La casa del árbol desnudo 37
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MARGOT Y PALMIRA

Margot golpea la puerta dos veces seguidas con los nudillos de su mano libre, mientras que con la otra sostiene la bandeja que Inés ha preparado para su huésped.

La vajilla de porcelana es vieja, perteneció al ajuar de su abuela. A Inés le gustan los objetos que cuentan historias, que muestran cicatrices bajo su piel.

Boira ha acompañado a Margot hasta la habitación de Palmira. Está mojada porque se ha bañado en el río y ha dejado huellas de barro en el suelo, también en su pantalón, a la altura de su rodilla izquierda.

Mientras espera, Margot echa un vistazo al horizonte.

Hace un día espléndido. Abajo, en el patio, los rayos de sol iluminan con dramatismo el cadáver del sauce, hacen brillar por un instante su cabellera que ya no está, después trepan por la espalda de la piedra y chocan dulcemente contra el silencio blanco de la porcelana.

—¿Sí? —pregunta Palmira al otro lado.

La psicóloga ha estado tumbada en la cama, mirando el universo del techo. Pero las estrellas no brillan con la claridad, ahora solo son manchas que incluso la incomodan.

—Soy Margot. Le traigo la comida.

—Un momento.

Palmira se arregla la ropa frente al espejo, ahueca su melena, saca la lengua, la vuelve a meter, ordena la cama, se pone los zapatos, mira la mesa de su escritorio donde los folios descansan.

Ha estado intentando escribir pero solo ha conseguido hilar un par de frases insulsas.

No encuentra el tono. No encuentra la historia.

No sabe dónde diablos ha metido el espray desinfectante y el paquete de toallitas de repuesto.

—¿Se encuentra bien? —insiste Margot tras la puerta.

Sobre la bandeja, un cuenco con sopa de verduras, un filete de pollo a la plancha con espárragos trigueros y una patata cocida. Una naftalina troceada y acompañada de queso blanco.

—Perdone. Estaba descansando —se disculpa Palmira.

Margot se ha quedado clavada en el umbral de la puerta.

Recuerda el cuarto azul. Fue ella la que le sugirió a Inés que pintara el techo con estrellitas doradas para cuando el bebé tuviera una de esas noches revueltas y pudiera calmarse con el resplandor de ese universo tan íntimo.

Pegaron juntas una a una las estrellas mientras Brígida bebía cerveza en la cocina y mandaba mensajes de WhatsApp a su novia Violeta.

El universo ahora no es más que un recuerdo triste que ha dejado de brillar.

—No se preocupe. ¿Dónde quiere que le deje esto?

Boira se cuela en la habitación y lanza un ladrido ronco. De inmediato Palmira retrocede. En ningún momento deja de mirar a la perra.

—Fuera de aquí, Boira —la increpa Margot intentando sacarla de la estancia. No quiere que se le caiga la bandeja, por eso alza una pierna y golpea con suavidad las nalgas de Boira.

Palmira permanece en tensión, con la espalda apoyada en el escritorio. Cuando Boira desaparece y Margot cierra la puerta, la psicóloga deja escapar un suspiro de alivio y comienza a recoger las hojas, despacio, sin alterar el orden.

—Póngalo aquí.

Margot deposita la bandeja y se queda de pie, sin decidirse abandonar la habitación. De forma inconsciente balancea sus caderas hacia arriba y hacia abajo, con los ojos fijos en la cama de cuerpo y medio donde antes estuvo situada la cunita.

—¿Le apetece acompañarme? —le pregunta Palmira.

—No, tranquila. Inés y yo vamos a comer en la sala.

—Dele las gracias a su hermana. Y siento mucho no acompañarlas pero es que no tengo ánimo.

—Lo sé y quería pedirle disculpas.

—¿Por qué?

—Por lo de esta mañana, por lo del bosque.

—Usted no has tenido la culpa. Nadie la ha tenido, ¿no?

—En realidad sí.

Palmira cruza sus brazos, agita su melena, olfatea el olor de la sopa en el aire. No está muy segura de a cuál de las dos le acaban de rugir las tripas.

—Verá. No sé si debo decirle esto. Si Brígida supiera que estoy hablando con usted se pondría hecha una fiera.

—¿Le tiene miedo a su hermana?

—No —se apresura a afirmar Margot—. Es que no me gusta enfrentarme a ella, eso es todo.

Palmira sabe que está mintiendo. Puede sentir el miedo de Margot. Sin embargo no quiere ponerla en un aprieto. No ha viajado hasta Campos de Gavín para ejercer de psicóloga, lo ha hecho única y exclusivamente para trabajar en su nueva novela.

—Lo siento. No he pretendido juzgarla.

—Lo del bosque ha estado mal.

—Me he perdido, eso es todo.

—No. Brígida ha permitido que lo haga.

—¿Qué quiere decir?

—Lo planeó antes de que saliéramos. Pensaba dejarla un rato sola para ver cómo reaccionaba. Para que se asustara. Pero solo durante un rato, se lo juro. Yo no quería que lo hiciera pero ella insistió. Lo siento mucho. Ha sido una broma de mal gusto.

Los labios de Palmira dibujan un mohín de disgusto.

—Sí que lo ha sido. Me parece muy cruel. Podía haberme ocurrido cualquier cosa.

—No lo hubiera permitido.

—Permitió que Brígida llevara cabo su juego.

—Lo siento mucho, debe creerme.

Permanecen unos segundos en silencio. La sopa está empezando a quedarse fría y el sol ha alcanzado su cenit en el cristal. Ya no pueden mirarse sin tener que fruncir el ceño obligatoriamente.

—De acuerdo. Por mí, la historia queda zanjada.

—Sé que no debería justificar su actitud, pero Brígida lo pasó muy mal con la enfermedad de nuestra madre. Ella... —Margot traga saliva y vuelve a hablar—. Mi madre se llamaba Olga y no quería quedarse en este mundo.

—Tenía tendencias suicidas, ¿es eso?

—Sí. Su enfermedad nos marcó mucho.

—Lo entiendo.

—Papá y Brígida se ocupaban de ella cuando tenía una de sus crisis. Pasado un tiempo, tras la muerte de nuestros padres en aquel accidente, Brígida comenzó a trabajar en un hospital psiquiátrico, de celadora. Por lo visto no fue una buena experiencia y desde entonces...

—Desde entonces odia a los psiquiatras y a los psicólogos —se adelanta Palmira Durán a su parlamento.

—Sí.

—Y luego llego yo y decide gastarme una broma pesada, a modo de venganza, supongo.

—Le juro que lo del bosque...

—Olvídelo.

Margot se dirige a la puerta, pero antes de abandonar la habitación azul le dice:

—Yo también tuve miedo. También Brígida dejó que me perdiera en el bosque. Me oriné encima, ¿sabe? Siempre lo hago cuando no tengo el control. No me avergüenza confesarlo. Al menos a usted, no. Seguidamente gira sobre sus talones y abandona la habitación.

Palmira Durán coge una cuchara y prueba el caldo, después empieza a desmenuzar el filete de pollo e introduce un trozo en la boca.

Mastica en lento. En su interior la palabra suicidio no deja de dar vueltas, como el caldo, como el trozo de pollo, como las patatas cocidas que están sosas y han llegado tan frías como los pies de un muerto.

Retira la bandeja del escritorio y la deposita sobre la cama. Al cabo arranca una hoja de su cuaderno, aferra un bolígrafo.

Escribe:

​ ​ Suicidio.

Hace tiempo Palmira Durán trabajó con pacientes con tendencia suicidas. Aplicó una terapia que consistía en la dramatización de la propia muerte.

Y vuelve a escribir:

​ ​ Suicidio.

(El suicida abre la carne de su nombre cuando brota el sentimiento de no poder ya participar o de ser excluido del grupo o de una colectividad).

​ ​ Suicidio.

(Las ventanas de la muerte dicen ven, porque la ausencia llega, el vacío hacia los demás, el rechazo).

Su alma está rota y cae por los acantilados de un sentimiento sin color, con el perfume castrado.

​ ​ Suicidio.

(Detrás del miedo a la muerte, está el miedo a la vida).

​ ​ Suicidio.

(Un dolor que se queda, germina dentro de la sangre, se hace sacerdote único / tirano único / tambor que muerde).

​ ​ Suicidio.

(Una puerta de emergencia, la oscuridad, su abrazo, un bosque siempre húmedo, animales silenciosos que reptan sobre la almohada. La almohada repleta de fiebre y flores azules).

​ ​ Suicidio.

(Ya no hay control).

Imagina un muro, el cuerpecito sensual de una hormiga, la mano velluda de Dios atendiendo nuestras súplicas.

Después nada.

Túnel no.

La luz ciega y tuerta.

​ ​ Suicidio.

(Autodestrucción).

El golpe.

La soga.

Un automóvil que avanza hacia las colinas del hambre.

Un viaducto.

El amor hacia el aire que nos hace volar con alas de plomo.

​ ​ Suicidio.

(Lo intento pero no).

​ ​ Suicidio.

(Ayúdame).

​ ​ Suicidio,

(Freud enciende un cigarrillo, coloca sobre sus rodillas la hostilidad, la depresión, una madre sin cuello haciendo sopa).

​ ​ Suicidio.

(He dejado una nota en el frigo:

​ ​ Comprar amor.

​ ​ Comprar confianza.

​ ​ Comprar optimismo.

​ ​ Comprar la piel azucarada de cien barbitúricos).

​ ​ Suicidio.

(Siéntese ahí).

Destape la niebla de su voz.

Yo soy sus miedos (golpee).

Yo soy su fantasía (llóreme).

​ ​ Suicidio.

(Hago como qué).

​ ​ Suicidio.

(Mi consulta es un escenario).

​ ​ Suicidio.

(Camine hacia mí).

Pise firme la realidad.

Aniquile a su YO suicida.

Ahora usted soy yo.

Ahora el mundo tiene un peso distinto, un verbo más amable.

​ ​ Suicidio.

(La luz está a su izquierda / pulse el interruptor)