La casa del árbol desnudo 35
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brÍGIDA

Ahora siente vergüenza de lo que ha hecho.

Aunque ya es tarde y en cierto modo ha disfrutado al contemplar la cara de Margot al verse descubierta. ¿A quién se le ocurre tejerle un vestidito a un muerto?

Puede que lo hiciera antes de que a Inés le dijeran que el corazón de su bebé no tenía latido.

En cualquier caso no debería de haber dejado el vestido a la vista. Brígida no ha podido resistirse. Han sido más fuertes esas ganas de fastidiar que aprietan siempre su garganta cada vez que se encuentra con Margot.

Es tan inocente, y está tan indefensa. Cada día se parece más a su madre Olga.

La locura se hereda, tarde o temprano acabará encontrándolas a las tres.

Todas las locas tienen sus manías, Brígida lo sabe bien. Su madre no podía resistirse a la llamada del río, a peinar el cabello enredado de sus muñecas mientras sus ojos se clavaban en la ventana, como si tras el cristal estuviese Dios esperándola con los brazos abiertos.

Desde que tiene uso de razón se recuerda ayudando a su padre a tranquilizarla.

Tiene imágenes desgarradoras de Olga dando vuelta en su cabeza.

A veces sus sueños se ensucian con su rostro descompuesto, se llenan de correas y orinales y vómitos entre las sábanas.

Pero por encima de todo están sus ojos, como de estatua, vaciados de toda luz, esas pupilas clavadas en el infinito, en un lugar en que nadie excepto los que ya no están en este mundo tienen acceso.

Solo cuando su espíritu había sido vencido por los barbitúricos su madre Olga encontraba la calma. Entonces Brígida podía acercarse, tocar su frente, inclinarse hacia su oído y susurrar “Te quiero, mamá. Mamá, soy yo, Brígida. Mamá, ¿por qué te has ido?

Se van eso es cierto, piensa jugueteando con la cajetilla de tabaco.

Su cabeza y su corazón, se van. A cambio llega el dolor y ese vacío tan hondo al que pasan abrazados los días y las noches.

Nadie las mira porque dejan de existir.

Pero Brígida sí. Ellas siempre las veía.

Cuando trabajaba en aquel psiquiátrico y tenía que acompañar a los pacientes a las distintas consultas, o los atendía tras una crisis y debía atarlas a los barrotes de la cama.

Brígida las veía, sus ojos la miraban por encima de su locura y les pedía perdón por arrastrarlas en contra de su voluntad, por sujetar sus muñecas con aquellas cuerdas tan blancas.

Para ella todas esas mujeres del sanatorio eran su madre, cientos de mujeres en una sola mujer, la locura única, el vacío infinito.

Seres indefensos reducidos a un número dentro de un historial clínico.

Para la sociedad estaban fuera del mundo y no tenían derecho a una vida normal.

Brígida chasquea la lengua, prende un cigarrillo.

La palabra normal se le ha quedado pegada al paladar, como el cuerpo de Cristo que se llevó a la boca en su primera comunión y que no era más que una torta insulsa fabricada en un convento cercano por las manos mansas y regordetas de las monjas.

Tampoco ellas son normales.

Hay violencia y miedo, al menos en lo que se refiere a las gemelas. Aunque tampoco Inés se libra.

Ha visto como en la cena, cuando se creía a salvo de las miradas, golpeaba su vientre bajo la mesa. También sabe que disfruta más con el filo de un cuchillo dentro de su carne que en compañía de su propia familia.

La familia, repite masticando el humo entre sus dientes.

¿Por qué el duende del sauce tuvo que destruirlo todo?

Borra la imagen de su padre en lo oscuro y aplasta el cigarrillo en la tierra de una maceta.

De pronto la puerta se abre.

Se ha marchado de casa del árbol desnudo después de aquella escenita tan desagradable y no le ha dado tiempo de avisar a Violeta de su llegada.

En el pasillo escucha unas voces.