38
brÍGIDA
Cuando Violeta pulsa el interruptor se ven.
Las tres se ven.
Brígida sonríe pero es una alegría falsa, automática, para salir del paso, porque tras la espalda están sus puños y dentro de sus puños las uñas clavándose en su carne.
Las ha visto, se refiere a verlas de forma íntima.
Sus manos entrelazadas, sus bocas a escasos centímetros.
El pelo de Violeta está empapado porque afuera ha empezado a llover. De eso, sin embargo no se había dado cuenta ya que estaba enfrascada en sus pensamientos.
Lo de siempre, sus hermanas y sus neuras y ella en medio de todo.
Ese es el motivo por el que no se ha dado cuenta de que la lluvia cae ahora con insistencia.
Si continúa así el cauce del río subirá y Margot entrará en pánico.
En cambio Violeta sigue ensimismada con su amiga.
¿Quién coño es? Se pregunta.
Nunca antes la había visto. Así que decide acercarse a ella, como si tal cosa.
Entonces Violeta suelta las manos de la mujer y se arregla el pelo con nerviosismo.
La extraña se queda desamparada en mitad del salón. Al reparar en los ojos de Brígida da un paso hacia detrás, como si buscase protección en las cortinas marrones.
Qué feas son las cortinas piensa Brígida.
Quiere acercarse a Violeta pero algo se lo impide. Puede que sea la sorpresa desagradable de encontrarse a su novia con una extraña.
—¿Pero tú no estabas en casa de tu hermana? —pregunta Violeta intentando disimular.
Siempre se le ha dado mal mentir, las aletas de su nariz se dilatan y pierde el control de sus manos, que no dejan de moverse en el aire.
—Ya ves que no.
—Podías haberme llamado.
—¿Por qué?
Está empezando a disfrutar. Le gusta acorralarla del mismo modo que acorrala a Margot. No puede evitar ese pequeño resorte de maldad que nace cada vez que el dolor pellizca su sangre.
Violeta agacha la cabeza. Luego la alza y abre la boca pero no sale ninguna palabra. Tarda en decir:
—No te esperaba, eso es todo.
—Ya veo.
Ver.
Ser vista.
Pillar infraganti. Eso quiere responder Brígida pero también calla.
El silencio se instala entre las tres hasta que al fin Violeta da unos pasos hacia su compañera y hace las presentaciones.
—Esta es Gemma, una vieja compañera del instituto. Trabaja en Madrid, es abogada, pero ha venido a visitar a sus padres y nos hemos encontrado por casualidad.
Brígida enarca una ceja. Sigue sin despegar los labios, luciendo una de esas sonrisas a medio camino entre la ironía y el sadismo.
—En fin, se me ha ocurrido invitarla a comer. No te esperaba pero ahora que estás aquí espero que no te importe.
Brígida deja escapar un suspiro y tiende su mano hacia la mujer.
Hay una duda.
Puede que varias dudas flotando en el ambiente pero enseguida sus manos chocan.
Entonces se fija en la mujer. Luce una media melena teñida de rubio. Alta, con curvas, pecho generoso y bien vestida. No, es más bien pija, rectifica. Tiene pasta, eso piensa y juraría que está acostumbrada a que la miren y la obedezcan.
—Abogada.
No se da cuenta de que ha pronunciado la palabra en voz alta.
—Sí, abogada —le confirma su novia.
Más silencio.
Después Violeta se retira un mechón de la cara y mira a una y a otra.
—Bueno, pues ya nos conocemos todas —dice de forma jovial, como si se hubiera desprendido de una carga.
—Yo no quiero molestar —balbucea la mujer.
—Perdona, no recuerdo tu nombre.
—Blanca.
—¿No era Gemma?
Violeta se pone roja. Traga saliva.
—Perdón yo…
—¿En qué quedamos?
—Blanca.
—¿Abogada? ¿O tampoco?
La mujer mira a Violeta, Violeta se muerde el labio inferior.
—Pues no, soy peluquera.
—Y deja que adivine: os habéis conocido en Spicy.
Antes de que ninguna de las dos pueda decir nada, Brígida da media vuelta y se dirige a la puerta.
—No, cariño, espera —le pide Violeta corriendo tras ella.
Toca su brazo pero Brígida no se inmuta, su cuerpo ahora es como un muro.
—No es lo que estás pensando.
Sin darse la vuelta escupe
—Venga, no me jodas.
Mientras baja las escaleras del rellano, Brígida vuelve a colocar los puños tras su espalda y aprieta las uñas, muy fuerte, como si fuera el niño muerto de Inés el que estuviera mordiendo su carne.