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brÍGIDA
El recuerdo de su abuela Dolores la ha puesto de mal humor. Ahora, por más que busque entretenerse ordenando los pedidos en el almacén, solo le viene su rostro a la cabeza. Por encima de todo sus cejas finas trazadas cada mañana frente a un espejito de carey con un lápiz de ojos de color marrón.
Nunca le temblaba el pulso y contemplaba su obra durante un buen rato, desde todos los ángulos.
Sin embargo aquella pintura se iba muriendo a lo largo de las horas y acababa convertida en un borrón oscuro que ascendía hasta su frente y después se deslizaba sobre sus ojos en compañía de un sinfín de perlas de sudor.
Siempre estaba enferma y se quejaba constantemente a pesar de que poseía una salud de hierro.
Le gustaba sufrir y hacerlo además cuando estaba segura de tener audiencia.
No había nada que le diera más placer que tener un público domesticado y mostrar ante él todo su catálogo de enfermedades inexistentes.
Era una de esas cristianas masoquistas que gozan más con la culpa, los pecados y el qué dirán que con un buen polvo.
Brígida chasquea la lengua. Abre la caja con un cúter. Revisa el contenido y lo reparte por el mostrador. No imagina a su abuela Dolores teniendo sexo con nadie, mucho menos con el abuelo.
A lo mejor por las noches se ponía uno de esos camisones castos, de felpa, con un agujero en el centro, único lugar de acceso a sus entrañas para concebir.
Su padre vino de allí, seguro, de ese camisón austero, de la oscuridad del amor y de lo blanco que acaba ensuciándose.
Coloca las etiquetas y selecciona algunas prendas para colgarlas en el escaparate.
Su abuela Dolores no soportaba a sus nietas, por eso mismo era feliz en su presencia.
Estaba convencida de que su deber era conducirlas por el camino más recto.
Espinas y más espinas que ella tragaba con gusto y abnegación.
Dios le había mandado a esas nietas del demonio para poner a prueba su fe y ella estaba dispuesta a sacrificarse.
Las apretaba contra su cuerpo y les daba besos húmedos mientras estiraba sus trenzas y pellizcaba sus brazos.
Brígida no sabe cómo la abuela era capaz de llevar a cabo tantas acciones teniendo una movilidad tan reducida, era como si sus miembros se multiplicasen solo con el propósito de torturarlas.
Inés solía escabullirse y cuando no lo conseguía se limpiaba la boca con asco delante de ella.
Brígida también lo hacía, era lo único que imitaba de Inés, el hecho de limpiarse el cariño con el dorso de la mano y seguir hacia adelante con su vida, sin mirar atrás, como si ella no perteneciese al rebaño.
Casi nunca habla de su familia, Violeta tiene razón.
¿Y qué puede decir?
¿Contarle acaso la historia del duende del sauce? ¿Del sabor de la polla de su padre en la boca? ¿De que sentía asco y placer y que empezó a masturbarse sin saber exactamente por qué lo hacía o a quién invocaba?
La puerta de la tienda se abre. Suena una música eléctrica, que se conecta con una luz roja que se prende bajo el mostrador. Brígida se obliga a olvidar sus pensamientos. Dibuja una sonrisa, sopla su flequillo. Se trata de una pareja joven que pregunta sobre el precio de una bicicleta de montaña.
Brígida les muestra la bici. La mujer se sube, el sillín está demasiado alto y Brígida maniobra para ponerlo a su altura. Suena el móvil en el bolsillo de su pantalón pero no lo coge. La vibración le hace cosquillas. La mujer se baja. Y el hombre ocupa su lugar.
Están unos minutos toqueteando la bici, discutiendo entre ellos.
Brígida mira la pantalla. Es Margot.
—Nos lo vamos a pensar, ¿vale? —dice la mujer.
—Sin problemas.
Cuando abandonan la tienda Brígida marca el número de Margot. Comunica.
Entonces marca el de Inés y le pregunta por la psicóloga. Quiere ser amable aunque su tono es seco.
—Todo está bien, gracias responde Inés—. ¿Vendrás con Margot?
Brígida se queda en blanco. No sabe qué decir. A veces Margot hace planes y se olvida de incluirla.
—¿Estás ahí? —escucha hablar a Inés.
—Sí, sí. Es que todavía no lo he decidido. Depende del curro. Tengo que cuadrar la agenda con la tienda y las excursiones.
Nada más colgar se limpia la boca, como hacía Inés, como si toda su familia la hubiera estado besando con sus mil lenguas de fuego. Pero el asco no se va.