La casa del árbol desnudo 25
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INÉS

No está muy segura de que esa llamada exista. De que las hormonas se reúnan en secreto en los túneles de la sangre y den el pistoletazo de salida a eso que llamamos maternidad.

No sabe si fue un día entre semana, o era sábado y comía palomitas sentada en el sillón, junto a Ernesto, un tipo corriente con el que llevaba saliendo un año y que, de vez en cuando, frecuentaba su casa en Huesca.

Aún vivía con las gemelas porque la casa del pueblo estaba manga por hombro y acababa de comprar la propiedad lindante de la señora Josefa.

Los albañiles habían llegado hacía un par de semanas a Campos de Gavín e Inés tenía que estar a cada rato comunicándose con ellos.

—Esto va a ser muy complicado señora. Este pueblo, con perdón, es una puta ruina. ¿Usted está convencida de que quiere construir un hotel aquí? Pero si aquí no vienen ni las moscas.

—No es un hotel. Es una casa rural.

—Lo que sea —replicó aquel hombre flaco, con granos en las mejillas y una gorra que publicitaba “Pinturas Baco”.

—Tendrán que arreglárselas con lo que hay. Yo ya le expliqué las dificultades que presentaba el pueblo y ustedes accedieron a llevar a cabo la obra.

—Es que una cosa es hablar por teléfono y otra encontrarse el panorama en crudo, señora. Ya le digo yo que vamos a tardar más que los que hicieron El Escorial.

—No veo por qué.

—Para empezar porque por el puente de tablas es imposible meter las máquinas. Por ahí no puede pasar nada que no sea una persona y aun así no me fiaría yo mucho. Ese puente tiembla más que mi abuela, que tiene Parkinson.

—Eso ya se lo dije. Y también le comenté que se puede llegar al pueblo dando un rodeo al río. Hay una carretera secundaria.

—¿Carretera dice? Es usted muy optimista, señora, es un camino de cabras. Las hemos pasado canutas para llegar al pueblo.

—Mire, si no le interesa la obra, dígamelo claro. Puedo contratar a otra cuadrilla.

—No se ponga así, señora. Yo no he dicho que no la vayamos a hacer. Solo le digo cómo está el asunto. Y le advierto que tendrá que tener paciencia, que la casa no se podrá levantar de un día para otro.

—Soy consciente de eso. Pero también les pido que vayan todo lo rápido que les sea posible.

El albañil soltó un soplido por teléfono, guardo unos segundos de silencio e Inés pudo escuchar cómo mascullaba una maldición.

—De acuerdo. Intentaremos ser rápidos. Pero no le prometo nada. En el transcurso de esta semana llevaremos todo el material. Hemos visto que hay un par de vecinos que también están intentando levantar sus casas.

—Sí, estamos en ello. Queremos restaurar el pueblo.

El albañil deja escapar una risita.

—La gente tiene demasiada fe en los milagros.

—Eso a usted no le importa —contestó Inés y, de inmediato, colgó el teléfono.

Quizá sucedió después, aquella tarde en que salió a pasear con Ernesto y no hacía más que ver señales, mujeres embarazadas que se cruzaban con ellos a lo largo del camino, niños recién nacidos destapando el ardor de sus pulmones en el interior de un carrito repleto de volantes de color de rosa, o azul, más vientres abultados haciendo cola en la tienda de las chuches, tomando refrescos en las terrazas, descalzando sus pies bajo la mesa y separando sus piernas hinchadas para que el aire pudiera darles un respiro.

Todo era un círculo maternal infinito, barrigas que se comunicaban de una acera a otra, que besaban sus latidos mientras esperaban a la sombra a que el semáforo cambiase de color, círculos de carne y sangre, la vida nadando de espaladas a la propia vida, piscinas ambulantes que guardaban celosamente su intimidad, esferas con las que jugar un instante y reposar del tedio de los días, astros, planetas nuevos, universos de quita y pon, cestas de fruta crujiente, pequeños océanos de amor que mastican el tiempo que ha de venir y luego lo escupen en un quirófano.

—¿Te has dado cuenta? —le dijo a Ernesto.

—¿De qué?

—De la cantidad de mujeres embarazadas que hay.

—Casualidad.

—Las casualidades no existen.

—Tampoco nos hemos cruzado con tantas. Estás exagerando.

—Creo que es una señal.

—Ya sabes lo que pienso de eso.

Dos meses después Inés rompió con Ernesto. Ella deseaba quedarse embarazada y él tenía pavor al hecho de convertirse en padre.

Mientras las obras de la casa del árbol desnudo avanzaban, Inés conoció a Sebastián y logró su propósito. Sin embargo a los tres meses tuvo un aborto y la relación se fue al garete.

Inés se quedó sola y entró en una grave depresión.

Nada la reconfortaba y, para colmo de males, las obras en el pueblo se estancaron.

Además, uno de los albañiles tuvo un accidente.

Como era su costumbre, los lunes, miércoles y viernes solía acercarse a Campos de Gavín para ver cómo se encontraba Boira y supervisar los avances.

Uno de esas tardes, el capataz se acercó a ella, escupió el palillo que había estado chupando momentos antes a los pies de la perra y presentó su renuncia y la de sus trabajadores.

—Mire, señora, lo siento pero con Raúl fuera de juego no damos abasto con la faena y además el ambiente se ha caldeado. Es mejor dejarlo así.

—¿Qué quiere decir con dejarlo así? ¿Me van a dar la patada? ¿Precisamente ahora?

—Vamos a terminar la estructura más importante, pero por lo demás, tendrá que contratar a otros albañiles.

—No me pueden hacer esto. Necesito abrir la casa lo antes posible.

—Lo siento, de verdad.

—Puedo demandarlos por incumplimiento de contrato.

—Y a las malas también nosotros podemos demandarla a usted. Ya me entiende —y el capataz guiñó un ojo en dirección al lugar donde el obrero había tenido el accidente.

Hubo cambios importantes a lo largo de los meses que se sucedieron.

Margot encontró trabajo en la notaría de la Plaza de Navarra y Brígida abrió con su socia Violeta una tienda de deportes en un pueblo del Pirineo, llamado Roda de Chelsa.

Al principio viajaba a Huesca a diario pero pronto empezó a quedarse en casa de su socia y a dejar a su gemela sola.

Inés pensó que la separación sería un duro golpe para Margot, sin embargo la vida con su hermana fue más fácil desde el momento en que se quedaron ella solas.

Una noche, después de cenar Margot le comentó:

—Me siento como si me hubiesen arrancado de la espalda una piedra gigantesca o una de esas conchas de tortuga que no hacen más que entorpecer el paso.

—Yo creía que estabais muy unidas

—Y lo estamos.

—Entonces...

—Pero es mejor así...

Margot ya no habló más, se limitó a recoger la mesa, fregar los platos y canturrear una canción, aunque siguió durmiendo en el mismo cuarto que compartía con Brígida y, de vez en cuando, Inés la encontraba dormida en la cama de su gemela, abraza a uno de sus peluches favoritos.

No obstante, no podía negar que Margot estaba más feliz alejada de Brígida y, en cierto modo, ella también.

Estuvo dándole muchas vueltas a aquella idea que unas veces se le antojaba perfecta y en cambio otras una auténtica locura.

Consultó en Internet, investigó diferentes clínicas, escuchó testimonio de mujeres que habían pasado por un caso similar.

Hasta que al final, respiró hondo, cerró los ojos, se puso la mano en el pecho para buscar los latidos de su corazón y tras pasar una noche atormentada, a la mañana siguiente pidió cita en una afamada clínica de Madrid.

Al principio fue duro. El tratamiento de fertilidad no daba el resultado esperado e Inés estaba al borde de la desesperación.

Llegaba a aquella clínica con miedo, se sentaba en un sillón de escay, ojeaba una revista, se servía agua fresca y no sabía muy bien qué hacer con el hambre de sus manos y de sus piernas.

De vez en cuando miraba a otras mujeres e intercambiaban una sonrisa forzada.

Nunca había palabras, solo silencio y nervios.

Llegado el momento, y como si fuese el segundo acto de una tragedia, se abría una de las puertas y un pequeño ejército de enfermeras jóvenes las invitaban a atravesar una consulta tras otra, las tomaban del brazo, las ayudaban a desnudarse sobre una camilla, abrían sus piernas y las hacían esperar sobre un vacío blanco y acolchado.

Al cuarto intento Inés se quedó embarazada.

Margot fue la primera en felicitarla. Brígida se limitó a lanzar un suspiro y a estampar al cabo un beso sobre su mejilla que tenía la temperatura de un glaciar.

Luego se excusó aduciendo que tenía muchas cosas que hacer en el pueblo y que había quedado con su socia porque al día siguiente tenían que llevar unos papeles a la notaría de la Plaza de Navarra.

—Oye, ¿tú no te estarás tirando a tu jefe, verdad? —le pregunto a Margot antes de irse

—¿Cómo se te ocurre?

—No lo sé. Al verlo, he pensado que era tu tipo, como aquel ferroviario, ya sabes, el peludo aquel que le gustaba machacársela en tu presencia.

Margot se puso roja y dio media vuelta.

—¿Y tú cuándo vas a madurar, Brígida? —le espetó Inés en tono agrio.

—¿Para qué habría de hacerlo? ¿Para convertirme en una amargada como tú?

Se colgó la mochila al hombro y salió de la casa dando un portazo.

Cuando Inés estuvo a solas, corrió al baño, se arrodilló en el váter y empezó a vomitar.

Ahora piensa en las ruinas del pueblo mientras observa su vientre.

Está de nueve meses. Ha llegado hasta el final del mismo modo que su casa ha conseguido alzarse en pie pese a las tormentas.

Pero las tormentas no cesan en el interior de su sangre y el río que la lleva no trae la promesa de una vida, sino la seguridad de la muerte.

Piedras.

Su vientre igual a la piedra de un camino que no conduce a ninguna parte, idéntica a una cueva que alberga esqueletos de animal y una canción de cuna que se marchita en lo oscuro.

Nadie está preparado para esto, piensa Inés llevándose a los labios una taza de manzanilla.

Ninguna mujer puede soportar el dolor de traer al mundo a un hijo muerto.

Debería morir ella también. Arrojarse al río atada a una piedra y flotar como una Ofelia maldita hasta que toda la furia del río se metiera en su garganta y se quedara en el lodo para siempre.

Al fin y al cabo el pueblo no es más que un paisaje funesto de piedras y víboras tomando el sol. Hace mucho tiempo que las familias se vieron obligadas a cerrar las puertas de sus casas y marcharse dejando atrás todos sus recuerdos.

Inés apura la manzanilla y se levanta despacio, agarrándose al filo de la mesa, con Boira muy cerca de sus pies.

Sabe que la psicóloga no soporta a la perra, pero Inés no está dispuesta a dejarla de lado. Boira ha sido el único sostén durante todo este tiempo. Ella sabe lo que es llevar piedras dentro de la tripa. También su último parto fue así, de una bella y fatal oscuridad.

Saca una botella de agua fresca de la nevera y la mete en el bolso. Hace demasiado calor como para salir ahí afuera sin algo a lo que poder echar mano. También ha preparado unos bocadillos.

Aunque el pueblo es pequeño, recorrerlo les llevará un buen rato y en su estado las prisas no son recomendables.

Inés se asoma a la escalera, coloca la mano sobre su vientre y grita:

—¿Está lista, Palmira? Cuando quiera nos vamos.