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INÉS, MARGOT PALMIRA
Inés está trabajando en el huerto. Margot la encuentra arrodillada, las manos hundidas en la tierra, sobre la cabeza un viejo sombrero panamá que su abuelo solía utilizar cuando plantaba las tomateras. Boira la mira con las orejas levantadas y el morro apuntando ligeramente hacia el infinito.
Al sentir a Margot aproximarse, el animal, gira la cabeza y escupe un ladrido grave.
La voz de Boira está sucia de años y cansancio.
Aun así vuelve a abrir la boca y esta vez el sonido es más claro y dura lo suficiente como para que Margot se detenga y dude entre acercarse o permanecer en la distancia.
No le gustan los perros. Tiene miedo de cualquier animal por pequeño que sea.
También detesta a los insectos, sobre todo a las cucarachas y a las langostas.
Una vez, en Huesca, en pleno verano, vio una langosta volar en el Coso.
El corazón se le puso en la garganta e intentó ralentizar sus pasos para que aquel monstruo del color de la paja quemada pasara de largo.
La langosta se posó en el bordillo de la acera, junto a sus pies, y Margot se quedó quieta.
Aguantó la respiración, metió tripa, miró hacia el lado contrario.
Cualquier cosa con tal de pasar desapercibida, con tal de dejar de existir.
Deseó con todas sus fuerzas que su cuerpo se rompiera en mil pedazos y pudiera desintegrarse en el aire hasta quedar de ella solo una cáscara de mujer.
Estaba convencida que dentro de la quietud aquel insecto repulsivo no iba a encontrarla, sin embargo se equivocó porque la langosta volvió a brincar y cayó directamente sobre su muslo desnudo.
Margot dio un grito, agitó las manos, dio patadas a diestro y siniestro, pidió auxilio a un señor que pasaba por allí.
Notaba su presencia fría atravesando su muslo.
Sus patas le hacían cosquillas y al mismo tiempo ponían en marcha la agonía de su sangre.
Todo en ella parecía a punto de explotar.
No obstante cuando el hombre intentó buscar la langosta, no la encontró.
Tan solo había sido un instante, el insecto solo la había rozado y después había proseguido su camino.
—Señorita, no tiene nada en la pierna.
—Pero estaba ahí.
—Bueno, pues ahora ya no. No debe preocuparse, son inofensivas.
Y Margot se quedó allí, sobre la acera, masticando su vergüenza, intentando recuperar el aire, el volumen de su carne, la circulación mansa de su sangre.
A Boira le tiene respeto. Ya cuando pertenecía a la señora Josefa intentaba esquivarla si acaso se cruzaba en su camino, pero desde que Inés se ha hecho cargo de la perra no ha tenido más remedio que disimular su miedo y sonreír cuando se encuentra cerca.
Margot piensa que si sonríe, la perra la dejará tranquila, no se lanzará hacia ella para lamerle el rostro como suele hacer con todo el mundo.
También a la psicóloga ha llegado a intimidarla, se lo ha contado Inés.
Pero Inés le tiene mucho cariño y antes está la perra que nadie. Ni siquiera Margot.
El amor tiene esas cosas, piensa. Uno ama tontamente, demencialmente. Ama o no ama. Eso es todo.
Boira se pone a excavar imitando los movimientos de Inés y de inmediato su hermana abandona sus tareas para increpar a la perra.
—Boira, no. Basta. Deja la tierra en paz.
La perra emite un gruñido lastimero, hace un último intento y después se tumba y entrecierra los ojos. Inés arranca unos pepinos y los deposita en la cesta, luego hace lo mismo con un par de pimientos,
—Algún día tiraré toda la mierda que hay acumulada en el desván —le dice a Margot sin levantar los ojos de la tierra.
—Pues avísame para que venga a ayudarte.
—Solo hay porquería.
—No es verdad. Son cosas importantes. Son trocitos de nuestra vida. Te guste o no.
—Hay cosas que es mejor no recordar.
—No tienes por qué subir allí si no quieres.
—¿Y tú por qué lo haces?
—Me relaja.
Inés se incorpora, coge la cesta, se limpia el sudor de la frente y observa a su hermana Margot.
La encuentra más flaca que hace unas semanas.
Luce un rostro cadavérico, apenas tiene carne, es toda huesos, un ramillete de huesos que camina y habla y, de vez en cuando, se lleva el aire de una cuchara a la boca.
Tendría que hablar con ella sobre su salud.
Tendría que decirle a Brígida que deje de presionarla, que olvide por un momento su tiranía.
Pero Brígida es un asunto a parte. No quiere enfrentarse a ella.
No en estos momentos, cuando se siente vulnerable y está a punto de dar a luz.
Nunca ha sido su fuerte ejercer de madre.
Cuando se hizo cargo de las gemelas intentó poner toda su energía en mantener un equilibrio emocional entre las tres.
Al fin y al cabo la única extraña era ella.
Las gemelas estaban acostumbradas a vivir bajo sus reglas, o mejor aún, las gemelas estaban acostumbradas a obedecer a Brígida, porque Brígida es dos y una y el número cero.
Brígida simboliza la cúspide de esa pirámide íntima que son Margot y ella.
Inés siempre ha pensado que Brígida tiene doble personalidad, por una parte es tierna y comprensiva y por otra es maquiavélica y calculadora.
¿Y si no fueran gemelas sino trillizas? ¿Y si Brígida en el útero de su madre se hubiera tragado a otra hermana y hubiera usurpado su lugar? Solo eso explicaría el miedo que le tiene Margot. Solo el conocimiento de un secreto tan terrible puede atar a una persona a la mansedumbre.
—Y en cuanto a lo que ha ocurrido con Brígida... —continúa Margot.
—No tiene ninguna importancia.
—Yo no he tenido nada que ver, te lo juro.
—Lo sé.
—No entiendo cómo Brígida ha podido hacer algo así. Sabe perfectamente que no es el momento.
—No hablemos más de eso.
—El vestidito lo hice cuando todavía...
—Por favor, Margot, ya basta.
Boira abre un ojo y de inmediato vuelve a cerrarlo.
—Será mejor que vayamos dentro. Este calor me está matando.
—No deberías trabajar en el huerto. Al menos hasta que no dieras a luz.
—¿Y qué más da? Ya no puede pasarme nada malo.
—Aun así. Sigues estando embarazada.
—¿Y sabes lo que sacaría de aquí dentro si ahora mismo me rajara la tripa?
Margot retrocede un paso.
—Un bebé de color azul. Un hermoso cadáver sin nombre.
—No digas eso.
Inés camina hacia la casa y Margot se precipita a cogerle la cesta con las hortalizas.
Fue doña Josefa la que le enseñó a trabajar en el huerto.
Recuerda ahora sus andares renqueantes, esa forma de sortear las piedras con su bastón de madera de pino negro que ella misma se fabricó una tarde, sentada junto a la señora Máxima en el poyete de su casa.
De niña se quedó coja debido a la polio, pero eso no impedía que la señora Josefa diera largos paseos por los alrededores del pueblo.
Le gustaba recoger moras de las zarzas, sentarse a la orilla del río para escuchar el rugido del agua.
Cuando Inés le preguntaba por qué tenía tanta importancia para ella el río, la señora Josefa solía contestar:
—Este río es nuestro, y lo queremos así, como es, fiero.
Por eso hay que luchar contra aquellos que quieren domesticar su grandeza.
Contra esas compañías hidroeléctricas que no tienen alma ni sangre.
Perros eso es. Y no me refiero a pobres animales como Boira, Dios no lo quiera, sino a hombres-perro, hijos de puta sin más.
Pero Inés sabía que en la cabeza de la señora Josefa bullía otro romance, que todos en el pueblo llevaban la misma pena a cuestas, que bajo el agua del río permanecían:
“la casa, la cama donde vinieron al mundo los hijos, la cocina, la cadiera en la que se sentaba el abuelo a contar viejas leyendas cuando el cielo abría su boca para tragarse la luz, las cicatrices, las cuestas, los retratos de boda, el dolor del parto, el duelo, el aroma a guiso, los collares del ganado, el invierno de sopas de pan, los vestidos almidonados de la primavera, el hambre, la falta de sueño, las últimas monedas, la mugre, la palangana donde la abuela se remojaba los pies, la azada, la alianza de boda, las estampitas de la primera comunión, el rebozo de novia, la trampa para los ratones, el canto enjaulado del canario, las postales de ciudades extranjeras, el eco del viento, la nieve más sucia, la pereza, el sexo callado, la sangre que no corre, el pensamiento de colocar dos columpios en el patio y luego tener que conformarse con un neumático viejo y dos cuerdas, un hijo tonto, otro en la capital, con despacho y aire acondicionado, un váter que se sale, un espejo roto, el cajón en el que querían ser enterrados; cuatro tablas, cuatro clavos, una vida rota por la ambición”.
Margot abre el grifo, comienza a lavar los pepinos y frota su superficie con fuerza, como si quisiera borrar de su mente la imagen de ese bebé azul que flota en el vientre de Inés.
Entonces siente que se ahoga y corre hacia la ventana para dejar que el viento desordene las cortinas, el mantel, la servilleta de hilo que Inés ha colocado en la bandeja que tiene que subir a la habitación de Palmira.
Aire.
También ella voló un día hacia otras tierras.
Fue el primer viaje que realizó con Brígida al extranjero.
Eligieron Nueva York de forma casual. Brígida colocó sobre la mesa del salón la bola del mundo que tenían en el despacho de su padre y le dio vueltas, luego depositó el dedo al azar y salió Nueva York.
Margot hubiera preferido viajar sola pero ahí estaba Brígida, decidiendo por ella, preparando su maleta y la suya, dándole órdenes en el aeropuerto, conversando con la recepcionista del hotel en su precario inglés, arrastrando las maletas hasta el ascensor, decidiendo qué visitar primero, qué número de metro tomar, si comer pasta o perritos calientes.
Recorrieron los lugares más emblemáticos y llegaron a Central Park. Allí Brígida abrió su paquete de cigarrillos y fumó mientras la gente hacía jogging.
—¿No se puede fumar? Pues yo fumo. Que se jodan estos yanquis.
Nunca como en Nueva York deseó tanto Margot perderse, romper el yugo que la tenía prisionera de Brígida y caminar sola por aquella ciudad sin ley.
—Yo quiero ir a visitar el Actor's Studio —le dijo a su hermana mientras tomaban un café en el hotel y unos huevos revueltos con jamón.
—¿Y para qué?
—Porque me gusta.
—¿Y qué mierda es eso?
—Una escuela de teatro. La mejor escuela del mundo. Allí estudió Marlon Brando.
—¿Y qué vas a hacer tú en un sitio así, paleta?
—Quiero visitarlo. Eso es todo.
—No tenemos tiempo. Vamos a ir a China Town. Ya lo teníamos planeado.
—Ve tú. Visitaré sola el Actor's Studio.
—¿Estás de broma? Si no sabes ir sola a ningún lugar, si no tienes sentido de la orientación, si te pierdes en Huesca, si no sabes dar un paso en el bosque sin mearte encima de miedo... No tienes iniciativa Margot. ¿no te das cuenta? ¿cómo coño vas a ir sola al sitio ese?
Margot visitó China Town como estaba previsto, pero cuando Brígida se quedó hablando con el guía y el resto de turistas, logró zafarse y pedir un taxi hasta el Actor's Studio.
Y se quedó allí, largo rato, mirando el edificio, sin atreverse a bajar sus escaleras y preguntar en la oficina de información.
No había ido allí para eso, había ido allí para ser libre, para deshacerse de Brígida para soñar estando quieta como sería otra vida, otro escenario que no fuese Huesca o la casa del árbol desnudo.
Estaba convencida de que a Inés le hubiera gustado estar allí. Es posible que una de las pocas cosas que tenían en común fuese su afición por el teatro. También a Inés le gustaba interpretar, meterse en la piel de otro, pero sobre todo le gustaba escribir historias.
Durante el verano, llevaban a cabo pequeñas representaciones.
La tía Fuensanta les hacía faldas de canutos con lo que sobraba de la confección de cortinas y el tío Luis y el abuelo les ayudaba con la escenografía, cogían maderas viejas del desván y construían un escenario portátil que unas veces llevaban al patio y otras al salón, dependiendo de las condiciones climáticas.
Sin embargo, Brígida siempre se las ingeniaba para boicotear la función.
Les lanzaba objetos, gritaba, pataleaba, cualquier cosa con tal de impedir que la obra pudiera seguir su curso.
Al final Inés se enfadaba y se iba de la casa del árbol desnudo, cruzaba el puente de tablas y corría en busca de sus amigas.
Margot era la única que se quedaba allí, sobre el escenario, vestida con aquella falda tan ridícula que había perdido todo el sentido, soportando las burlas de Brígida.
Y aunque sus tías le daban ánimos y la aplaudían, ella se sentía inmensamente sola, como un árbol huérfano esperando la llegada de la tormenta, que cada tarde hacía acto de presencia a las siete en punto y traía moscas gordas y los gritos y el mal humor de su tía Eugenia.
Enseguida Fuensanta preparaba chocolate y rosquillas de anís y comían en silencio, mirando los relámpagos a través del cristal, apretándose la chaqueta sobre los hombros, pensando en qué hacer para cenar, en cómo habría quedado el huerto tras la tormenta, en si cabrían todos los caracoles en aquella bolsa verde con lunares violeta que trajo el tío Luis de Alemania.
—¿Me estás escuchando, Margot? —pregunta Inés cerrando el grifo.
—Perdona, ¿qué me estabas diciendo?
—Que ya has limpiado suficiente los pepinos. Voy a sacar el pollo y las verduras del horno y a aliñar la ensalada. Dejaremos esto para la noche. Por favor, sube la comida de Palmira. Después de lo que ha pasado esta mañana en el bosque no creo que tenga muchas ganas de socializar.
Margot se seca las manos y espera a que Inés prepare la bandeja.
Boira no está y las nubes empiezan a hinchar la oscuridad de sus pezones en lo alto.