La casa del árbol desnudo 33
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INÉS

Al principio Inés no estuvo de acuerdo con el testamento.

La casa del árbol desnudo no significaba gran cosa para ella.

Habían sido las gemelas las que habían disfrutado de su estancia durante los periodos de vacaciones.

Inés siempre fue una niña solitaria aunque cuando alcanzó la adolescencia pudo contar con un grupo aceptable de amigas para poder salir del pueblo y recorrer los alrededores sin tener que estar pendiente de sus hermanas y librándose así de la presencia fantasmagórica de su madre.

No sabía cómo enfrentarse a ella, si poner en marcha los engranajes del cariño o mantener una prudencial distancia.

Su relación no fluía. Había un amor tibio que de vez en cuando las unía en un roce, en una palabra amable, en una mirada que se encontraba después de haber estado perdida en el aire de un pensamiento, pero nada más.

Ni un abrazo, ni un revolver el pelo, ni siquiera una palabra más alta que la otra para hacerle saber a Inés que al menos le importaba, que su existencia en la casa no se limitaba a sentarse a la mesa y comer, recoger los platos y después tumbarse frente al televisor para ver pasar las horas.

Las gemelas tenían un ritmo distinto, eran niñas y jugaban a cada instante. Ellas formaban un mundo hermético donde Inés no tenía cabida.

En alguna ocasión intentó integrarlas en su vida, quiso que participaran con ella en su juego preferido.

Inés lo llamaba el juego de los astronautas y consistía en ir al salón, coger los libros que atesoraba su padre en las estanterías, formar grandes columnas, robarle a su madre un cepillo del pelo y fingir que estaban en el interior de una nave espacial.

La tripulación estaba formada además de las gemelas, por un robot de hojalata, que su padre se había encontrado en un contenedor cerca de su casa en Huesca y que había llevado al pueblo para que las niñas se entretuvieran.

Sin embargo el robot no funcionaba y las gemelas pronto se aburrieron de su presencia, solo Inés supo sacarle partido.

Para ella aquel viejo juguete que no sabía hacer nada excepto permanecer anclado en el suelo y esperar, simbolizaba su espíritu.

También ella era eso, una mujer que empezaba a quebrarse, una niña de hojalata vacía por dentro de la que nadie quería saber nada.

Por mucho que intentó explicarles a las gemelas que el juego consistía en mantenerse calladas, con los ojos cerrados e imaginando que viajaban por un universo desconocido, las gemelas abandonaron el salón y la dejaron sola.

Y ahí se quedó Inés, aferrando el cepillo de su madre como si fuese el mando de una sofisticada nave, apretando los ojos para que la luz no pudiera penetrar.

Visionando formas extrañas, destellos de distintos colores que iban y venían a capricho, que se unían y se separaban formando colores nuevos que en la vida real no existían.

Imaginar para Inés era vivir. La realidad estaba al otro lado, muy cerca de la tela de su vestido, la realidad estaba en el perfume a medicamento que había impregnado la casa y que ni siquiera cuando abrían las ventanas lograba esfumarse, la realidad eran las gemelas, la tiranía de Brígida, la mansedumbre de Margot, la realidad era su padre, yendo y viniendo del patio a la habitación donde su esposa descansaba de sus habituales crisis, la realidad era la sopa fría por la noche, las tormentas que traían caracoles sobre el vientre de la hierba y un olor distinto, la realidad eran sus primos revoloteando en la casa y profanando todos sus rincones, la realidad era su abuela Dolores quejándose bajo el sauce, masticando a cada rato una plegaria, pidiéndole a Dios que se llevara a su hija de este mundo y luego volviera para hacer lo mismo con ella.

Como si Dios no tuviera otra cosa que hacer que estar pendiente de los acontecimientos de la casa del árbol desnudo, del río que daba lengüetazos a su piel cuando cada mañana se descalzaba, se quitaba la ropa y metía primero un pie y después el otro, hasta introducirse por entero en el agua, hasta que un escalofrío recorría su espalda y la obligaba a hundirse hasta el fondo, a tocar las piedras del lecho, a abrir los ojos para ver la luz turbia del río, esa niebla que no se va ni con la lluvia ni con el discurrir lento de los siglos.

Todo era ficción para Inés. Una ficción deliciosa de la que no podía salir. Por eso aquel robot era tan importante para ella, por eso el tiempo que persistía con los ojos cerrados viajando por el universo de su imaginación era lo más real que conocía.

No, de ningún modo estuvo de acuerdo con el testamento que legaron sus padres. Lo sintió como una venganza. Hubiese preferido quedarse con el piso de Huesca, sin embargo se tuvo que conformar.

Solo cuando se dio cuenta de que la casa del árbol desnudo también le había pertenecido, empezó a quererla, empezó a crecer dentro de su pecho.

La primera vez que tomó posesión de la casa como dueña legítima, sacó la silla de enea que perteneció a su abuelo y se sentó en el patio, bajo la sombra raquítica de aquel cadáver que había regido todas sus vidas.

Miró hacia el cielo y lo vio más cerca, como si pudiera tocar su vientre, como si pudiera mamar de los pezones de sus tormentas.

Y se quedó largo rato, sintiendo el aire fresco correr a su alrededor, observando el color amarillo de los campos, la sequedad de las piedras en el camino, todas las malas hierbas que se amontonaban cerca de las casas en ruina.

Se detuvo a mirar a las hormigas y cogió un palito y lo agitó en la tierra.

Desmontó un convoy de hormigas que caminaban rectas hacia su nido, y entonces le vino a la cabeza, no supo muy bien por qué, el rostro cuarteado de la señora Máxima, su barbilla puntiaguda que siempre estaba temblando, sus labios finos, apenas un trazo sobre aquel semblante diminuto, de mujer perdida en el sueño de ser mujer.

La señora Máxima tenía tantas arrugas que su carne parecía un resto arqueológico.

A veces Inés fantaseaba con la idea de que fuese una de esas momias egipcias que se han levantado de su tumba de hilo y han regresado a la vida en otro lugar.

Así era aquella mujer de estatura minúscula y cuerpo flaco, un junco temblón vestido de negro, con un pañuelo atado a la garganta que enmarcaba aún más el dramatismo de su rostro.

Todo en ella era lejano, perteneciente a otra secuencia en la desmemoria del hombre.

Su piel se le antojaba a Inés un pergamino donde cada arruga conducía a un tesoro distinto.

La señora Máxima vivía en una casa cercana, una de esas casas pequeñas con un patio cubierto por unas parras, con un poyete donde solía sentarse a tomar el sol en la mañana y el fresco al caer la tarde.

Nada más entrar en casa de la señora Máxima había que enfrentarse a un par de escalones gigantescos, una especie de trampa en la que Inés muchas veces cayó y que la señora Máxima lograba salvar con gracia.

—Levanta más las piernas, xiqueta, que para eso eres joven.

—Ya lo hago, pero lo que no entiendo es como usted no se da una piña —contestó Inés intentando mantener el tipo.

—¿Que si han venido las niñas?

—No, lo que quiero decir es que usted no se cae.

—Ah, bueno, claro que no me caigo, porque tengo memorizado cada rincón de esta casa.

Si el día de mañana me quedara ciega, podría ir y venir a mi antojo sin necesitar la ayuda de nadie.

No es bueno tener que depender de la gente.

La gente tiene sus cosas y las cosas de cada uno son sagradas.

Llega un momento en que los abuelos solo servimos para molestar.

—No tiene por qué ser así.

—¿Que si me voy a morir?

—No —contestó Inés aguantando la risa—. Digo que no tiene por qué ser así.

La señora Máxima estaba sorda.

—Teniente. Eso decía mi padre. Estoy teniente. Y ahora, xiqueta, yo también estoy teniente. Aunque ya voy camino de los galones de un general.

La señora Máxima no tenía dientes y después de hablar, se pasaba la lengua por los labios y masticaba el aire, como si dentro de la boca se le hubiese quedado alguna palabra a medio hacer y ya fuese demasiado tarde para dejarla escapar.

La estufa de leña también presentaba un tamaño reducido, pero era suficiente para caldear la cocina y la habitación en la planta de arriba.

Allí guisaba la señora Máxima, se sentaba en una silla de enea, separa las piernas, colocaba en su regazo una palangana azul repleta de borraja y comenzaba a pelar sus tallos en silencio.

No se escuchaba más que el crepitar de las llamas dentro de la estufa, su respiración pausada, el crujido de la borraja, los hilos que caían sobre un plato de porcelana ajada, los dientes del cuchillo viajando del aire a aquella carne blanca, sin sangre ni dolor.

A Inés le gustaba estar allí, dentro del color negro de la señora Máxima, observando cada movimiento, sus manos huesudas, sus dedos encogidos por el reuma y la artrosis, aquella luz que siempre estaba enferma en el techo y que alumbraba la estancia de una forma tan tétrica.

De vez en cuando la señora Máxima movía la cabeza, sacaba su lengua y la dejaba allí, al borde de los labios.

Luego se llevaba la mano al nudo de su pañuelo y lo aflojaba un poco.

Inés nunca supo que había debajo de aquella tela deslucida.

Si la señora Máxima conservaba el pelo o su cabeza estaba despoblada, igual que el pueblo cuando llegaba el invierno y las familias emigraban a la ciudad.

Pero la señora Máxima nunca se iba. Ella permanecía firme en su hogar, cerca de la estufa, con el cuchillo en la mano, con su pequeña oscuridad subiendo y bajando las escaleras, arrojando sal al camino para derretir la nieve, partiendo leña, caminando sin más compañía que los grillos que en su pecho desabrochaban su frenética melodía cuando la señora Máxima ascendía el sendero montañoso que conducía al cementerio.

—¿Y tú por qué no te vas a jugar con el resto de las niñas? —le preguntaba a Inés apuntando hacia ella con el cuchillo.

—Me gusta estar aquí.

—Pues aquí no hay nada interesante.

—Está usted.

—Yo no soy más que una vieja.

—Me gustan las viejas.

La señora Máxima sonreía y entonces su mentón se ponía a temblar.

—Ya me he dado cuenta de que eres una niña vieja.

—¿Por qué?

—Porque no te pareces a las demás. Tus hermanas, por ejemplo, nunca se dejan caer por aquí. Y si vienen lo hacen para molestar.

—Son dos crías.

—Mejor di demonios. ¿Sabes cómo me llaman?

—No.

—La bruja enana.

—Eso seguro que es cosa de Brígida.

—¿Qué si me pongo rígida? Claro que no, a mí me da igual lo que digan esas mocosas.

En ese momento Inés se acercaba a su oído y volvía a repetir.

—He dicho que es cosa de Brígida, seguro.

—¿Quién es Brígida?

—Mi hermana. Una de las gemelas.

—Si te soy sincera, soy incapaz de distinguirlas. Entre lo poco que veo y lo que corren, no sabría decir quién es quién.

—Es que son idénticas.

—¿Y tú cómo las distingues?

—Tienen un carácter completamente opuesto. Brígida es despierta, lista, maliciosa. Es la que lleva la voz cantante. Margot es más sumisa. Si no estuviera influenciada por Brígida sería una buena chica.

—A mí me parecen las dos igual de diablas.

—Brígida tiene una mancha en forma de ramo de uvas en el trasero. En eso se diferencian.

—Como si yo fuera a mirar el culo de todas las niñas que se acercan hasta aquí para insultarme.

—Yo no la insulto.

—Ya te he dicho que tú eres una niña vieja. Las niñas viejas son más sabias. Y seguro que a ti tus hermanas te insultan.

—No, bueno, no sé; es posible que lo hagan cuando yo no estoy delante. Apenas las conozco.

A veces la conversación era interrumpida por la llegada de la señora Josefa, que vivía en una casa grande de tres plantas, con huerto, corrales y un imponente jardín que la mayoría de las veces estaba seco y descuidado.

Inés recuerda que en aquella época acaba de adquirir a Boira.

—Haga el favor de no entrar con el chucho que se pone a babear —solía protestar la señora Máxima.

—Ya sé que no le gustan los animales, Máxima, pero hacen mucha compañía y estamos solas.

—No me asusta la soledad.

La pequeña perra se ponía a dar vueltas alrededor de la señora Josefa y luego de un brinco alcanzaba el regazo de Máxima y echaba por tierra la borraja.

—Maldito perro, aire de aquí, cachisendiez.

Pero ni Boira ni doña Josefa se movían. Permanecían todas en aquella cocina pequeña, con los ojos clavados en la estufa, robándose el aire, esas ganas de marcharse estando tan quietas.

Eso pensaba Inés sentada en la silla de enea, contemplando el esqueleto del sauce, dejando atrás aquel robot de hojalata de la infancia, sus viajes estériles al centro de un universo imaginario.

Ahora era dueña de una casa en ruinas, de un cadáver que no servía siquiera para dar sombra al espíritu de todas las mujeres tristes que habitaron un día Campos de Gavín.

Sin embargo, había encontrado su sitio.