La casa del árbol desnudo 32
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TODAS DE NUEVO

—¿Podemos ayudarla en algo? A Brígida no le cuesta nada acercarse al pueblo grande y hablar con el médico. Es amigo nuestro. Su mujer es...

Inés interrumpe sus palabras. No quiere decirle a la psicóloga que Reyes es su comadrona, que habían hablado hacía apenas una semana sobre el desarrollo de su embarazo y la comadrona le había aconsejado provocar el parto.

—No pienso hacerlo, Reyes. Voy esperar.

—Es que puede ser peligroso para ti. Estás corriendo muchos riesgos.

—No me importa. Quiero aguantar hasta el final.

—Está bien. Pero voy a tenerte vigilada. Y cualquier molestia extraña, un sangrado, un dolor agudo, no dudes en llamarme, por favor.

—No te preocupes, estaré bien.

—De todas formas ya queda poco. Unos días y todo habrá acabado.

El tiempo para Inés ya no existía, había devorado a su hijo dentro de su vientre, lo había dejado ahí, en mitad de la nada, quietecito, perfectamente hecho, a punto de salir a la vida y sin embargo, no.

Por eso el tiempo es ahora tan inútil como las excusas de Brígida y Margot al llegar a casa sosteniendo a Palmira por las axilas, como si la pobre psicóloga fuese una muñeca de trapo.

También Palmira llega ahora de otra esquina del tiempo, de otra oscuridad que puede declinarse a capricho.

Ahora hay tiempos distintos en la casa del árbol desnudo, el tiempo muerto de Inés, el tiempo detenido de Margot, el tiempo arisco de Brígida, el tiempo higiénico de Palmira.

Son mujeres dormidas en las manillas de un reloj soñando que avanzan por una esfera llamada mundo: prisa, acontecimientos, acción...

—Estoy bien, solo me he desmayado. No ha sido nada.

—Si viera lo pálida que está —insiste Inés.

—No estoy acostumbrada al aire libre. Lo mío son las atmósferas viciadas. Me defiendo mejor en el caos que en la calma,

—Debería de haberla advertido. Y vosotras —dice señalando a las gemelas—, tendríais que haber pensado que no todo el mundo puede seguir vuestro ritmo.

—Hasta un niño de parvulario podría haber seguido hoy nuestro ritmo, ¿verdad Margot?

Margot agacha la cabeza. Sabe que si habla, Brígida va a amargarle el resto del día. No quiere discutir, de modo que acaba por darle la razón a su hermana.

—No hemos forzado en absoluto. Palmira se ha despistado, eso es todo. La culpa no es de nadie.

Boira se acerca a la psicóloga, olfatea el barro de sus botas, luego se alza sobre sus patas traseras y lame su rostro. La psicóloga se aparta con repulsión, y corre hacia el fregadero. Inés le tiende un trapo limpio y le ordena a Margot que saque a Boira al patio.

—Si no le importa me iré a mi cuarto. Necesito descansar.

—Por supuesto. Le llevaré algo de comer.

—Gracias.

Palmira sube a su habitación, abre la puerta y después cierra tras de sí, con fuerza. Permanece un rato de pie, con la respiración entrecortada. Hasta que siente frío y se dirige a la ducha.

Bajo el agua vuelve a pensar en el bosque. Hay una oscuridad invisible que no se va de su piel.

Revisa el móvil.

Tiene tres llamadas perdidas de Miguel Satué.

—No tenías ninguna necesidad de hacerlo —se enfrenta Margot a su gemela cuando la psicóloga ya no está.

—No sé de qué me hablas.

—Claro que sí. Lo has hecho a propósito Te gusta jugar sucio. Sobre todo cuando sabes que alguien no se va a poder defender.

—Yo creo que Palmira se defiende muy bien.

—Aquí no y lo sabes.

Inés se acerca a Margot. Todavía lleva entre las manos el trapo con el que Palmira se ha limpiado las babas de Boira.

—¿Qué es todo esto?

—Pregúntaselo a Brígida.

—Alucinas, hermanita.

—¿Y si hubiera pasado algo?

—Pero no ha pasado nada.

—Un momento —vuelve a intervenir Inés—. Me estoy perdiendo... ¿Queréis decir que lo habéis hecho a propósito?

—A mí no me metas en esto —protesta Margot.

—Tú eres tan culpable como yo.

—No me ha quedado más remedio que seguirte la corriente.

—Como siempre.

Margot se muerde el labio. A veces le dan ganas de saltar sobre Brígida como una gata y arañar su rostro hasta no dejar de él más que una masa sanguinolenta. Sin embargo nunca lo hace. Está acostumbrada a obedecer. Es un animal domesticado.

—Brígida, dime que no es verdad.

—Por favor, no te pongas melodramática. Ha sido una tontería.

—Yo no lo creo. ¿Es que no has visto cómo estaba?

—Las chicas de ciudad son unas blandengues, se asustan con cualquier cosa.

—Ha estado perdida en el bosque.

—Quince minutos, solo quince minutos y sabíamos en todo momento dónde estaba.

—Entonces la has dejado sola a propósito.

—Sois dos aguafiestas —sentencia Brígida dándoles la espalda y revolviendo en el interior de su mochila.

—Necesitas ayuda, Brígida —le dice Inés.

—¿Ah sí? No me jodas. Una loca aconsejando a otra loca. Todas la necesitamos, hermanita.

Inés arroja el trapo al suelo y lo pisotea.

—Tengo una huésped, os pido ayuda y acabáis haciéndome esto. ¿Por qué? —grita Inés.

—Las hormonas te están pasando factura. Será mejor que te des prisa. Ya es hora de que te vayas quitando eso —y Brígida señala el vientre de Inés. Después sonríe y vuelve a revolver en su mochila. Al final encuentra lo que está buscando.

—Esto es para ti. A Margot le da vergüenza dártelo pero ya sabes que yo estoy hecha de otra pasta —y le tiende el vestidito rosa que Margot ha confeccionado.

Inés mira el vestidito. De sus labios brota algo parecido a un gemido de dolor. Después abandona la cocina, sin dejar de abrazar su vientre.

Margot le arrebata a su gemela el vestidito.

—¿Por qué?

—¿No lo habías hecho para el bebé?

—¿Por qué? —repite al borde de las lágrimas.

Brígida abre la nevera, coge una lata de cerveza, da un sorbo, eructa y se marcha sin decir palabra. Boira, al verla salir, emite un par de ladridos roncos. Luego se tumba para ver cómo Brígida vacía la lata de cerveza a los pies del árbol desnudo.