La casa del árbol desnudo 39
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INÉS

La relación de Inés con los hombres nunca fue fácil.

Tal vez porque lo que esperaba de ellos era demasiado grande, una carga pesada que ninguno estaba dispuesto a soportar.

Inés intentaba enamorarse desesperadamente.

Tenía conocidos fieles con los que se daba un revolcón de vez en cuando, pero incluso ellos acababan poniéndole las cosas claras:

—Mira, Inés, yo no busco lo mismo que tú. Será mejor que lo dejemos aquí.

—¿Y qué crees que busco? —le preguntaba ella cubriéndose los pechos con la punta de una sábana.

—Buscas seguridad.

—Menuda tontería.

—No lo es.

—¿Y acaso todos no la buscamos?

—No, yo no.

—¿Y qué buscas tú?

—Divertirme, vivir.

—Dentro de la diversión también hay cabida para la seguridad. Me gusta reírme contigo, follar contigo. No veo ningún problema.

—Si fuese así no estaríamos manteniendo esta conversación.

—Creo que te estás agobiando sin motivo. Acabas de montarte una película en la que yo no tengo ningún papel.

—Sé de lo que estoy hablando. Lo siento. Te miro a los ojos y lo sé. Veo toda tu rabia al hacer el amor, todas las fuerzas con las que te aferras a mí y yo no soy eso que buscas.

—Te estás haciendo el interesante.

—Solo te estoy advirtiendo.

—Muchas gracias, David, pero ya soy mayorcita. No necesito consejos. Si ya no te molo, me lo dices y punto. No hace falta que dramatices. Estoy harta de dramas en mi vida.

—Esa es la cuestión. En tu vida hay muchos malos rollos y tú no puedes dejar de ser una mujer dramática.

No te relajas nunca, Inés. Siempre esperas algo más.

Una caricia más, un beso más, una cita más, quedarte a comer, quedarte a cenar, darme la mano en la calle, pasarme el brazo por el cuello cuando estamos con el grupo en el bar.

¿Sabes lo que me pareces? Uno de esos perros que levantan la pata y orinan para marcar su territorio.

Eso es lo que creo que buscas, tu propio territorio.

Y yo no puedo ofrecerte un compromiso, ¿lo entiendes?

Inés no contestó. Saltó de la cama con la sábana pegada a su cuerpo y, tras vestirse a toda prisa, salió de aquel apartamento pequeño que olía a tubería y carne asada.

Ya no volvió a ver a David. Pero hubo más como él.

Conversaciones parecidas en una cama estrecha con el edredón mordido, con la ropa esparcida por el suelo y una mesa auxiliar donde descansaban los cigarrillos y la cerveza, el cenicero de acero inoxidable a rebosar de colillas.

Aquellas estancias desnudas de intimidad.

Pisos compartidos por hombres y mujeres nómadas que no sabían echar raíz en el aire de un colchón.

—Un compromiso... —Murmura Inés pasando la mano por el cajón que momentos antes ha estado puliendo.

​ Nunca hasta ahora se le había ocurrido pensar que ella buscara eso, un compromiso. Una ligadura. Atar una soga muy fuerte a su muñeca, a su tobillo, a su corazón para que no escape el hombre, la compañía, el hijo que habría de venir.

​ No obstante ha habido en ella otro tipo de compromiso ineludible, el tener que hacerse cargo de las gemelas, de las propiedades, de las facturas.

En aquella carretera anegada por la lluvia, donde sus padres encontraron la muerte, también se quedó su juventud, sus noches de juerga, la libertad de entrar o salir a capricho, tumbarse en la cama tan solo a ver la vida pasar, memorizar letras de canciones, viajar con la imaginación, matricularse en algún máster.

Ni que decir tiene que nada de eso fue posible.

Porque a Inés le tocó muy pronto desprenderse de la piel de la pereza y vestirse de realidad.

Sobrevivir.

Abrir la boca a la prisa, ocuparse de la vida de otros, de que otros pudieran disponer del tiempo suficiente para poder soñar.

Pero hablábamos de Inés y los hombres.

Recuerda que estaba enamorada de Agustín Tricas.

Un chico no demasiado alto, despierto, de facciones amables.

Agustín era dueño de un cuerpo dominado por las curvas, con los muslos gruesos y el culo gordo y respingón.

Eran compañeros de instituto y hacía teatro.

Habían formado un grupo a cuya cabeza estaba su profesora de lengua, una tal Ángeles Ruiz.

A Agustín Tricas le gustaba escribir, ideaba para Inés pequeñas piezas de teatro, la convirtió desde el primer momento en su musa.

Al sonar la campana que marcaba el fin de las clases, corrían a través de los pasillos y se colaban en las aulas vacías, como si estuvieran protagonizando una película de suspense.

Disfrutaban con aquellas travesuras de adolescentes y olvidados del tiempo, aguardaban agazapados bajo los pupitres a que llegara el bedel, un pobre hombre de piernas cortas y voz de trueno, que encendía la luz, se agachaba no sin cierta dificultad y hacía aspavientos con sus brazos regordetes hasta que lograba sacarlos del aula.

—Cagoendiez, salid de ahí, coño. Malditos críos.

Ya estáis otra vez tocándome las narices con vuestros jueguecitos.

¿Es que no podéis meteros mano como los demás sin tener que estar jodiendo al prójimo?

Ya no os aviso más. Si no os vais, echo la llave y pasáis la noche encerrados. ¿No queréis acción? Pues taza y media.

—Shhh —le decía Agustín tomando su mano—. Yo conozco un sitio por donde podremos escabullirnos.

Y la noche tendía su manto y ellos seguían corriendo, con la mochila al hombro y las calles dormidas en una luz enferma y amarilla.

Inés solía llegar tarde a casa. Cuando ella abría la puerta, su madre hacía rato que había sucumbido bajo los efectos del alcohol y las pastillas; sin embargo, su padre la esperaba en la sala, con una copa de coñac en la mano y un cigarrillo pendiendo de sus labios finos.

Margot no estaba pero Brígida sí. Inés podía verla a los pies de Gonzalo, como una perra consentida.

—Llegas tarde —le reprochaba su padre en tono severo—. La cena está en la cocina. Aunque no debería dártela. Tendrías que irte a la cama con el estómago vacío. ¿Se puede saber dónde te metes?

—Estaba estudiando en casa de Agustín y no me he dado cuenta de la hora.

—No me gusta ese chico.

—Ese chico es maricón —apostillaba Brígida haciendo gala de la primera suciedad de su boca.

—¿Y tú dónde has aprendido eso? No vuelvas a repetirlo, ¿me has escuchado bien?

Brígida agachaba la cabeza, pero al instante volvía a erguirse para mirar a su hermana y repetir en un susurro.

—Es maricón, maricón, maricón...

—Y tú que sabrás, niñata —le espetaba Inés con los dientes apretados.

Las obras de teatro que representaban en el instituto tenían una gran aceptación. Ensayaban con intensidad, durante las horas libres y los sábados por la mañana, sobre todo cuando se acercaba la fecha del estreno.

Por encima de todo les apasionaba recitar poemas de Federico García Lorca, confeccionar la bandera republicana y colgarla en el salón de actos, bien a la vista.

En una ocasión el director del instituto, Don Ramón Prieto, tomó el brazo de la señorita Ángeles Ruiz y la condujo hasta el patio.

—¿No te parece, Ángeles, que esto es ir demasiado lejos?

—¿Te refieres a la bandera?

—Claro que sí. No creo que sea necesario.

—Estamos hablando de Lorca. Sin la bandera de la República no sería lo mismo.

—Ya lo sé. Pero solo te pido discreción.

—La discreción no existe en el teatro. Existe todo o no existe nada.

Una tarde, la señorita Ángeles Ruiz, los llevó al teatro para que pudieran presenciar un ensayo general de la obra “Romeo y Julieta”. Hasta ese momento, para Inés, el teatro había sido un divertimento, pero cuando atravesó el edificio Inés sintió que las piernas dejaron de sostenerla.

Agustín Tricas pasó a un segundo plano. Inés quedó cautivada por la hermosura irreal que proyectaban los focos sobre el escenario, se rindió al polvo suspendido en el aire, a la solemnidad de las butacas, a ese perfume a viejo y sudor que podía respirarse en cualquier esquina, a las voces rotas, a ese pájaro dramático que agitaba su falo en cada palabra que escupían aquellos actores jóvenes, guapos, talentosos...

Shakespeare vino a hacerle a Inés aquella tarde su primer hijo de tragedia y hambre.

De modo que al día siguiente, nada más levantarse, acudió a una librería para adquirir un ejemplar de “Romeo y Julieta”.

Se aprendió de memoria algunos de sus monólogos y los recitaba delante de las gemelas.

Margot la contemplaba con los ojos abiertos como platos, reía o mostraba un gesto compungido dependiendo del momento y, al concluir, cuando Inés fingía el suicidio de Julieta, Margot no podía evitar llorar desesperadamente, aferrada a la mano de Brígida, que, en el interior de su boca, le daba vueltas a un chicle.

—No ha estado mal —sentenciaba Brígida—. Pero mamá lo hace mejor.

Entonces Margot se soltaba de su mano y corría a la habitación de su madre para comprobar que seguía viva, enferma pero viva.

—Eres cruel, Brígida. No deberías decir esas cosas delante de Margot. Ya sabes que es muy sensible.

—Yo también soy sensible —se defendía Brígida.

—No me lo parece.

—Era una broma.

—Pues no ha tenido ninguna gracia.

—¿Sabes qué? No eres una buena actriz. Actúas mal.

—No me importa lo que pienses.

—Y tu amigo el pelirrojo, es maricón.

Antes de que llegaran las vacaciones de verano, Inés quedó con Agustín Tricas para tomar algo a solas, sin la compañía del resto del grupo.

Se puso su mejor vestido, se lavó la cabeza y se rizó las puntas con la plancha.

Perfumó su cuello, sus orejas, sus muñecas.

Estaba decidida a confesar sus sentimientos.

Agustín la estaba esperando sentado en la mesa del fondo. Fumaba y tenía sobre la mesa un par de tequilas. Inés se acercó despacio y espantando la vergüenza pronunció de corrido:

—Estoy enamorada de ti. Te amo —y cogió el tequila y lo apuró de un solo trago. Y luego se puso a esperar las trompetas, se puso a esperar la flecha de cupido, las palabras gruesas de aquel pelirrojo de culo gordo que quería ser director de cine.

El muchacho tardó en hablar y el silencio se volvió muy sucio en el interior de sus bragas nuevas (Rojas de encaje / con el sujetador a juego)

—Lo siento, Inés, no sé cómo decírtelo. El caso es que yo...

Y a la mente de Inés llegó la sentencia de Brígida: “Es maricón”.

E Inés dijo:

—Eres maricón.

—Bueno, dicho así...

—¿De verdad lo eres?

—Sí, pero yo te quiero mucho y me gustas. Siempre me has gustado.

Inés ya no volvió a hacer teatro. Nunca más soñó con ser actriz.

Ahora, años más tarde, se pregunta qué hubiera pasado si el hijo que lleva en su vientre fuese el hijo de Agustín. Ha estado dándole vueltas al hecho de que debería de haber buscado a Agustín y decirle:

—Me debes un hijo. Me importa una mierda que seas maricón. Dámelo. Me lo debes.

Quizá si en su vientre estuviese nadando el hijo de Agustín, en estos momentos ella no estaría confeccionando un ataúd.

No estaría contando los días para poner en marcha los engranajes del duelo.

No estaría muerta aunque pueda caminar, hacer la comida, regar el huerto, atender a su huésped, consolar a Margot, mantener las distancias con Brígida.

—Me lo debes —murmura en voz alta.

Inopinadamente Margot entra en la cocina y le pregunta:

—¿Qué es lo que te debo?

—Nada, son cosas mías —intenta disimular Inés.

Margot mira la caja entre las manos de Inés, la toma con delicadeza y la deposita sobre la mesa. Después besa la frente de su hermana antes de decir:

—Todavía no, ya habrá tiempo. Voy a subirla al desván.