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brÍGIDA
Lleva el sabor de su sexo en la boca, por eso Brígida sonríe y, juguetona, se da la vuelta en el colchón.
No tarda en atrapar de nuevo la cintura de Violeta para estrecharla con fuerza contra su vientre.
El deseo se inflama (otra vez) y deja escapar un gemido y regresan al placer o al amor o a las dos cosas.
Pasado un rato se duchan y preparan el desayuno.
Brígida ya se ha llevado el cepillo de dientes, ropa interior y algunas prendas que ha guardado en el armario de Violeta.
No quiere ir deprisa pero pasa más tiempo en el apartamento de su novia que en la casa que comparte con Margot.
Le gusta todo de Violeta. Ese lugar tan coqueto, de paredes de color melocotón y muebles baratos que no sirven más que para sostener la tristeza de un sin fin de ositos de peluche.
Casi no hay espacio para que los ojos descansen, tal es el abigarramiento con el que la joven ha decorado su hogar.
Allá donde mires hay un marco con una fotografía llena de bocas sonrientes, familia que Violeta no quiere olvidar aunque esté lejos, en Cantabria.
El mar también tiene su sitio, naturalmente, postales, cuadros, pequeñas esculturas de azul burbujeante que amenaza con derramarse y caer a sus pies.
La cocina es en realidad un hueco con puertas correderas que se abre para dejar paso a una mini nevera y una encimera de la que sobresalen dos fuegos eléctricos.
El cubo de basura está fuera, también el fregadero.
Por la noche Violeta recoge la cocina y desaparece su rastro.
Es como una de esas casitas de muñecas de la infancia en las que resultaba imposible habitar.
Sin embargo ellas viven allí, dentro de esa calidez minúscula, en ese ático que recibe directamente los rayos de sol y que en verano se transforma en una sauna.
Ha intentado convencerla para que se muden a un piso más amplio pero Violeta se niega.
Le horrorizan los espacios amplios, les tiene miedo.
Por eso no se la lleva a la montaña porque el único momento que compartieron al aire libre y estuvieron en el río, Violeta empezó a angustiarse y a punto estuvo de desmayarse sobre las piedras.
Sin embargo esa debilidad enternece a Brígida.
Nada tiene que ver con el pánico de Margot.
Las dos mujeres se parecen tanto como una langosta a un mosquito, sentencia Brígida apurando el café.
La tostada se ha quemado y ya no queda mantequilla.
Tiene que comer entre un sorbo y otro para que ese trozo de pan tan jasco no hiera su garganta.
Antes de marcharse la mira. A contraluz su rostro es más hermoso.
Se acerca y besa la punta de su nariz, luego le quita una pelusilla del jersey.
Le complace ser su amante y su madre al mismo tiempo.
Proteger se le da bien. Con Violeta todo es distinto.
A ella la quiere. Ella no es Margot ni Inés, es alguien nuevo con el que puede reinventarse.
Por ese motivo su humor cambia, se vuelve una persona agradable y cariñosa.
“Qué buena eres, Brígida” le susurra
Después en su rostro se dibuja el fastidio y se separa de ella para correr hacia el cuarto y llegar al poco con una vela y una caja de cerillas.
Prende la mecha y deja que la cera se derrita para derramarla sobre el plato y antes de que se enfríe pega la vela y la coloca encima de una repisa donde las fotos de las mujeres de su familia se multiplican como si fuesen amapolas en la boca del asfalto.
Esa mañana los buenos propósitos van destinados a su abuela Conchi.
Una mujer flaca, diminuta, con el pelo corto y crespo, los ojos hundidos y unos labios casi inexistentes que se meten hacia adentro. Posa en un balcón, junto a media docena de geranios.
—Se murió tres días más tarde —dice Violeta.
Tiene las manos unidas y las restriega, en una mezcla de nerviosismo y emoción. Pasan un rato en silencio. Brígida sin saber exactamente qué hacer, Violeta sin dejar de contemplar la foto de la abuela Conchi. Mientras tanto la llama va creciendo y tiembla.
—¿Tienes abuela? —le pregunta de pronto.
Brígida niega con la cabeza.
—Casi nunca hablas de tu familia.
Y toca su mano y Brígida la retira, como si acabara de recibir una descarga eléctrica.
—Me piro. Llego tarde al curro.
Se besan.
Labio contra labio.
Violeta saca la lengua pero se queda serpenteando en el vacío. Brígida ya no está.
Unas horas más tarde, mientras ordena unas cajas en el almacén, recuerda las palabras de Violeta: “Casi nunca hablas de tu familia”.
Y acude a su mente la imagen de su abuela Dolores; gorda, inválida, inflamada por los gases, una mujer arisca que nunca les tuvo cariño.
De entre todos los capítulos de vida compartidos aparece con mayor fuerza aquel día en que su padre cavó una zanja y ella se cayó y pidió ayuda confundiéndola con Margot-
—Sácame de aquí, estúpida.
Brígida no rectificó. Le gustaba hacerse pasar por su gemela, mortificar a su abuela y que Margot cargase con las culpas.
No es de extrañar que su espíritu se le aparezca a ella.
—Veo muertos —le dijo Margot en el bosque.
Debería quemar la casa del árbol desnudo con todos sus fantasmas dentro.
¿Qué pensaría Violeta si supiera que Inés va a parir un niño cadáver?
No sabe por qué motivo pero ese pensamiento le produce vergüenza.
Las fotos de la familia las tiene Inés.
Es mejor así, los muertos se buscan entre ellos.