30 #2
Se ha estado fijando en ella durante toda la noche y a pesar de que no guarda un grato recuerdo de las psicólogas ni las psiquiatras que trataron a su madre durante su enfermedad, se le antoja una mujer atractiva.
Lleva meses saliendo con su socia Violeta a escondidas.
No quiere que su intimidad esté en boca de todos.
Aunque de algún modo era de esperar, porque ya de niña la gente le colgó el sambenito de “lesbiana”.
A veces se pregunta si de tanto repetir o sugerir una cosa, al final no acabamos haciéndola aun a costa de que no sea realmente lo que nosotros deseamos.
Basta decir este es un hijo de puta para que el sujeto en cuestión empiece a albergar la maldad y al poco tiempo se convierta en una bestia.
O bien afirmar: “Esta es bollera” y acto seguido en tu mente se desencadenen secuencias de mujeres desnudas que antes no tenían ninguna importancia.
Esa teoría no es de Brígida, sino de Violeta.
Su novia le ha contado que desde la infancia le habían metido en la cabeza que por su forma de comportarse iba a ser lesbiana y que ningún hombre la iba a querer.
Tuvo un par de novios, pero acabaron dejándola por lo que Violeta se llegó a convencer de que la sentencia que escupió su tía Yolanda era cierta y por esa regla de tres cualquier otra cosa que hubiese tenido el mismo patrón acababa por convertirse en realidad.
No obstante, ni Violeta ni Brígida necesitaron esperar a que otras vaticinaran el color de su sexualidad para sentir lo que ya sentían.
A Brígida le han gustado las mujeres siempre.
La primera mujer de la que se enamoró fue de su madre, de su belleza decadente, de la palidez de su rostro, de ese cuerpo destruido que siempre necesitaba unas manos ajenas para recomponerse.
La amaba a escondidas del mismo modo que odiaba que Olga Castán hubiese olvidado su papel de madre y en contadas ocasiones recordara que aquellas dos criaturas idénticas habían estado nadando en el mar íntimo de su vientre, que un día ella abrió las piernas para dejarlas salir, que las dos aferraron sus pezones con ansia y mamaron las flores de su locura.
Por eso siempre estaba ayudando a su padre cuando Olga entraba en una de sus crisis, nadie mejor que ella conocía la demencia de su madre, el sabor de sus vómitos, la profundidad de sus heridas, las convulsiones, ese bosque repleto de monstruos en el que habitaba en perpetuidad.
Y ahora tenía delante a aquella extraña que había llegado a la casa del árbol desnudo para escribir un libro, para quedarse en el interior de una casa muerta, en un pueblo condenado a no levantar cabeza, en los alrededores de un río que arrastra muertos y relojes entre su lengua de nieve y plata.
Le gustaría decirle a su hermana que las dejara solas.
Le gustaría acercarse a la psicóloga, agarrarla con fuerza y derrumbarla sobre la mesa, le gustaría quitarle la ropa a mordiscos, como si fuese un perro salvaje, le gustaría saborear su sexo, borrar toda esa rectitud de la que hace gala, ensuciar aunque fuese por un momento su mente tan blanca.
—¿De verdad que no le apetece un orujo? —repite Brígida la invitación.
—No gracias. Con el vino ya he tenido bastante. Pero siga con la historia, por favor. Me ha dejado con la miel entre los labios.
Brígida sonríe e imagina sus labios impregnados en miel.
Por eso fuma.
Vuelve el rostro hacia la ventana.
Vuelve a fumar.
Contempla las llamas crepitando en la chimenea, el vientre abultado de Inés apuntando directamente hacia el vacío.
—El demonio se llamaba Pedro de Arruebo. Era labrador y ganadero, Señor de la pardina de la Artosa. Un tipo instruido que poseía libros prohibidos en varias lenguas. Conocía el francés, no le digo más.
El francés —repite Palmira sosteniendo la taza entre sus manos—. Eso suena a pecado infinito. Como si la lengua francesa, su sensualidad, tuviese la culpa de todo.
Brígida deja escapar una risotada. Después acepta el orujo que su hermana le ofrece y da un trago largo. Su lengua atrapa unas gotas que se han quedado pegadas a sus comisuras.
La casa está empezando a calentarse. Todo tiene la temperatura del sueño ahora.
—El tal Pedro de Arruebo era rico, atractivo, mujeriego e inteligente. Pero también caprichoso y muy violento. Se le acusó de endemoniar a más de mil seiscientas personas. Y por si fuera poco tenía dos cómplices.
—Eso ya está mejor. El demonio y sus secuaces —bromea Palmira Durán.
—Miguel Guillén y Juan de Larrot —se precipita a decir Inés rompiendo así el ritmo de la narración.
Brígida le dirige una mirada severa. Aplasta le cigarrillo en un cenicero y tamborilea sobre la mesa.
—Me preguntaba cuánto ibas a tardar en meter baza.
—No te pongas así. He escuchado este cuento mil veces. Me lo sé de memoria.
—Pero podías mantener la boquita cerrada porque soy yo la que lo estoy contando.
—Está bien, perdona. No te interrumpiré más.