era caminar hasta la orilla, meterse en el agua, abrir ligeramente las piernas y mear.

Una vez su atrevimiento fue más allá y se cagó en el agua.

Medio en broma, medio en serio, obligó a Palmira a contemplar su mierda flotando entre las crestas de las olas.

Después de aquello Palmira se negó a seguir bañándose en el mar, aunque todavía tuvo que soportar la compañía de Pili Arnau durante un tiempo.

A aquel ángel rubio le gustaba, además, ir a cazar pajaritos con su padre, un hombre menudo, con gafas y completamente calvo que se entregaba en sus ratos libres a la lectura de novelas policíacas y a probar suerte en el bingo.

Padre e hija hacían excursiones a la sierra y regresaban de noche cargados con un saco de pájaros al hombro.

Desde su apartamento, Palmira escuchaba su piar dentro de lo oscuro.

No tardaban padre en hija en turnarse para golpear el saco contra el suelo.

Una vez, dos, tres... Hasta que ya no quedaba nada más que un silencio muy sordo y una mancha de sangre que se iba extendiendo poco a poco sobre la blancura de las baldosas.

Luego su madre, la señora Encarna, los desplumaba en la cocina, freía sus cadáveres en abundante aceite e invitaba a la familia de Palmira a cenar.

Recuerda que le sirvieron tres pájaros en un plato hondo, que sus cuerpecitos estaban hinchados, que sus alas eran una sombra delgada de aceite, harina y náusea.

Palmira estudió psicología. Se graduó con las mejores notas, ayudó a pacientes en su misma situación sin llegar a sospechar que ella también estuvo ahí, en el centro del asco.

Y sucedió de la forma más tonta, un sábado de otoño, mientras saboreaba un té en el sofá y veía una película basada en un hecho real. Fue entonces cuando, en una de las escenas de abuso, Palmira rememoró su propia violación.

Desde ese momento todo cambio. Llegaron las toallitas y el espray desinfectante.

Llegaron los hombres y sus citas furtivas en hoteles de las afueras.

Hombres que guardaban un gran parecido con su padre y que conocía a través de Internet.

Extraños que no buscaban otra cosa que echar un polvo y después decir adiós.

Palmira convirtió aquellas citas en un ritual.

Hoteles baratos, con un recepcionista de piel ajada al otro lado del mostrador.

Hoteles donde la limpieza no existe. Techos altos, grietas altas, moquetas surcadas de manchas y quemaduras de cigarrillo, cuartos de baño estrechos, sin ventanas por donde escapar, lavabos grises y rotos en los que el grifo gotea constantemente.

Hoteles de puertas endebles, con los tabiques tan finos como el humo de un cigarrillo.

Hoteles donde se escucha respirar el plástico, donde los zapatos golpean la lluvia o el invierno o la espalda de un hombre que gime y suplica más.

La brevedad del sexo.

El amor en un cajón junto al cadáver de una mosca y dos condones usados.