La casa del árbol desnudo 27
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INÉS Y PALMIRA

Al atravesar el patio, Palmira se detiene ante el árbol desnudo. Observa su tronco seco, sus brazos alzados hacia el cielo y de pronto se le antoja un hombre viejo, cansado.

—¿Qué árbol es?

—Un sauce.

—¿Un sauce? No lo parece.

—Es posible. A veces nada es lo que parece. Y mucho menos cuando lleva tantos años muerto.

Palmira sonríe. Después saca su móvil del bolsillo de su pantalón y le hace una foto.

—Espero que no le importe.

—En absoluto. ¿Ha venido aquí a hacer algún trabajo de investigación?

—Bueno, algo parecido.

—Perdone si me estoy metiendo donde no me llaman.

—No se preocupe. He venido aquí en busca de paz. Quiero empezar a escribir una novela y este pueblo me pareció un buen punto de partida.

—Aquí no encontrará más que muerte y olvido.

—¿Y dónde hay vida y recuerdo? Las grandes ciudades también son cadáveres que se levantan, desayunan rápido, cogen el coche, saludan a otros cadáveres, hablan por el móvil con cadáveres semejantes, trabajan con idénticos cadáveres y al final del día se tumban en un ataúd confortable llamado cama para soñar que están vivos.

—Nunca lo había visto de ese modo.

—Aquí hay más vida que en ningún otro lugar.

—En cualquier caso lo que sí va a encontrar es mucha calma. Eso puedo asegurárselo.

Abandonan el patio e Inés cierra la verja tras ella. Luego toman el sendero que conduce hasta la plaza mayor.

—Este solar pertenecía a doña Josefa. La casa en la que yo vivo estaba pegada a la suya. Cuando murió me la dejó de herencia. Por eso he podido construir la casa rural. Esta propiedad también es suya. Hace muchos años era un huerto.

—¿Y ahora a quién pertenece?

—Adivine.

—Es usted la dueña de medio pueblo.

Inés ríe con ganas por primera vez. Le hubiera gustado compartir esa alegría tan tonta con su pequeño, con ese vientre que ya no tiembla.

—Ojalá. Pero aunque así fuera, no dispongo del dinero suficiente como para poner en pie de nuevo el pueblo.

—La casa rural es un paso muy importante.

—Mis hermanas piensan que es una locura.

—Pero usted no.

—No, yo estoy dispuesta a luchar por esta casa. Es lo único que tengo.

Palmira va a hacer mención a su hijo, pero en el último momento se muerde la lengua y sigue caminando junto a su anfitriona.

—¿Dónde está Boira? ¿No nos acompaña?

—Boira ha salido antes que nosotras. Es mucho más madrugadora y es una perra de costumbres.

—Como los elefantes.

—Sí, más o menos. Ella nos estará esperando en la meta.

—¿Y en qué lugar se encuentra la meta?

Inés alza el brazo y señala hacia el horizonte. Palmira entrecierra los ojos, se lleva una mano a la frente a modo de parapeto para evitar los fuertes rayos de sol y deja escapar un suspiro. Le parece que el lugar que señala Inés se encuentra en el fin del mundo.

—¿Tan lejos?

—Está más cerca de lo que parece. Tomaremos el atajo del río. Pero antes quiero enseñarle el pueblo.

Abandonan el solar de la señora Josefa y se adentran en el merendero. Un grupo de fresnos, dan sombra a una gran mesa construida de mármol y adornada con pequeñas baldosas de cerámica.

—Pero esta mesa... Parece reciente —dice Palmira acariciando con suavidad su superficie.

—Lo es. Hace un tiempo que los supervivientes estamos intentando reconstruir el pueblo. Ya tenemos luz y agua corriente. Todo un lujo.

—¿Supervivientes? ¿A qué se refiere? ¿Es que fue un pueblo devastado en la guerra?

—No, no en ese tipo de guerra. Digamos que el abandono que sufre este pueblo y muchos pueblos de alrededor fue causado por la política de embalses durante la época de la dictadura.

Nosotros tuvimos suerte. Nuestro río resistió.

No consiguieron domesticarlo con embalses, pero otros pueblos fueron totalmente inundados y sus vecinos se vieron en la obligación de abandonarlo precipitadamente.

Ni siquiera tuvieron tiempo de recoger sus enseres.

Debajo del agua hay muchas vidas sepultadas.

—¿Y qué fue lo que salvó a este pueblo?

—Un milagro, quizá. Tenían pensado desalojarlo, pero fue pasando el tiempo y el proyecto no llegó a cuajar.

No sabemos muy bien por qué, la verdad, pero el caso es que nos dejaron tranquilos.

Sin embargo el miedo sigue ahí. Y muchos vecinos fueron marchándose poco a poco hasta que se quedaron tan solo un puñado de tozudos, entre los que se encontraban mi abuelo y mi padre.

Gracias a ellos conservo la casa y los recuerdos.

—Es terrorífico todo lo que me está contando.

—La verdad siempre es más terrible que la ficción.

—Eso es cierto. Pero yo cuando elegí Campos de Gavín ignoraba la historia que usted me está contando ahora.

—Forma parte de las sorpresas de los pueblos. Igual todo esto que le estoy contando le sirve para su novela.

Palmira no contesta. En realidad no puede darle a Inés una respuesta certera. Ni siquiera sabe lo que quiere escribir.

—Este merendero lo hicimos entre todos. Supongo que se habrá fijado que además de mi casa, hay otras casas nuevas en construcción.

—Sí, ya me he dado cuenta.

—Intentamos sacar adelante el pueblo.

—Estoy segura de que lo conseguirán.

Inés abandona el merendero y Palmira sigue su estela.

El río transcurre paralelo a su caminar.

Atraviesan un pequeño puente de hierro oxidado y llegan a la parte central del pueblo.

Las calles no existen, solo hay piedras amontonadas, malas hierbas creciendo en la boca de la tierra.

Las casas están derruidas, son como difuntos mordidos por el tiempo.

Palmira observa las ventanas, la techumbre, y siempre ese pellizco salvaje y verde devorando el espacio, recordando a sus viajeros que aquí la vida se detuvo, que hubo latido y comida caliente, y lumbre en el fuego y niños correteando y viejas masticando penas y una brizna seca, pero ahora no, ahora solo piedras y la lengua del frío repasando sus grietas.

Palmira no necesita sacar su móvil para retratar las casas, se le han quedado dentro del pecho.

.

Mira a Inés y piensa que esa mujer redonda forma parte del paisaje, que también ella es una ruina, algo que se ha olvidado en el camino de la vida, solo que Inés, de vez en cuando, abre la boca para capturar pedacitos de aire, infla su vientre y trae al mundo nuevas piedras con las que construir un dolor idéntico.

Le gustaría apuntar todas esas frases en su cuaderno pero sabe que solo son poesía, que cuando regrese a casa ya no se acordará de nada y tendrá que volver a mirar por la ventana en busca de inspiración.

—Se ha quedado usted muda —dice Inés.

—Es que esto es impresionante.

—La ruina siempre lo es. Pero espero que pronto deje de serlo. Igual la próxima vez que nos visite, el pueblo ya ha recobrado toda su vitalidad.

—Ojalá. Por el momento me da la sensación de encontrarme en un sitio irreal, como si fuese el decorado de una película. Siento...

Inés interrumpe sus palabras.

—Siente amargura.

—Sí, algo parecido.

—No es la primera vez que me lo ha dicho. Casi todos los que visitan el pueblo o los pueblos de alrededor que fueron abandonados, tienen la misma sensación.

—Supongo que todo es acostumbrarse.

Inés se obliga a sonreír y de forma instintiva, abraza su vientre. Al cabo, saca un botellín de agua del bolso y se lo ofrece a Palmira.

—Será mejor que nos refresquemos, aún nos queda un buen trecho.

Palmira coge el botellín, lo mira, traga saliva, sus manos se encrespan alrededor del plástico, está empezando a sudar.

De pronto recuerda las toallitas, y murmurando una excusa se pone a hurgar en su bolso, saca una y se limpia las manos, luego extrae otra y la pasa por su rostro, finalmente abre el botellín de agua y frota su superficie antes de llevárselo a los labios.

Inés la mira con curiosidad y Palmira siente vergüenza.

—Es una manía —se justifica—. Tengo que limpiarlo todo antes de llevármelo a la boca.

Inés da un trago largo a su botella y emprende la marcha.

Durante el trayecto ninguna de las dos habla. A pesar de su embarazo, Inés camina con ligereza y la psicóloga tiene que apretar el paso para darle alcance. Atraviesan un pequeño bosque de pinos negros y hayas. El aire es más fresco ahora y Palmira se detiene un instante para recuperar el aliento.

—Ya no queda mucho. ¿Ve ese campanario? Es la iglesia.

Cuando alcanzan la iglesia, Inés le señala un pequeño recinto semi abandonado.

—Y ahí está el cementerio. Esa es nuestra meta.

A los pies de una tumba reciente, Boira dormita.

Al escucharlas llegar, levanta una de sus orejas, después se estira perezosamente y de un brinco alcanza el rostro de Palmira llenándolo de lametazos.

Todo su cuerpo se tensa. Le hierve la piel.

Intenta no ponerse histérica y mantener la calma pero por dentro está gritando y maldiciendo.

Deberá acostumbrarse a fingir si no quiere que Inés la tome por loca.

De modo que disimula su malestar aunque eso no le impide sacar las toallitas y limpiarse mientras le da la espalda a la perra.

—Boira, bonita, ven —la llama Inés.

La perra obedece e Inés acaricia su lomo despacio.

—Le presento a la señora Josefa —le dice—. La antigua dueña de Boira. La perra viene aquí cada mañana. En cuanto amanece abandona la casa y camina hacia el cementerio, como si fuese una vieja viuda que va a visitar a su esposo muerto.

—Cuánta fidelidad. Es admirable.

Aún se siente sucia y se mueve con cierta rigidez, como si caminara de puntillas por la boca del asco.

—Supongo que quiere ser la primera en estar ahí para cuando despierte.

Y murmurando una excusa y se acerca al río. Allí hunde sus manos y lava su cara a conciencia, hasta que se siente pulcra, hasta que la corriente arrastra todos los gérmenes vivos de Boira, todos los gusanos muertos de la señora Josefa.

Al regresar junto a Inés, ésta le ofrece un bocadillo.

—Espero que no le pase una toallita al pan. Le juro que está más limpio que la conciencia de Boira.

La perra ladra.

La perra menea el rabo.

El móvil de la psicóloga suena una vez y acto seguido se apaga.