30 #3
Brígida vuelve a prender otro cigarrillo.
Tiene la garganta seca y los ojos se le están empezando a secar.
Tendría que pensar seriamente en dejar el tabaco.
Tampoco es muy conveniente para su actividad deportiva.
Se ahoga cuando asciende por la montaña y el otro día practicando enduro le entró un ataque de tos y tuvo que detenerse a pocos metros de un precipicio, de golpe, perdiendo el control de la bicicleta.
Pero no puede resistirse a sus pequeños vicios, como tampoco puede dejar de mirar a Palmira, su melena de color miel, sus ojos grandes, de un verde mar, sus pestañas... ¡Basta! Se ordena a sí misma.
—Aunque no todo iba a ser tan bonito para nuestro querido amigo. Pedro de Arruebo fue condenado a galeras.
—Vaya por Dios —exclama Palmira.
—Pero según dicen, logró escapar y sin saber cómo regresó a la Artosa para continuar endemoniando a las gentes del valle.
—¿Qué valle?
—Este valle, querida —afirma Brígida con un deje de sarcasmo en su voz.
Palmira Durán deja la taza sobre la mesa.
De pronto siente como si un rayo invisible hubiese traspasado su columna vertebral dejando en su piel un rastro de fiebre infinita.
Nunca ha creído en las leyendas populares, pero esa forma de narrar de Brígida, su actitud provocadora, el modo de fumar, de agarrar el vaso, de sentarse en la silla como quien toma posesión de un trono en tierra ajena...
Hay algo inquietante en ella y está segura de que sus hermanas la temen.
Se nota que es una pequeña hija de puta.
Uno de esos seres que disfrutan con el sufrimiento del prójimo.
Ha conocido a muchas mujeres como ella, a muchos hombres como ella.
No hay diferencia de sexo cuando se tiene la mente retorcida.
Definitivamente Brígida es una sádica, sentencia Palmira Durán, levantándose de la mesa para ir en busca del fuego.
—¿Y a qué no sabe cómo se producía el contagio?
—Dígamelo usted —contesta Palmira frotando sus manos cerca de la llama.
—Pues pellizcando a las mozas o cogiéndolas por el brazo con la mano izquierda.
—Ya salieron los zurdos a relucir.
Inés coloca la mano sobre su vientre y murmura:
—Yo soy zurda.
—Y puede que estés endemoniada, hermanita. Fíjate en lo que te ha pasado.
Inés no quiere discutir con su hermana, pero cada día que pasa su presencia la pone de peor humor.
Acerca su mano al cesto de la leña, coge un tronco y se lo da a la psicóloga para que lo arroje al fuego.
Palmira lo mira un instante antes de decidirse a cogerlo.
Tiene que hacer un gran esfuerzo pero al final lo agarra de forma precaria, con dos de sus dedos, como si estuviese agarrando el cadáver de una rata y tira el leño al fuego.
Se escucha el ruido de los rescoldos y una chispa salta en el aire para ir a parar a su pantalón.
—¡Mierda! —grita Palmira y se levanta con rapidez. Sacude su pantalón y comienza un baile estúpido alrededor de la mesa y corre hacia el fregadero para lavarse las manos, la cara, el pantalón tiznado por el fuego.
—¿No será usted zurda también, verdad?
—No, no lo soy —contesta Palmira intentando calmar sus nervios.
Está deseando que Brígida termine su maldita historia para subir a su habitación y darse una ducha.
—Y eso no es lo peor. Porque todas las mujeres que habían tenido relaciones sexuales con Arruebo o sus cómplices sufrían dolores horripilantes, perdían el apetito, el habla y no paraban de vomitar.
Margot acaba de salir del baño e irrumpe en la cocina. Tiene el rostro pálido y el cabello mojado.
—¿Y a ti qué te pasa, criatura? —le pregunta Inés.
—Me ha sentado mal la cena.
Brígida vuelve a servirse otra copa de orujo. Sabe que Margot está ahí pero la ignora deliberadamente.
—Mañana la llevaremos al bosque para que conozca al resto de la familia. ¿A qué sí, Margot?
Margot no contesta. Tiene las uñas rotas y dentro de la boca un trozo de pescado que se le ha quedado entre los dientes al vomitar. Le da vueltas con su lengua y después lo escupe a los pies de Brígida.
—¿Qué familia? —pregunta Palmira.
—Las brujas del valle, naturalmente.
—Hay una mujer que necesita ayuda en una caravana —dice de pronto Margot.
—¿De qué estás hablando? —Inés se acerca a ella y acaricia su pelo mojado.
—La caravana que hay en el río. Antes de llegar al puente de tablas.
—No hay ninguna caravana.
—Sí. Hay una caravana y una mujer dentro que ha pegado su rostro al cristal y me ha gritado. Creo que necesita ayuda.
—No hay ninguna caravana, Margot —insiste Inés.
—También hay un hombre.
—No tiene por qué asustarse —toma la palabra Brígida—. Mi hermanita habla con los muertos. ¿No se lo ha dicho Inés? Tal vez el hombre de la caravana sea nuestro amigo Pedro Arruebo. En cualquier caso mañana saldremos de dudas. Buenas noches a todas.
Margot se pone a llorar y a Palmira no sabe por qué motivo le viene a la cabeza la imagen de Rosalía. También su hermana decía que hablaba con los muertos.
La lluvia ha regresado y Boira, con las patas sobre la mesa, lame una gota de orujo que resbala obscenamente en el vaso de Brígida.
—Ya también me retiro. Buenas noches —se despide Palmira.
Bocarriba, la psicóloga observa las estrellas del techo y como no puede dormir se levanta de la cama y busca a tientas lo único que puede tranquilizarla; sus toallitas higiénicas.