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brÍGIDA
Podría golpearlas a las dos.
Violeta es débil y aquella mujer a pesar de sus curvas no parece estar muy en forma. Tiene pinta de blanda y de cansarse enseguida. Está hecha para gustar, no para resistir un ataque.
Aunque también podría regresar sobre sus pasos, detenerse frente a (Gemma / Blanca) y escupir: “Mira no tengo nada contra ti pero no sé qué coño pintas en nuestra relación, porque tenemos una relación, ¿o es que no te lo había dicho?”
Podría mandarle un wasap a Violeta insultándola.
No, mejor un clic de voz para que escuche toda su furia. Que si hay alguien que tiene todo el derecho a ofenderse es ella.
No tendrá valor de ponerse a follar ahora, piensa.
Entonces su cabeza arde, su estómago, arde.
Se queda en el portal un rato sin saber a dónde ir o qué hacer. Fumando con la mirada perdida en la calle. Viendo sin ver a la gente que pasa a sus asuntos.
No se esperaba este capítulo de cuernos, desde luego.
No me jodas, murmura. Y prende un cigarrillo. Y fuma con violencia. Y corta el humo con los dientes imaginando que el clítoris de Violeta está ahí.
Le gustaría hacerle daño, ese es su primer instinto.
Las palabras no sirven de nada porque caen gordas y asqueadas al suelo, completamente espachurradas en el olvido. Es mejor la acción. Su madre Olga Castán no comprendía las palabras, por eso era necesario atar sus muñecas a los barrotes de la cama cuando tenía una de sus crisis.
Tampoco aquellas locas del psiquiátrico podían mantener una conversación sin abrazar el delirio. Estaban todo el puto día empastilladas.
Inés parirá un bebé muerto por mucho que Margot intente consolarla con su vocecita de monja.
Nada cambia nunca.
Hay que defenderse de las palabras. Eso lo aprendió muy pronto.
Defenderse del duende del sauce, de la locura de su madre, de la religiosidad enfermiza de su abuela Dolores.
Aún no sabe cómo pudo hacerlo.
Caminar hacia ella. Tapar su boca y su nariz y decir “se acabó, vieja de mierda, estarás mejor en el cielo. Dios te espera con los brazos abiertos y aquí no eres feliz”.
Pero ninguna lo son, piensa. Y tampoco es cuestión de ir cerrando bocas o liarla parda.
Violeta la ha traicionado. Acababa de pasar al otro lado, el lado del odio.
Ya no piensa en otra cosa que no sea hacerle daño.
Se le ha metido en la cabeza buscar en internet el perfil de esa tipa y hacerse pasar por otra para conquistarla. Tener una cita, por ejemplo.
El cigarro quema sus labios y Brígida lo arroja al suelo. Después se revuelve el pelo corto y sale del portal.
No vale la pena, se dice.
Que te jodan, le dice.
No está segura de dónde va a pasar la noche.
Al llegar a la tienda recibe una llamada de Violeta.
“Deja que te explique”
Cuelga.
Vuelve a sonar “Por favor, Brígida”
Cuelga.
Después baja al almacén y busca algo cómodo en lo que poder tumbarse y descansar.