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TODAS MENOS INÉS
De repente la luz se esconde entre la cabellera de los árboles.
De repente Palmira Durán gira sobre sus talones y no encuentra ni a Brígida ni a Margot.
Su respiración se acelera (hay un motor nuevo dentro de su pecho / potros salvajes que han soltado las bridas y se ponen a galopar en los túneles de su sangre).
Todo es distinto ahora. Ya no hay magia y la calma se ha ido. Ha volado junto a los pasos de las gemelas.
Han salido temprano de la casa. Brígida le ha estado explicando el trayecto, gesticulando mucho, sonriendo con esa boca de labios jugosos y coloreados. Han dejado atrás el río. Hace calor y se han detenido varias veces para tomar agua y un puñado de frutos secos.
—Esto nos hará recobrar las fuerzas y nos dará energía. No hay nada como los frutos secos para que la montaña se deje atravesar y tú puedas vivir para contarlo.
—No la asustes—se ha precipitado a decir Margot.
Margot ha permanecido callada durante todo el camino, al lado de su hermana, con la mirada al frente y una gorra a la que a cada rato ajusta la visera.
Camina apoyada en los bastones. Palmira mira aquellos nuevos miembros con envidia cada vez que ascienden por un sendero pedregoso.
Se ha resbalado varias veces pero la mano de Margot siempre está ahí, suave, ligeramente sudorosa.
Brígida en ningún momento ha girado el rostro para mirar atrás. Habla para ella misma. Cuenta anécdotas, le describe la vegetación.
—Lo que más abundan son los pinos silvestres y el pino negro; también hayedos, temblones y robledal. Cuanto más se cierre el bosque más cambios de temperatura brusca iremos notando. ¿Ha traído cazadora o chubasquero?
—No. Bueno, sí una chaqueta de chándal.
—Cuando uno se adentra en el bosque hay que ir preparado, en cualquier momento se puede desatar una tormenta.
—No lo sabía.
—Pues ahora ya lo sabe.
“Ahora” repite Palmira retrocediendo, buscando entre la hojarasca las huellas de las gemelas, cualquier indicio de vida, el envoltorio de un plástico, un trocito de papel higiénico tras unas zarzas, cualquier cosa que la haga pensar en la esperanza.
Porque ahora está sola, en las entrañas del bosque, temblando de frío y miedo.
Ahora ha tenido que abrir su mochila y ponerse la sudadera. También ha buscado un lugar donde refugiarse por si llega la tormenta.
Porque ahora (escúchalo bien, estúpida) el cielo está gris y su vientre empieza a quebrarse, como una de esas mascarillas que te ponen en el centro de estética.
Solo que ahora, tu belleza no sirve de nada Palmira Durán, porque estás sola en mitad del bosque.
Sola y perdida en las entrañas de esta oscuridad verde de lengua húmeda que trae árboles dormidos, insectos reproduciéndose una y otra vez en su soledad, trae agua helada, trocitos de nieve, trae espinas y excrementos de ganado y saltamontes y mariquitas y un pellizco muy sucio que comienza a trepar por tu sudadera, una especie de susurro que te dice: sal de aquí si puedes, atrévete a desafiar el poder del bosque.
—¿Es la primera vez que está en un bosque? —le preguntó Brígida.
—Sí.
—¿Y qué le parece?
Las gemelas caminaban con paso ligero, en fila india, concentradas en las piedras del camino, en el sendero que paulatinamente se iba estrechado para dar paso a un desfiladero.
Una mala sincronización de los miembros y todo llegaría a su fin, hubieran rodado montaña abajo hasta caer en una hondonada de matorrales y zarzas.
—No lo sé. Aún tengo que procesarlo. Desde luego no es como en los cuentos.
—¿Y cómo es en los cuentos? —quiso saber Margot.
—Más amable.
Brígida se rio. Clavó uno de sus bastones sobre la tierra seca y se rio. Después señaló el horizonte, una masa de árboles al fondo que despliegan su hermosura como si fuesen un abanico gigantesco.
—Vamos a intentar llegar hasta allí —le dijo.
Margot frunció el ceño. Sacó una botella de agua de su mochila y bebió.
—¿No será demasiado para ser la primera vez? No está acostumbrada a este ritmo.
—Así tendrá algo interesante que contar en su libro.
—No pensaba contar nada acerca de los bosques.
—Pero los bosques siempre están en los libros, aunque la historia ocurra en una gran ciudad, los bosques están dentro de nosotros, somos bosques.
“Somos bosques”, repite Palmira Durán.
Ahora ella es un bosque pequeño perdido dentro de un bosque animal que amenaza con engullirla.
Nada es como se sueña o se imagina, mucho menos como se describe en el interior de una página que el lector lee con ojos ávidos.
Pero el lector siempre está a salvo de los bosques que lee.
No hay frío dentro de una hoja.
No está el cielo amenazando con partir en dos su vientre y dejar caer ángeles muertos, relámpagos en cucharadas.
Está sola ahora.
Ahora solo es ella respirando agitadamente.
La boca seca. La vejiga hinchada porque hace rato que desearía haber parado para orinar tras los arbustos.
Lleva toallitas higiénicas y espray desinfectante, sin embargo de nada sirve la higiene en un bosque.
Vendrán los insectos a devorar lo blanco que hay en ella, el perfume a limpio de su chaqueta, las perlas de sudor que comienzan a gestarse bajo sus axilas. Joyas de agua y miedo.
La palabra bosque no existe ahora porque Palmira ya está dentro de su nombre. Se ha convertido en una criatura más que lo habita. La criatura más torpe recién nacida a su grandeza.
Piensa, Palmira, necesitas detenerte a pensar. Sacar un plano, sacar el móvil. Comprobar que hay cobertura. Pedir auxilio.
Eso es, grita Palmira, deja a un lado tu exquisita educación, deja a un lado la rigidez de tu alma y grita, desabrocha tu sangre, que salgan todos los traumas que atesoras dentro y se pongan a gritar contigo en mitad de este bosque de...
—Robles... Ahora dejaremos atrás los pinos y nos adentraremos en un bosque de robles. ¿No nota la umbría?
La umbría, Palmira, es esta oscuridad húmeda que te sacude, ese árbol caído porque una noche, el rayo lo beso con verdadera pasión.
Piensa, Palmira. Haz con tu cerebro rebanadas de pensamiento líquido para que pueda fluir en pos de una señal.
Las señales existen, Palmira, aunque seas una profesional y no creas en ellas, aunque reniegues de Dios, Dios está aquí, en mitad del bosque, Palmira; sentado en ese árbol caído viendo cómo tu pulso se acelera y tu boca se convierte en el fruto de un cactus.
Dios te está mirando ahora, Palmira y se ríe de ti, de la virginidad de tus bosques, de la primera vez que abres tus piernas y tus toallitas higiénicas para dejarte caer sobre el barro de esta umbría.
Porque llegará la noche, Palmira, y las estrellas cerrarán sus puertas, echarán el cerrojo de su luz y te quedarás a oscuras en el bosque.
Rézale a Dios, ruégale una señal, el rastro de ese par de monstruos que ocuparon la misma placenta.
Esos seres difíciles que te han invitado al bosque y te han dado a beber historias y frutos secos y un dolor de pies y un par de arañazos en las rodillas.
Esas diablas que han subido hasta el bosque apoyadas en sus bastones, que han travesado la maleza como si estuviesen atravesando las aguas del mar rojo.
Una señal, Palmira, pide a Dios una señal. Arrodíllate en la hojarasca y dile: Dios mío deja de destripar manzanas y ayúdame.
Ni siquiera has traído una linterna, Palmira. Y el móvil no tiene cobertura. Lo acabas de comprobar y nada.
Esa es la señal que Dios te ha enviado a cambio de un par de toallitas húmedas.
Estás muerta, Palmira. Muerta en mitad del color verde que abre su boca de dragón para acabar con tu insignificancia.
¿Dónde están tus triunfos ahora, tu cómodo diván? ¿Dónde están tus matrículas de honor, tu pisito en la Gran vía? ¿Dónde está tu ropa de marca, tus zapatitos de tacón, tu champú de aguacate y flores?
—Palmira, ¿me oye? Esté donde esté no se mueva que nosotras vamos a buscarla.
La que habla es Margot.
Luego llega la voz de Brígida, grave e inquisitiva.
—¿Se puede saber por qué se ha separado de nuestro lado?
Pero Palmira no puede responder, la encuentran desmayada a los pies de un árbol viejo y una manzana podrida.