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MARGOT
Uno de los deberes que se impone Margot cada vez que visita Campos de Gavín es intentar cruzar sola el puente de tablas.
Se aferra a las cuerdas, pone un pie sobre la primera tabla, respira hondo, mira hacia delante.
Le tiemblan las piernas y siente un leve mareo. Aun así no ceja en su intento.
—Venga, Margot, puedes hacerlo. No pienses en nada, solo camina hasta el otro lado.
Es sencillo, ¿no? Hasta Boira lo atraviesa, hasta esos niños que traen los turistas cruzan el puente con total naturalidad.
Niños, Margot, los niños corren sobre el puente de tablas mientras que tú te aferras al pánico.
Respira, Margot, toma aire por la boca y expúlsalo despacio por la nariz, como te han enseñado a hacer en tus clases de yoga.
Inténtalo. No te quedes solo en una prueba fracasada, camina.
La madera es vieja pero segura. Otros antes que tú la han cruzado, durante años, durante décadas. Camina, Margot, camina de una puta vez.
A Margot siempre le ha causado respeto todo aquello que se mueve, que es inestable.
Lo pasaba fatal cuando su padre las llevaba a la feria y las obligaba a subir a la noria.
Su hermana Brígida gritaba de alegría, se sentaba en aquellas cápsulas que tenían el vientre partido y no quería ponerse la cadena de seguridad.
—Si no te pones la cadena lloraré y gritaré y el señor de la noria nos tendrá que bajar.
—¿Y quién va a escucharte, Margot? Estamos a treinta metros de altura. No te escucha nadie. Así que no te molestes.
Su padre les había comprado sendas manzanas de caramelo.
Brígida le daba mordiscos pequeños, de modo que la manzana quedara desnuda de azúcar.
En cambio Margot era incapaz de comer. Tenía el estómago encogido y sentía náuseas.
Cuando la noria empezó a moverse, Margot cerró los ojos y apretó con fuerza los barrotes.
No sabe en qué momento arrojó toda aquella porquería de color rosa sobre la falda de su hermana.
Brígida no dijo nada. Ni siquiera se molestó.
Continuó devorando lentamente la manzana y le advirtió que, en ocasiones, la noria se quedaba estancada.
Tras aquella tortura, su padre volvía a comprar boletos.
Esta vez para el tren de la bruja. A Margot le horrorizaba aquella bruja que era en realidad un hombre flaco vestido con una túnica negra atada a la cintura con una cuerda y que usaba careta completa, una máscara corriente con las facciones de una bruja de dientes largos y mentón puntiagudo, de ojos hundidos en el plástico, de pelo ajado y rojo, que de vez en cuando peinaba con sus manos enguantadas.
Margot podía verle las zapatillas sucias y los pantalones arremangados cada vez que aquella bruja subía a los vagones para amedrentar a los niños.
Luego, mientras el tren no dejaba de dar vueltas, aquel hombre travestido disfrutaba propinándole escobazos a sus tiernas cabezas.
No sabe cómo se las ingeniaba pero Brígida no recibía ninguno, aquella escoba mugrienta iba a parar siempre directamente al cogote de Margot.
Un golpe, dos, el chasquido de la madera sobre su cráneo.
Aquella bruja acercándose a su cuerpo, el olor a alcohol que manaba por el agujero de la boca donde el hombre tomaba aire y de rato en rato aspiraba el humo de un cigarrillo.
Cuando acababa el trayecto, la bruja se escondía en un rincón, se quitaba la máscara y le daba un trago largo a una petaca que tenía escondida entre los raíles del tren.
De noche, las pesadillas de Margot giraban en torno a eso, a una boca de labios finos que absorbía con avidez el alcohol de la petaca, el perfume a sudor de sus axilas, el golpe en su cabeza, la manzana caramelizada trepando por las paredes de su garganta.
Una risa al fondo, Brígida respirando muy fuerte bajo las sábanas.
—Puedes hacerlo, Margot —repite de nuevo para sí—. Un paso, después otro. La mirada al frente. Mira al sol. Es preferible quemar tus ojos a descender hacia el infierno del agua.
Sus primos eran conscientes de la fobia que le profesaba Margot al vacío, su incapacidad para cruzar sola el puente de tablas, y, adoctrinados por Brígida, se colocaban en mitad del puente y empezaban a brincar.
—Basta. Por favor. No hagáis eso. Nos vamos a caer —les suplicaba Margot.
Pero ellos insistían. Un salto. Otro salto. Y el puente que se ponía a temblar.
Margot pensaba que si el puente se venía abajo y caían al agua, todos lograrían salvarse excepto ella, que no sabía nadar.
También solían tenderle trampas. Una vez, Brígida le robó un gallo a la señora Josefa.
Le segó el pescuezo con la navaja con la que el abuelo cortaba el queso y la cecina, y después, en compañía de sus primos, colgaron el gallo en mitad del puente, bocabajo, con la sangre chorreando hacia la boca insaciable del río.
Margot se lo encontró justo cuando ya había conseguido atravesar hasta la mitad del puente.
Y se quedó paralizada, el cuerpo rígido, los ojos clavados en la sangre que se deslizaba en lento desde su cuello hasta las tablas.
Tuvo que suplicarle a Brígida que quitara de allí el cadáver y llegara hasta ella para darle la mano.
Juntas atravesaron el puente. Al llegar al camino, Margot se puso a llorar mientras Brígida le acariciaba el pelo y le susurraba palabras de consuelo.
Tenía las manos manchadas de sangre. Olía a muerte y trocitos de melocotón.
La cosa no quedó ahí. A las pocas semanas, Adolfo y Alejandro trajeron de Huesca una mano de plástico amputada que adquirieron en una tienda de artículos de broma y le hicieron creer que pertenecía a un muerto de verdad.
Enterraron la mano al comienzo del puente, entre los matorrales donde ahora Margot ve la caravana que aparece y desaparece por arte de magia.
Cuando Margot llegó a la casa del árbol desnudo y dijo que había visto la mano enterrada de un muerto, nadie la creyó.
Todos se rieron. Pero ella estaba convencida de que semejante visión era una señal, que algo oscuro se aproximaba.
Y la tragedia llegó, un miércoles de agosto, cuando la tarde empezaba a languidecer y no quedaban nubes en el cielo y la merienda se había acabado en los platos y los mayores estaban concentrados en sus asuntos, jugando a las cartas los hombres, confeccionando cortinas de canutos las mujeres.
Sonaba música de fondo porque su padre había puesto el tocadiscos.
Cree recordar que la canción se llamaba “Non, Je ne regrette rien” y la interpretaba Edith Piaf.
Su hermana Brígida y ella estaban leyendo bajo el sauce, muy cerca de su abuela, Doña Dolores, que dormitaba sentada en su silla de enea.
De pronto la abuela abrió los ojos y en su rostro se dibujó el terror, se puso roja instantáneamente y comenzó a toser, abría y cerraba la boca como si se hubiera atragantado con el aire, le lloraban los ojos y se había llevado las manos a la garganta, como si quisiera desenroscar su cuello para poder así salir de aquella situación angustiosa Sus piernas cortas se agitaban pidiendo auxilio y la silla se balanceaba de un lado a otro.
—¡Agua, dadme un poco de agua! —les pidió a las gemelas.
Margot hizo ademán de levantarse pero Brígida la sostuvo del brazo, muy fuerte, clavándole las uñas en la piel. Su hermana Brígida había decidido asistir a la agonía de su abuela sin mover un dedo y Margot no tuvo más remedio que doblegarse.
—¡Avisad a alguien, niñas del demonio!
Y mientras la abuela daba sus últimos estertores bajo el sauce y Edith Piaf destapaba su tristeza en el aire de agosto, Brígida depositó el libro a los pies de Margot, se levantó despacio; se puso frente a la abuela y la miró un instante, después colocó su mano sobre la boca y la nariz de doña Dolores y esperó pacientemente a que dejara de respirar.
Cuando todo llegó a su fin, regresó junto a Margot y retomó su lectura. Margot dejó escapar un leve gruñido pero Brígida atrapó de nuevo su brazo.
Nadie creyó a Margot cuando entre sollozos, confesó que la abuela Dolores había muerto por culpa de Brígida.
Fue la primera vez que su hermana le pegó.
—Esto por cobarde —le dijo cruzando su cara con mano firme—. Y esto por chivata —y estiró su pelo con tal fuerza que le arrancó un mechón.
La caravana ha vuelto a florecer entre la maleza y Margot puede vislumbrar desde el puente de tablas a una mujer envuelta en un quimono.
Esta vez olvida su miedo y sigue adelante. Le da la impresión de que la mujer oculta el rostro entre sus manos.
Avanza unos pasos más, pegada a las cuerdas.
Sus pies pisan la madera y esta emite un crujido seco; no obstante, Margot sigue aproximándose hasta llegar a la caravana.
Para no ser descubierta se oculta entre maleza.
Las zarzas se enredan a su ropa. Entonces sale el hombre, golpea a la mujer, la mujer grita y fija sus ojos un instante sobre los ojos de Margot; después ríe y besa al hombre.
El hombre se gira hacia ella se baja el bañador azul y comienza a masturbarse.
Margot sale de su escondite y corre por el puente de tablas, tropieza y cae, se levanta y retoma la marcha, cada vez más deprisa.
Al llegar a la casa del árbol desnudo, encuentra a Inés y a Palmira sentadas a la mesa.
Margot las mira sin dejar de jadear. Tiene las piernas sucias de barro y los ojos brillantes. Se le han hinchado las aletas de la nariz y suda en frío.
—¿Y a ti qué te pasa? Tienes un aspecto horrible. Parece que hayas visto un muerto.
Margot calla y se sienta a la mesa, acepta la taza de café que le tiende su hermana, le da un mordisco desganado a una tostada de aceite y sal.
—¿De verdad se encuentra bien? —le pregunta Palmira.
—Sí, estoy bien. He tropezado en el puente, eso es todo.