La casa del árbol desnudo 23
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MARGOT

Margot piensa en su abuela ahora, cuando en la notaría de la Plaza de Navarra está pasando a limpio uno de tantos testamentos con los que suele trabajar diariamente.

La abuela Dolores no les dejó nada al morir, solo un perfume agrio en su habitación, media docena de vestidos negros, medias rotas y una mesilla repleta de alpargatas con agujeros.

También tenía un abrigo de lana pura con el cuello y los puños rematados de astracán.

Pero las polillas acabaron con todo, no dejaron de él más que un puñado de polvo oscuro que Brígida sopló como si estuviera soplando la ceniza de una bruja malvada.

En cambio, su abuelo Nicolás, el padre de Gonzalo, fue generoso con ellos.

En contra de lo esperado, dejó con dos palmos de narices a su primogénito Francisco, para legar como herencia al benjamín la casa del árbol desnudo, lo que desencadenó el malestar entre las dos familias.

Margot recuerda que Francisco quiso ya entonces pegar a su padre, y que cuando falleció, en mitad del entierro, mientras el ataúd de su abuelo descendía con la ayuda de un par de cuerdas ajadas por el vientre de la tierra, dio un salto, lo agarró de las solapas de su gabardina y lo tiró al suelo con la intención de machacarle la cara.

Recuerda que alguien lo separo, cuando su puño ya se había estrellado contra la mandíbula de su padre, que su madre Olga Castán se desvaneció sobre el montón de tierra que los sepultureros todavía no habían arrojado al hoyo, que los ojos de su hermana Brígida brillaban con satisfacción, que a ella se le empezó a secar la boca y un frío muy puro vino a abrazarla, que su hermana Inés mascaba chicle y ni siquiera miró a su madre cuando perdió el sentido porque estaba en otra cosa, en su mundo interior, en ese lugar donde nadie tenía acceso.

Recuerda el lloriqueo de sus primos, Alejandro y Adolfo, agarrados a la falda de su madre, la tía Eugenia, una mujer alta con las piernas torcidas y el vientre abultado, con el rostro redondo y la barbilla en punta.

La tía Eugenia siempre tuvo envidia de su cuñado, siempre quiso para sí la belleza rota de Olga Castán, las ruinas de la casa del árbol desnudo, cualquier cosa que pudiera almacenar en la palma de su mano rencorosa.

Nadie la quería y ninguno la echó de menos cuando salió del cementerio seguido de los primos y del tío Francisco que no paraba de insultar a su hermano, golpear el aire con sus puños, maldecir la herencia del abuelo Nicolás.

Después de enterrar al abuelo, Inés le preguntó a uno de los funcionarios dónde se encontraban los baños.

—Acompáñame, Margot —le ordenó tirando de su brazo.

Y Margot esperó en la puerta del baño pacientemente. A través de la rendija vio escapar el humo de su cigarrillo.

Esa misma noche, su gemela, Brígida, volvió a quejarse bajo las sábanas.

Pero la vida tiene esas cosas. Se enredan los destinos, regresas a las calles por donde anduviste un día, respiras el perfume que ya fue, te sientas en el mismo sillón de escay donde el tiempo ha dejado las migajas de su paso miserable.

Ahora, Margot trabaja en la misma notaría de la plaza de Navarra que visitó años atrás en compañía de sus hermanas cuando fueron a abrir el testamento que les había dejado sus padres tras su muerte en aquel accidente de tráfico.

M.ª Teresa Arguis ya no se encuentra al frente de la notaría.

En estos momentos ocupa su despacho, Don Vicente Campos Arguis, su hijo, un tipo pequeño y rechoncho, con tendencia a engordar, con la mirada huidiza y las uñas mordidas que ha mantenido el despacho de su madre tal como estaba, sin modificar un ápice su decoración.

Permanecen las tres ventanas que daban a la plaza, las estanterías a cuyo pie duermen media docena de plantas artificiales que continúan respirando polvo y una vida de ciencia ficción.

La misma mesa, idéntica cafetera al fondo, sobre una mesa supletoria, tan solo se ha permitido añadir una fotografía en la que aparece con su madre con el mar de fondo.

Pero el mar es pálido, es un mar triste que ya no tiene ganas de cantar ni de enfurecerse.

Triste como Don Vicente Campos Arguis, como su traje azul marino salpicado de caspa, como ese pelo hirsuto que intenta domar en vano con grandes dosis de gomina.

A Margot, Don Vicente Campos Arguis le parece un joven envejecido, un hombre que ya debió de nacer así, anciano, con las mismas gafas de pasta negra que resbalan sobre su nariz, con idénticas arrugas alrededor de los ojos y esa boca jugosa que no deja de salivar.

Debió de venir al mundo con un traje parecido al que cada día suele llevar a la notaría, trajes serios, sin personalidad, que pueden pertenecer a un ministro retirado o a un funcionario de hacienda, trajes que no conocen la alegría, que se lavan, se planchan y luego se cuelgan al fondo de un armario oscuro, que no ven llegar las manos ni la luz de una tormenta amorosa.

Margot imagina que su madre, M.ª Teresa Arguis, separó las piernas para que su niño viejo abriera los ojos al mundo, se pusiera las gafas y comenzara a estudiar oposiciones a notarías, encerrado en una habitación pequeña con una cama de cuerpo y medio y paredes pintadas de gotelé, una habitación blanca que se iba ensuciando a medida que el niño-joven-viejo iba creciendo en normalidad, iba engordando su estado anodino, su hambre por llegar a ocupar el sillón de su progenitora en la notaría de la plaza de Navarra.

A Margot le provoca una mezcla de ternura y lástima.

Y piensa que también él debe de subirse cada día a un peso, meter tripa, contar gramos.

No sabría determinar por qué extraña razón sabe que Don Vicente Campos Arguis también sufre de anorexia nerviosa, que también él, engulle pizzas, y hamburguesas y magdalenas y pastelitos de chocolate comprados en el supermercado y después, antes de que toda aquella basura haya logrado asentarse en su estómago, corre hacia el váter y vomita.

Son dos personas sin importancia, seres pequeños, sin sombra proyectada en la pared, que se dan la mano un instante y después siguen su calvario y abrillantan a solas sus respectivas cruces.

A veces se imagina haciendo el amor con él, sintiendo el peso de su cuerpo blando. No es deseo lo que persigue en su pensamiento sino una pena muy profunda que acaba dando paso irremediablemente al estallido del placer

Porque la pena es lo único que consigue excitar a Margot. Lo único que logra hacerla feliz.

Deja a un lado el testamento y consulta los mensajes de su móvil. Tiene dos llamadas perdidas de Inés. Habían quedado en que Margot aprovecharía unos días de vacaciones para acercarse a Campos de Gavín y ayudar a su hermana con la casa. La psicóloga ya debe de haber llegado.

Marca el número de Brígida.

Espera la señal,

Un pitido, dos, tres...

Un silencio roto por una voz automática que dice así:

“El teléfono al que llama está desconectado o fuera de cobertura. Deje su mensaje al escuchar la señal... PIIIIIIIIIIIII”

Margot cuelga, ordena los papeles del testamento, se dirige al despacho del notario, llama a la puerta, se baja la falda, respira hondo.