La casa del árbol desnudo 21
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PALMIRA

Ni siquiera han pasado unas horas desde su retiro y Palmira Durán ya está empezando a echar de menos el ruido, el motor de un coche, por ejemplo, los gritos de los niños en las aceras, la música que llega a través de los tabiques, la prisa, la contaminación con la que los pájaros están acostumbrados a copular cada mañana, los árboles del Retiro, sus gargantas trepando hacia el infinito en busca de aire puro, el metro, las fuentes sucias, la lluvia que allí no está, el cielo con el color ahogado, ese dolor de hambre que gira en torno a la gran ciudad.

Aquí, en el pueblo, solo hay agua y humedad y piedras que parecen no querer despertar del sueño del tiempo.

Aquí solo hay una perra vieja que de vez en cuando levanta los ojos para contemplarla, para cerciorarse de que sigue ahí, cerca de su olfato, de sus zarpas, de ese ladrido ronco que a veces se queda suspendido en mitad del silencio.

Demasiado silencio, piensa Palmira Durán, un silencio que se puede abrazar, que podría tomar altura, revolver entre la ropa de su maleta, ponerse sus pantalones, sus sandalias y salir a la inmensidad en busca de más silencio.

Se ha dado una ducha larga y ha colocado sus pertenencias en el armario.

Ni siquiera había visto fotos en Internet de la habitación. En la web, Inés solo ha colgado una imagen del patio donde figura en un primer plano el árbol desnudo. Desconoce qué tipo de árbol es y por qué su dueña se empeña en mantener un árbol muerto junto a la casa.

Puede que sea una de esas señales que nos manda la vida.

De inmediato, Palmira Durán agita la cabeza intentando borrar ese estúpido pensamiento. ¿Señales? ¿Acaso una psicóloga debería de creer en semejantes tonterías?

Lo cierto es que le avergüenza reconocerlo pero cree en las señales. Es un poco supersticiosa aunque sepa que no tiene ningún sentido. Como tampoco tienen sentido sus manías, ese empeño en desinfectar el mundo que la rodea e intentar aislarse dentro de la higiene.

Nunca acaban de limpiarse las obsesiones.

Por mucho que uno lo intente, todos incubamos pequeñas bestias que, dependiendo de nuestra fortaleza, nos someten o logramos mantener a raya gracias a la ayuda de profesionales médicos.

En realidad ella no le ha comentado a ningún colega sus TOCS.

Ha preferido intentar hacerles frente sola, tomar las riendas del miedo y acabar de una vez por todas con su tormento.

En el gabinete intentaba disimular, a pesar de que Celia siempre se dio cuenta de su dependencia emocional con respecto a las toallitas higiénicas y el espray desinfectante.

—Respira, mujer. No hace falta que te esfuerces. No voy a juzgarte. Yo también tengo mis cosas.

—No sé a lo que te refieres.

—Claro que sí.

—No tiene importancia.

—Si tú lo dices.

—Lo digo y punto. Y por favor, no desvíes el tema. Mis intimidades no forman parte del trabajo.

—Mira, allá cada cual con su vida y sus gilipolleces. Si te quieres despellejar la piel, tú misma, pero así no vas a arreglar las cosas.

—No tengo nada que arreglar.

Celia Galán hacía tiempo que la tenía calada, sin embargo prefirió salvaguardar su amistad con Palmira antes de meterse en el papel de psicóloga y pedirle a su compañera que se tumbara en el diván y empezara a desnudar sus miedos.

Por eso nunca le estrechaba la mano ni le tocaba el hombro.

Sabía mantener las distancias. Y cuando tuvieron que compartir habitación y cama en aquel pueblo de la sierra siempre intentó respetar sus obsesiones.

Antes de reunirse con Inés en la cocina, Palmira rocía sus manos con desinfectante.

—Espero que le gusten las verduras y la lubina —le dice Inés al verla llegar.

Boira está de pie frente a la puerta, impidiéndole el paso.

—Sí, gracias. Me gusta todo. No tengo manías en ese aspecto.

"Manías" repite para sus adentros. Y sin querer esboza una sonrisa.

Entonces recuerda que se ha dejado el bolso en la habitación, que Boira se ha acercado a ella para olfatear sus zapatillas, su pantalón, que ha dejado un rastro de baba en la tela y que ahora se ha alzado sobre sus patas traseras y ha comenzado a lamerle el rostro.

Sin poderlo evitar lanza un grito. Boira huye como alma que lleva el diablo e Inés corre en dirección a ella con tan mala fortuna que resbala con una monda de patatas y cae al suelo golpeándose de lleno en el vientre.

—Dios mío, lo siento mucho —exclama Palmira Durán—. El niño… —susurra—. El niño... Lo siento mucho.

Intenta tocarla, pero no puede.