La casa del árbol desnudo 22
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INÉS

Los ojos de Inés están clavados en una grieta del techo.

Hay una tela de araña que de vez en cuando se agita por la corriente.

De forma inconsciente permanece abrazada a su redondez, manos y dientes apretados al rezo, como si después del golpe esperara el milagro, un nuevo cambio de postura en el interior de su carne, por ejemplo, o la sangre retomando su furia. Sin embargo todo continúa igual.

Silencio,

casa,

piedras,

bosque,

río,

Dios...

Más silencio aún.

—Inés, siento mucho lo que ha sucedido. Perdóneme. Pensará que soy una histérica, pero es que la reacción de Boira me ha tomado por sorpresa y yo… No estoy acostumbrada a los animales, y mucho menos de ese tamaño tan descomunal. Boira impone mucho y en cuanto ha empezado a…

Inés gira el rostro hacia el lado contrario y se arrastra por las baldosas hasta encontrar una silla.

Después se agarra con fuerza a una de sus patas y se levanta, tan despacio como le es posible, tan despacio como si el tiempo acabara de morir y, allá afuera, el mundo solo se tratase de un mal sueño.

Siente la necesidad de quedarse a solas y murmura una excusa.

Palmira Durán abandona la cocina y sale al patio.

Boira brinca sobre los charcos y ella se queda quieta en mitad de sus gérmenes, sin saber muy bien qué hace allí, por qué no sube a su habitación, se desnuda, coge sus toallitas desinfectantes y borra golpe a golpe las babas de Boira.

Una hora más tarde la lubina está en el horno y la mesa dispuesta.

Las dos mujeres cenan en silencio.

Palmira mastica pedacitos de lubina y bebe agua a cada rato.

El pescado está seco y la verdura cruda.

Con todo no quiere ser maleducada y cuando Inés le sirve un poco más, ella asiente con un gesto de cabeza.

Se siente culpable. La maldita culpa que no se va, que no se borra con toallitas ni espray desinfectante, que no se puede arrancar con un estropajo ni frotar entre las piedras del río para que se la lleve la tormenta.

Mastica y traga de forma automática y luego vuelve a beber ese fluido que Inés trae de la fuente del pueblo de un caño oxidado que escupe el agua que llega del deshielo de la montaña, tan fría que le provoca sensibilidad dental.

En el momento en que Inés se levanta para servir el postre, Palmira deja caer el tenedor sobre su plato. La mitad de la lubina permanece ahí, entre un revoltijo de piel y espinas, como un cadáver bellamente diseccionado por el pico de un buitre.

—¿No estaba a tu gusto? —le pregunta Inés al regresar con una cesta de fruta.

—Sí, sí, cocina muy bien —miente la psicóloga—. Lo que ocurre es que yo como poco.

—Ya imagino. Conservar la figura no debe de ser una tarea fácil. Yo hace mucho tiempo que la di por perdida.

—Bueno, si yo estuviera en su estado...

—No se lo aconsejo.

—Pero dentro de poco, habrá un niño o una niña correteando por aquí. ¿Ya sabe lo que espera?

—No, no quiero saberlo —contesta Inés en tono cortante.

—Disculpe si la he ofendido. Y por favor, no tenga en cuenta mi anterior torpeza.

—No se preocupe. No es la primera que reacciona así cuando Boira se pone cariñosa. Pero ya le dije que es inofensiva. Si va a estar más tranquila, la puedo encerrar.

—Ni se le ocurra.

Inés ríe. Arroja la cabeza hacia detrás y deja escapar una risa amarga.

—No pensaba hacerlo. Boira significa mucho para mí. Antes la encerraría a usted que a ella.

Palmira se ve obligada a esbozar una sonrisa, después acepta la manzana que Inés le ofrece, pero antes coge una servilleta de papel y la frota durante unos instantes, con fuerza, como si la piel de la manzana fuese una lámpara mágica y ella pudiera pedir el deseo de escapar.

No sabe muy bien por qué pero esa casa le provoca angustia.

Es como, sin ella saberlo, hubiera caído en una trampa.

Dirige su mirada hacia Inés y observa su rostro anguloso, su nariz chata, las pecas que surcan sus mejillas, su piel blanca, su cabello dorado, sus pechos altos que suben y bajan. Parece una mujer sencilla y no obstante hay momentos en que se le antoja un auténtico enigma.

¿Qué hace ella allí? ¿Por qué, entre todos los pueblos del Pirineo, ha tenido que escoger precisamente Campos de Gavín y la casa del árbol desnudo?

No está segura de si va a ser capaz de escribir.

Está demasiado alterada y Boira le da miedo.

No ha querido confesárselo a Inés pero teme que esa bestia se vaya a abalanzar de nuevo contra ella.

Los animales no le gustan. Las personas no le gustan.

Los hombres le dan miedo, pero ellos no lo saben.

Ellos temen a Palmira Durán y la desean al mismo tiempo, por eso la buscan siempre.

Todos los hombres sin excepción, igual que hacía su padre.

—Ya la había lavado yo —Palmira escucha la voz de Inés a lo lejos.

—¿Perdón?

—Que como siga limpiando tanto la manzana, la va a estropear.

—No sabía que se podía estropear una manzana por lavarla.

—Pues sí. Todo tiene un límite, ¿no le parece?

—Disculpe. Es una manía que tengo. No tiene nada que ver con usted.

—Ya me he dado cuenta.

—¿Se ha dado cuenta?

—Sí, me he dado cuenta de que es una mujer un tanto especial. Pero no tema, Yo también lo soy.

Palmira deposita la manzana sobre el plato de postre y comienza a liberarla de su piel. Al mirar al frente, descubre cortes y cicatrices en los antebrazos de Inés.

Boira llega.

Sacude su pelambrera.

Deja pisadas de barro sobre las baldosas.

Se encarama sobre las piernas de Inés y come de su mano un trozo de fruta.

—Mañana, si le apetece, podemos dar una vuelta por el pueblo. No hay mucho que ver pero es un paseo bonito. Sobre todo cerca del río. ¿Se anima?

Boira le enseña los dientes y deja escapar algo parecido a un gruñido.

—De acuerdo, gracias —acepta sin entusiasmo la psicóloga.

Cuando se retira a su habitación para descansar, descubre en el techo la inmensidad del universo. Cientos de estrellas pintadas en su superficie que, en la oscuridad, resplandecen con todo su brillo.

Se pregunta, por qué una mujer que está a punto de dar a luz parece tan triste.

Gira hacia el lado contrario de la cama y rechaza la palabra tristeza.

A tenor de los cortes que ha visto en sus antebrazos Inés es una mujer que ha iniciado el camino de la autodestrucción. Pero, ¿cuánto tiempo hace y por qué?

No puede dormir pensando en eso.