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INÉS, PALMIRA, MARGOT Y brÍGIDA
—Esta noche vendrán mis hermanas a cenar. Margot se quedará unos días en la casa —le ha dicho Inés nada más regresar de su paseo—. Ya verá. Pasaremos una noche entretenida.
—¿Se lleva bien con sus hermanas?
Inés acaricia la cabeza de Boira antes de decidirse a contestar:
—Supongo que como todo el mundo. Va por temporadas.
Nuestra relación siempre ha sido distante.
Nos llevamos muchos años y ellas son gemelas, lo que de inmediato me excluye.
Cuando murieron nuestros padres tuve que ocuparme de todo, también de ellas, que eran unas jovencitas un tanto rebeldes.
Habitamos mundos distintos. Pero nos queremos. Al menos de una forma correcta.
A Palmira la palabra “correcta” se le clava en la sien como si fuese el filo de un puñal.
Cuando piensa en sus relaciones familiares no puede dejar de sentirse identificada con Inés, solo que en su caso la corrección no existe, ha dado paso a la frialdad más absoluta.
Hace años que no se habla con su hermana Rosalía.
Sabe que se ha casado y que tiene una niña que acaba de cumplir doce años.
Su madre Trinidad le enseñó una foto, se la mandó al móvil.
La niña se parece a su madre, tiene el rostro redondo, una peca descomunal en el cuello y avanza hacia la obesidad.
Eso no se lo ha dicho a su madre, naturalmente.
Palmira no quiere inmiscuirse en la vida de Rosalía.
Es consciente de que su hermana le guarda rencor y nunca ha podido superar los celos.
Como si Palmira tuviese la culpa de su belleza, de haber estudiado una carrera, de sacar matrículas de honor, de gustarle a los hombres, de ser el centro de atención allá donde va.
A veces la belleza también es una maldición.
Pero sobre todo está el asunto de su padre, el hecho de que él prefiriera a Palmira en lugar de a Rosalía.
—Me encantará conocerlas —responde al cabo.
Y de nuevo la imagen de Rosalía, su exultante vulgaridad, la forma en que engullía los bocadillos, la grasa alrededor de la boca, resbalando por su mentón.
Recuerda que durante el verano llevaba chanclas de plástico transparentes, que los pies le sudaban mucho y se formaban pequeños charcos entre sus plantas, que entre los dedos acumulaba porquería, bolitas de tacto cremoso que olían a queso de roquefort.
Recuerda que en casa de sus padres había un granero a rebosar de trastos, que nunca hacían limpieza y se acumulaban las cajas, cómodas, mesillas, sillas desvencijadas, ropa, camas desmontadas con los somieres oxidados, los nidos de los ratones, las telas de araña donde su hermana Rosalía arrojaba una mosca que acababa de cazar y se sentaba a esperar al pie de una escalera polvorienta para ver cómo la araña salía de su escondrijo y devoraba a la pobre mosca que no cesaba de agitar su miedo en mitad de aquella trampa.
La risa de Rosalía era gorda, como sus piernas, como su trasero, como sus descomunales tetas.
Unos pechos de animal que no iban en consonancia con su niñez.
También su hija ha heredado sus tetas, el mismo semblante de mujer enjaulada en su torpeza.
La niña se llama Magdalena y nunca ha escuchado su voz.
No conoce sus gestos, ni sus aficiones, no se ha enfrentado a la mirada de sus ojos marrones.
Sin embargo está convencida de que esa niña la odia, del mismo modo que su madre la odia a ella, de idéntica manera que Palmira las detesta a las dos.
Por mucho que lo ha intentado no ha conseguido separar a la niña de su madre.
Viajan unidas en el mismo puzle sentimental.
Su animadversión hacia la pequeña no es más que la consecuencia trágica de una guerra.
A su padre no le gustaban las tetas de Rosalía. Solo miraba las suyas, dos pequeños botones bajo el sujetador de su bikini rosa.
Recuerda su voz pastosa, el olor a alcohol las noches en que abría la puerta de su habitación y respiraba muy cerca de su oído.
Ahora están sentadas a la mesa. Margot al lado de Brígida. Inés presidiendo, Palmira en el otro extremo.
Inés ha preparado trucha con guarnición de verduras y un gazpacho. También ha sacado queso de cabra de la zona y lonchas de jamón.
Las gemelas han saludado a Palmira sin mucha ceremonia. Margot le ha tendido la mano con amabilidad y después ha besado sus mejillas sin llegar a rozarlas. En cambio Brígida ha sido más arisca. Se ha limitado a decir: “Encantada”, con la voz rota y el cuerpo rígido.
Luego se han sentado a cenar. En silencio. Inés ha descorchado una botella de vino y todas, menos ella, han dado buena cuenta del caldo del Somontano.
La noche es fresca y Palmira se arrepiente de no haberse puesto una chaqueta.
Inés sirve las truchas. Añade la guarnición.
Las ventanas están entornadas y se cuelan los mosquitos. También el ronroneo del río.
Cuando terminan de cenar Margot se levanta y coloca el bizcocho de Zanahoria sobre una bandeja. Comienza a dividirlo en trozos. Para Inés el más grande, para Brígida apenas un pellizco, para Palmira un trozo que le ha salido torcido. Se da cuenta de su falta de tacto y sonríe con timidez.
—Qué tonta. Debería de haberla servido a usted la primera, que es la invitada.
—No se preocupe.
—Es que estoy acostumbrada a hacerlo siempre así. Soy un animal de costumbres.
—Todos lo somos.
Brígida toma una cuchara, observa el pastel, acerca la cuchara al dulce y lo aplasta hasta hacer de él una masa de color rojizo, repugnante a la vista.
Margot se muerde el labio. No ha probado apenas la cena.
Tan solo un par de bocados de trucha y un trozo de calabacín.
El resto lo ha estado arrojando estratégicamente sobre la servilleta que ha colocado sobre sus rodillas.
Nadie se ha dado cuenta. Nunca lo hacen.
Están demasiado ocupadas con sus cosas como para percatarse de su insignificante existencia.
—¿Y qué se le ha perdido a una psicóloga en el Pirineo? Pregunta Brígida. El metal de la cuchara raya la porcelana y deja escapar un chirrido desagradable.
—Estoy de vacaciones.
—¿En este maldito pueblo?
—Me gusta la soledad.
—Es escritora —se precipita a añadir Inés-
—¿Ha venido a escribir aquí?
—Más o menos.
—¿Sobre qué?
—Todavía no lo tengo muy claro.
—Un escritor que no sabe lo que va a escribir.
—En realidad es mi primera vez.
—¿La primera vez que viene al Pirineo o la primera vez que va a escribir un libro?
—Ya he estado en el Pirineo, pero en otra zona. Sin embargo, es la primera vez que voy a escribir un libro.
—Nos han jodido... —Brígida deja caer de golpe la cuchara y empuja el plato en dirección a Margot.—. Entonces ha venido al lugar idóneo si lo que quiere escribir son cuentos de brujas.
—La brujería no está en mi mente, la verdad.
—Pero da mucho de sí. Es muy inspirador.
—Brígida es una experta en leyendas del Pirineo —interviene de nuevo Inés.
—Brígida es experta en muchas cosas que causan escalofríos —añade Margot.
—¿Le apetece escuchar una historia?
Inés se levanta, cierra las ventanas, comienza a recoger la mesa y se acerca al hogar para encender fuego.
Por la noche las temperaturas caen en picado.
Un poco de calor no les vendrá mal. Margot murmura una excusa y abandona su sitio en la mesa.
No se olvida de llevar consigo la servilleta con los retos de la cena.
Al llegar al baño echa el pestillo, arroja la comida por el retrete y se mete los dedos hasta el fondo de la garganta.
—Verá, aquí en el valle, entre 1637 y 1642 hubo una epidemia de brujas que afectó al menos a setenta y dos mujeres.
—¿En qué consiste una epidemia de brujas?, ¿quién o qué es el causante? —quiere saber Palmira.
Brígida estira el brazo, coge su cajetilla de tabaco, sonríe a medias y prende una llamarada con su zipo. Después se lleva un cigarro a los labios y acerca el fuego con una lentitud exasperante. Inés ha vuelto a sentarse a la mesa y sirve café.
—Naturalmente, un demonio —contesta Brígida al cabo.
—¿Y ese demonio de dónde salió?
—De ninguna parte. Ya estaba aquí. Y tenía nombre y apellidos.
Inés le tiende una taza a Palmira y le pregunta si quiere azúcar.
—No, gracias. Lo tomaré solo.
Brígida rechaza el café y le pide a su hermana una copa de orujo de hierbas.
—Sabes que luego te sienta mal —le advierte Inés.
—Por favor, deja de comportarte como una buena samaritana y sírveme el orujo. Que tú no bebas no significa que el resto no podamos hacerlo. ¿A usted no le apetece un orujo? —le pregunta a Palmira Durán.