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brÍGIDA Y MARGOT
—No soy tu puto chófer. A ver si te vas enterando —le suelta Brígida nada más abrir la puerta.
Margot se hace a un lado y su gemela atraviesa el largo pasillo como una exhalación.
Hace rato que tiene la maleta preparada.
También ha cocinado un bizcocho de almendras y zanahoria porque sabe que a Inés le apasiona.
Incluso ha tenido tiempo para terminar de coser el vestidito rosa que empezó cuando Inés le dio la noticia de que estaba esperando un hijo.
Puede que a estas alturas ya no tenga sentido, pero Margot ha sido feliz mientras lo confeccionaba.
Le ha servido de excusa para volver a poner en marcha la vieja máquina de coser de su madre.
Desde que murió ha estado arrinconada en el cuarto de la plancha.
A Brígida no le gusta coser, sin embargo a Margot siempre le ha atraído la costura.
Hace unos años realizó un cursillo básico pero la cosa no pasó de ensayar algunos pespuntes, unos zurcidos e intentar estrechar una falda o meter el bajo de unos pantalones.
Ahora ha retomado la costura y, sin ayuda de nadie, ha ideado los patrones del vestidito, lo ha cortado y lo ha dejado listo encima de su cama.
Es tan pequeño que parece destinado a una de esas muñecas que venden en las tiendas infantiles.
No sabe por qué ha elegido un vestido en lugar de un pantaloncito con una camisa a juego.
Nada más enterarse de que Inés estaba embarazada le vino a la mente la imagen de una niña, se vio así misma nadando en el vientre de su hermana, completamente sola, sin tener que compartir placenta con Brígida.
Al fin libre, pensó, y se fue a dormir acariciando esa idea.
A la mañana siguiente, le quitó el polvo a la máquina de coser, la engrasó y empezó a pensar en el diseño del vestidito.
Es evidente que no puede llevarlo a la casa del árbol desnudo. En estos momentos nada que tenga que ver con los recién nacidos puede alterar a Inés. Lo que ayer fue una alegría, hoy se ha convertido en una auténtica tortura. Se están preparando para el duelo.
Brígida está sentada en la cocina. Fuma de cara a la ventana y ha abierto la nevera para coger una cerveza fría. Margot, llegando a su altura, comienza a envolver con papel de plata el bizcocho.
—¿Has oído lo que te he dicho?
—No estoy sorda.
—Pues a veces lo parece.
—Si tanto te molesta llevarme al pueblo, me lo dices y la próxima vez voy en autobús.
—¿Ah sí? No hay autobuses a Campos de Gavín, lista.
—Entonces puedo coger un taxi.
Brígida da un sorbo a su cerveza. Lleva una camiseta amplia de color azul y tiene dos rodales de sudor en las axilas.
Nunca se ha preocupado por su aspecto físico.
Fue una niña traviesa y rebelde y después de convirtió en una jovencita fastidiosa que le hacía la vida imposible a su hermana gemela.
Parecía disfrutar cuando Margot sentía miedo por sus bromas pesadas o cuando le amenazaba con hacerle daño si acaso no obedecía sus órdenes.
Brígida siempre ha estado en forma, practica senderismo, descenso de barrancos, ferratas...
Nada a las mil maravillas y ahora que acaba de abrir una tienda de deportes en Roda de Chelsa se ejercita asiduamente junto a su socia en el enduro, una modalidad de bicicleta extrema que hace recorridos por la montaña del Pirineo.
Su abuela Doña Dolores solía referirse a ella como “la marimacho” o “la chicazo esa”.
Pero a Brígida nunca le ha ofendido que la compararan con un chico.
En su foro interior siempre se ha sentido orgullosa de haber competido con los chicos en igualdad de condiciones y ganarlos a todos.
En cuanto a sus primos Adolfo y Alejandro nunca fueron para Brígida algo a tener en cuenta, tan solo eran dos niñatos malcriados que a la mínima corrían a refugiarse bajo las faldas de su madre.
Guardaban gran parecido con su hermana Margot, nunca se arriesgaban a nada.
No tenían ambición, por sus venas no corría la adrenalina sino agua de colonia nenuco y excremento de paloma.
—Y no sé para qué te molestas en cocinar.
—No es molestia. Lo hago con gusto.
Brígida da una calada larga a su cigarrillo, luego arroja el humo en dirección a su hermana.
—Si no fuera porque tengo que llevarte no iría a casa de Inés.
—Nadie te obliga.
—No me cuentes historias, Margot. Lo que tendrías que hacer es sacarte el carnet de conducir de una puñetera vez.
—Sabes que no puedo.
—Ya es hora de que te enfrentes a ese miedo tan estúpido. Ya es hora de que hagas con tu vida algo que valga la pena. Ya va siendo la puta hora de que aprendas a caminar sola por esta vida de mierda.
A Margot se le llenan los ojos de lágrimas. Siente fuego trepar por su garganta y de pronto todo le parece ridículo, su presencia en la cocina, su peinado nuevo, el maldito pastel de zanahoria, el vestidido rosa encima de la cama…
—Siempre montas el mismo número. Te gusta hacerme sufrir.
Brígida aplasta la colilla en un cenicero, apura la cerveza y suelta un eructo tan grande que rebota contra las paredes de la cocina.
—Hablemos de otro asunto ¿Qué tal va tu idilio con el notario? ¿Ya le has hecho perder la virginidad?
Brígida todo lo sabe y todo lo ensucia. Cualquier cosa que sale por su boca acaba estrellándose en el centro sentimental de la mierda.
¿Cómo es posible que su estúpida sugerencia hace unos meses diera resultado?
¿Por qué siempre tiene que adelantarse a sus pensamientos, tiene que ponerse al frente de sus decisiones?
Es como si ella en realidad no existiera, como si Brígida se la hubiera comido y ahora escupiera su voz, sus gestos, metiera su mano a través de sus riñones, la sentara en un taburete y le prestase el aire, como a una de esas muñecas que los ventrílocuos dan vida.
—No digas tonterías. Yo no tengo nada con ese señor.
—¿Señor? Alucino.
Margot acaba de envolver el bizcocho de zanahoria, lo introduce en una bolsa de papel y sale de la cocina.
Brígida sabe cómo sacarla de sus casillas.
Parece que haga lo que haga, su ojo de águila está a cada instante vigilando sus movimientos, incluso antes de que los lleve a cabo.
Ha de reconocer que Don Vicente Campos Arguis últimamente anda detrás de ella, que el viernes pasado con la excusa de adelantar papeleo la invitó a tomar café y estuvo insinuándose con torpeza, mientras sus gafas resbalaban por su nariz, mientras el sudor perlaba su frente ancha, mientras su pelo ralo se encrespaba por el aire acondicionado de la cafetería.
—¿Le puedo hacer una pregunta, Margot? —le dijo dejando a un lado su café.
—Por supuesto.
—¿Qué me diría si la invito a cenar el sábado?
Margot enrojeció, de forma automática agarró el tenedor y comenzó a pinchar el trozo de pastel de chocolate que momentos antes había abandonado.
—Pues no sé. Suelo quedar con mi hermana los fines de semana —mintió.
¿Y si las mentiras pudieran verse? ¿Y se encendiera una luz en mitad de nuestro cogote, o la nariz se nos pusiera roja o sonara una música de acordeón cada vez que decimos una mentira?
No sabía cómo salir de aquella situación; sin embargo, una voz interior le susurraba muy quedo que aceptara. Una voz que tenía gran parecido con la voz de Brígida, como si en el fondo hubiese sido ella la que hubiese amañando la cita, la que hubiese colocado en boca del notario su proposición.
—Perdone mi atrevimiento.
—No pasa nada.
—Entonces otra vez será.
—Claro.
—Puede que vuelva a intentarlo otro día.
—Por supuesto.
—No estoy acostumbrado a este tipo de cosas, ¿sabe? Nunca he sido un hombre de éxito, me refiero a las mujeres
—Bueno...
—Mi madre dice que usted y yo...
Afortunadamente antes de que doña M.ª Teresa Arguis saliera a escena, Margot ya se había levantado y la camarera, una chica bajita con el pelo y los ojos azules, depositaba una pequeña bandeja de aluminio con la cuenta en su interior.
—¿Sí o no?
—Sí o no, ¿qué?
—Que si te estás tirando al notario, joder —insiste Brígida.
—¡No! —grita con los ojos empañados por las lágrimas.
El viaje hasta Campos de Gavín se le antoja interminable.
Brígida enciende un cigarrillo tras otro y escucha música rock.
Tararea las canciones sin perder de vista la carretera.
De vez en cuando mira a su hermana y le guiña un ojo.
En ocasiones le da una chupada a su cigarrillo y arroja el humo sobre el rostro de Margot.
Boira las espera al pie del puente de tablas.
—Vaya, ¿A quién tenemos aquí? —dice Brígida alborotando su pelambrera.
Oculta entre la maleza, Margot vuelve a ver la caravana. Cuando se disponen a atravesar el puente de tablas, se enciende una luz en su interior. Tras la ventana, el rostro de una mujer que abre la boca y grita.