La casa del árbol desnudo 34
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MARGOT

El vestidito rosa quema entre las manos de Margot.

Brígida lo ha debido de coger cuando ella ha ido a buscar la maleta al cuarto de la costura.

Ahora le parece ridículo. Un pedazo de tela arrugada a la que se le pueden adivinar todas las costuras.

No sabe cómo ha podido ser tan torpe de dejarlo a la vista. Aunque Brígida no vive en el piso de Huesca, sigue teniendo llaves y entra y sale cuando le viene en gana.

Margot todavía duerme en la misma habitación que compartían cuando eran niñas.

Una pequeña estancia pintada de color rosa con unas cenefas de flores cerca del techo.

Conserva toda una estantería a rebosar de muñecas de trapo que solía coleccionar Brígida.

Margot en cambio prefería leer y jugar a diseñar vestidos, cualquier cosa que tuviese que ver con tener las manos y la mente ocupada.

Nunca tuvo ambición de futuro. No se le daba bien nada en especial, podía coser, y hacer ganchillo, podía hacer cálculos con rapidez, mecanografiar, sentarse en una silla y ponerse a escuchar el ruido del mundo.

Las amigas estaban fuera de su alcance. Brígida se encargaba de ahuyentarlas a todas.

Era como un gran cuervo que cada vez que se acercaba alguien agitaba la oscuridad de sus alas y lanzaba su ataque fiero.

La lengua de Brígida era más rápida que cualquier garra, que cualquier veneno.

No dejaba a su gemela ni a sol ni a sombra, la trataba como si fuera una piltrafa pero aun así, Margot obedecía sus órdenes de forma sumisa.

Margot es un animal acostumbrado al látigo Se arrodilla y cumple. Lame sus heridas en un rincón y espera en silencio la llegada de su verdugo.

Hubiera preferido escupir en su cara, proferir un grito, agarrar su pelo corto, morder su nariz aguileña, desordenar el rencor de su sangre.

El vestidito de color rosa no tenía que estar allí, en la casa del árbol desnudo. Inés no tenía que saber de su existencia. Sus ojos no han debido posarse en las dulzuras de sus volantes, sus manos no están preparadas ahora para acariciar esa espera de terciopelo y miel.

Brígida es una hija de puta, piensa Margot. Sin embargo, esas palabras no salen de su boca. Es solo un pensamiento sucio que de inmediato trata de borrar.

Ciega,

muda,

amortajadita en el miedo, así se ha acostumbrado a vivir Margot.

Sabe que Inés se ha encerrado en su habitación y no saldrá hasta que se haya calmado.

Cada una tiene sus costumbres. Margot ignora de qué color son las heridas de Inés, no puede imaginar lo que debe sentir al tener que dar a luz una sombra sin voz y sin aliento.

Ha intentado ponerse en su lugar pero no lo ha conseguido.

Ella nunca será madre. No quiere arriesgarse a engendrar dos almas en una misma placenta, a repetir la historia de su tortura.

También Inés pudo tener un embarazo doble, pero afortunadamente no ha sucedido. Es mejor centrarse en el duelo único. Un solo llanto. Un solo cajón. Una rosa, la tierra y su boca absoluta.

Margot sigue aferrando el vestidito rosa entre sus manos. Cada instante que pasa su contacto aumenta la fiebre.

Es necesario que se deshaga de él. Lo guardará en el desván. Allí está todo lo que ya no sirve.

Al pasar junto al cuarto de Inés, Margot pega la oreja en la puerta. No escucha nada. Eso la tranquiliza y retoma su camino hacia el desván.

De niña solía esconderse detrás de los baúles. Abría la puerta despacio, se aseguraba de que Brígida no estuviera cerca y ponía un aparador viejo a modo de parapeto.

Era su refugio, el único lugar donde estar a salvo de su hermana. En su interior, Margot podía ser libre.

La última vez que estuvo en el desván fue cuando subieron la cunita del bebé desmontada.

También alguna ropa que le habían regalado a Inés, un caballito de madera, y un puñado de peluches que no llegó a desenvolver.

Todavía permanecen con el papel de regalo y el lazo, con una nota en la que puede leerse: " Enhorabuena, que tu hijo te haga muy feliz".

Están firmados por una tal Alicia y un tal Héctor. El resto no lleva tarjeta.

Con cuidado camina hacia donde se encuentra la cunita.

Hay una maleta y en su interior la ropa del bebé.

Allí coloca el vestidito rosa, junto a un pijama y un pantaloncito azul a juego con una camisa blanca.

Observa su vestidito, lo compara con el resto.

No está bien acabado, los pespuntes son desiguales y no ha cortado recta la falda.

Pero aun así le parece el más hermoso de todos por el simple hecho de que lo ha confeccionado ella, durante las tardes de invierno, mientras escuchaba en un CD los viejos valses de Strauss.

Dobla con cuidado el vestidito rosa, se lo lleva a los labios, lo besa, después olfatea su perfume, recorre con él su rostro haciendo pequeños círculos.

Le cuesta desprenderse de él pero al final lo deposita junto al resto de ropa y cierra la maleta de golpe.

Está a punto de marcharse cuando sus ojos descubren dos viejas piscinas.

Entonces su mente se abre a los recuerdos y llega la nítida imagen del tío Luis y su mujer Fuensanta.

En realidad no eran familia, se trataba del mejor amigo de su padre, Gonzalo, que desde niños fueron inseparables y al ir creciendo continuaron teniendo la necesidad de permanecer juntos.

En cierto modo eran como Brígida y Margot solo que cada uno nació de un vientre distinto.

No obstante, los dos amigos estaban unidos por una costura invisible.

Había amor, camaradería y admiración. Por ese motivo no era extraño verlos pasar algunos días de vacaciones en la casa del árbol desnudo.

El tío Luis era alto, con los brazos musculosos y una incipiente barriga que solía disimular con jerséis anchos.

Tenía el pelo rizado y unas entradas muy profundas.

Poseía una mirada franca pero sus ojos eran tan pequeños debido a las dioptrías que apenas se podía apreciar su viveza.

Daba la sensación de que tenía dos pequeñas aceitunas encarceladas bajo unos cristales tan gruesos como el culo de cien botellas.

Era dueño de una empresa que fabricaba lápidas y le gustaba escribir poesía en sus ratos libres.

En cambio la tía Fuensanta era una mujer menuda, con la cara de un ratón, el pelo corto y abundante, los ojos azules como el mar mediterráneo y unos brazos cortos que siempre estaban entrelazados a su vientre.

No habían podido tener hijos y solían hacerse cargo de las gemelas cuando Gonzalo debía atender las crisis de su mujer o tenía que estar con ella en algún tratamiento psicológico.

Con el tío Luis y la tía Fuensanta viajaron a Lourdes y a Portugal.

Allí compraron esos candelabros de bronce que ahora descansan en el fondo de una caja.

Margot los sostiene entre sus manos, mira sus adornos, los recuerda en el salón las tardes de tormenta, encendidos sobre la chimenea cuando se iba a luz y se quedaban sumidos en una espesa tiniebla en la que su abuela doña Dolores no paraba de hundir la daga de sus rezos:

“Santa Bárbara bendita,

que en el cielo estás escrita

con papel y agua bendita.

En el ara de la Cruz,

Pater noster, amén Jesús.”

El tío Luis solía quitarle importancia a las tormentas y cogía a las gemelas las sentaba en sus rodillas y empezaba a contarles cómo se hacía una lápida para los muertos.

—Lo que nos faltaba, Luis. Meterle el miedo en el cuerpo a estas dos criaturas.

—A mí me gusta —decía Brígida con el rostro resplandeciente. La luz de las velas temblaba sobre sus mejillas y deformaba sus rasgos.

En cambio a Margot no le gustaban las historias del tío Luis ni el tacto áspero de sus manos, ni su perfume a loción de afeitar y tabaco negro. Prefería los brazos rotos de la tía Fuensanta, su mirada esquiva, esa tristeza dulce que se mojaba cada día en el café con leche junto a dos magdalenas.

Margot hubiera querido ser hija de la tía Fuensanta, vivir en una casa de tres plantas, con las baldosas rotas y un arcón gigante en el recibidor, ir a comprar con ella al rastro de Madrid, sentarse a su lado en el autobús de línea y viajar hacia ninguna parte, llevar vestidos sencillos, de flores con los colores gastados, acostumbrarse al frío y al calor con idéntica pasión, regar los geranios al caer la tarde, sentarse a ver la tele y esperar a que algo germine en tu vientre.

El único momento en el que Margot conseguía disfrutar en compañía del tío Luis era cuando llegaba con su Volkswagen blanco, hacía sonar el claxon frente al puente de tablas para que acudieran todos y le ayudaran a descargar todos aquellos tesoros inútiles: los candelabros, las lámparas, los aparadores, la cubertería de plata, las toallas, las sábanas bordadas, los ventiladores, esas piscinas que había que hinchar costosamente con ayuda de un inflador.

Margot era la encargada de darles forma.

El tío Luis la colocaba frente a aquel batiburrillo de plástico a rebosar de colores y le decía:

—Venga, trasto. Pon el pie en el inflador y dale duro.

—No soy Brígida.

—Da igual, el trabajo es el mismo.

Y Margot movía el pie, arriba y abajo, mientras sus primos le daban mordiscos a un pan blanco relleno de salchichón, chorizo y queso y mantequilla.

—Más de prisa, trasto —se burlaba Adolfo.

Cuando Margot se cansaba, la tía Fuensanta la sustituía, después tomaba el relevo la tía Eugenia y al final llegaba el tío Luis comprobaba que todo estuviera en orden y con la manguera empezaba a llenar la piscina.

Y mientras los pequeños se daban un chapuzón, las mujeres confeccionaban cortinas de canutos bajo la verde cabellera del sauce.

Al caer la tarde eran los mayores los que se hundían en aquel caldo tibio sucio de arena y piedras, sin soltar la cerveza de sus manos y con el cigarrillo pegado a sus labios.

Cada año la piscina acababa pinchada.

Cada año el tío Luis y la tía Fuensanta traían una piscina nueva.

Hasta que sus padres murieron en aquel accidente y los tíos se fueron a vivir al norte.

De pronto el móvil de Margot se pone a vibrar en su bolsillo.

—¿Dónde estás? —pregunta Inés.

—Arriba. ¿Por qué?

—Baja. Necesito que le lleves a Palmira una bandeja con la comida.