26
PALMIRA
“Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirle que surque el mundo hasta confines ignotos”
No sabe por qué esa frase de Carmen Martín Gaite la persigue esta mañana. Será que Palmira se ha levantado temprano, cuando estaba a punto de amanecer. Se ha sentado en la ventana, ha abierto su cuaderno y ha esperado inútilmente. Las historias se le resisten. Pensó que sería fácil pero no.
La hoja sigue estando en blanco. De vez en cuando Palmira escribe una frase y después la tacha. Luego arranca la hoja y la arroja a la papelera donde yacen un montón de toallitas higiénicas.
Al venir a Campos de Gavín se propuso acabar con sus manías y escribir los primeros capítulos de su novela.
Hasta el momento no ha conseguido ninguna de las dos cosas.
Su aversión por las bacterias va en aumento, sobre todo desde que Boira está allí.
No contaba con la presencia de ningún un perro.
Y en cuanto a las historias, en su caso, y muy al contrario de la sentencia de Carmen Martín Gaite, las ventanas no funcionan.
Las ventanas solo son un pequeño televisor doméstico donde siempre transcurren los mismos acontecimientos.
Ha estado observando el cielo, ha asistido al alumbramiento de la luz, ha respirado el frescor de la mañana y disfrutado de la soledad.
La habitación es cómoda pero todavía no se le ha metido dentro, aún la siente extraña.
En uno de los cajones del armario ha vuelto a encontrar un juguete infantil, un sonajero de colores que ha estado agitando durante la noche, antes de que el sueño cayera sobre sus ojos como un manto de plomo.
No entiende por qué Inés se empeña en otorgar a esos objetos infantiles un cariz tan dramático. En ningún momento la ha visto sonreír cuando ha mencionado su estado de buena esperanza. Se ha mostrado esquiva e incluso antipática.
Siente curiosidad.
Ahora quiere saberlo todo acerca de ese niño.
Comienza a fabular:
¿Dónde está el padre?
¿Qué demonios hace una mujer embarazada de nueve meses en un pueblo semi abandonado?
¿Qué futuro ha dibujado Inés en el aire de su ventana?
“Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana” —repite Palmira de nuevo.
Los ojos de Inés son dos cucarachitas feroces dentro de un río que hierve con la tormenta.
Le gusta la frase y la anota en el cuaderno.
La maternidad, en ocasiones, es un castigo.
Ella nunca ha querido ser madre.
—Muchas veces tenemos hijos porque es el deseo de otro el que estamos obligadas a cumplir. La puta sociedad y el puto machismo. ¿A que sí?
Eso le dijo una paciente que acababa de realizarse un aborto voluntario pero que sin embargo albergaba un gran sentimiento de culpa.
—Y no me tendría que sentir como una mierda porque soy una mujer libre y con mi cuerpo hago lo que me da la gana, pero es lo que hay.
La culpa también nos la han impuesto. ¿A que sí?
Y yo no quiero ser como mi madre. No quiero ser responsable de un hijo.
Si ni siquiera sé quién soy, ¿cómo voy a enseñarle a nadie a vivir?
Se llamaba Ana y tenía veintidós años. Después de varias sesiones abandonó la terapia. Palmira se la encontró dos años más tarde. Llevaba en brazos un bebé y estaba embarazada de otro.
Ahora Inés la espera para ir a recorrer el pueblo y ella solo quiere buscar una buena historia tras la ventana.
Recuerda una tarde en la que fue a visitar a un paciente que acababa de ser trasplantado de riñón, la planta en la que estaba ingresado estaba ocupada por una familia gitana.
Una auxiliar de enfermería le dijo que en una de las habitaciones había una joven que acababa de dar a luz y se estaba muriendo.
Palmira tenía que pasar forzosamente por su habitación para llegar hasta la del enfermo que iba a visitar.
La puerta estaba entornada, no había nadie alrededor y Palmira asomó su rostro.
La mujer estaba tendida en la cama, la boca entre abierta, los ojos buscando la luz, la luz de un amarillo irritante.
Sin querer, sus miradas se cruzaron y Palmira nunca podrá olvidar su dolor.
Pensó:
“Se va a morir y me ha mirado. Es posible que yo sea una de las últimas personas que vea en este mundo, una completa extraña.
Se va a morir y sus ojos y mis ojos se han acariciado durante un instante.
Se va a morir y no conocerá a su hija. No sabrá de qué color será mañana su pelo, si su voz arrastrara la ronquera o por el contrario será sueve como la piel de un melocotón.
La visión de aquella mujer causó gran impacto emocional en Palmira. Desde entonces no puede desligar el hecho de la maternidad a la muerte.
—Palmira, ¿me oye? Cuando quiera nos vamos —repite la voz de Inés a lo lejos.
—Sí, ahora mismo bajo.
Palmira arranca la hoja de su cuaderno y la arroja a la basura. Antes de abandonar la habitación guarda en el interior de su bolso un paquete de toallitas higiénicas y el espray desinfectante.