La casa del árbol desnudo 19
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MARGOT

Hay días en que Margot cubre el peso con una toalla azul marino y lo introduce en el fondo del armario. Después se deja caer sobre la cama y respira agitadamente, como si acabara de cometer un crimen y en vez de un simple peso, dentro del armario hubiese un fiambre.

Los muertos la acompañan siempre. Cuando era pequeña estaba convencida de que tenía poderes y que los espíritus se comunicaban con ella a través de los objetos o bien mediante calor.

—¿Calor? ¿Estás segura?

—Sí. Es como cuando hubo aquel terremoto en la casa del árbol desnudo.

—Pero aquello no fue casi nada.

—Sí que lo fue. Y subió calor de la tierra antes de que la casa se pusiera a temblar y mamá nos mandara salir y correr hasta el patio.

—Una bobería. Nadie se acuerda de eso.

—Yo sí, porque fue el mismo calor que sentí cuando la abuela vino a verme por la noche.

—¿La abuela fue a verte por la noche después de muerta? Tú alucinas, hermanita.

—Te lo juro. Habló conmigo.

—¿Y cómo? Ah, ya sé, deja que lo imagina.

Se sentó al borde de tu cama, tocó tu hombro y dijo: “Querida Margot, he venido de entre los muertos, quiero hablarte y decirte que nunca os he soportado ni a ti ni a tu hermana la marimacho. Y te lo vengo a decir muerta como estoy para que quede constancia. Y eso que Dios me ha advertido que no venga. Pero yo a Dios me lo paso por el forro del viso, que por cierto, está más muerto que yo”.

Margot miró a su hermana con los ojos brillantes.

No quería llorar y no estaba dispuesta a que Brígida la humillara por más tiempo.

Le daba igual lo que pensara de ella. Las cosas que una siente son de una y solo se comprenden cuando traspasan la piel de la razón y se te meten en la sangre y algo que no tiene nombre ni condición comienza a devorarte por dentro.

Es posible que Margot esté obsesionada con la muerte y por eso crea que tiene el poder de hablar con los que ya están besando la tierra de sus gusanos.

Quizá el propio temor a vivir la haga estar más cerca del precipicio; por ese motivo se pone al límite, se niega el alimento y está empezando a quedarse en los huesos.

Su cuerpo se parece cada día más a un cadáver que da vueltas y más vueltas en las avenidas del aire, hasta que el aire cierre la boca y acabe por engullir su existencia pequeña.

Sin embargo su sensibilidad hacia las cosas extraordinarias le sirvió para que un verano sus primos le tuvieran miedo y ella pudiera convertirse en la jefa del clan.

Tuvo que echarle mucha ficción al asunto. No obstante, siempre había un fondo verdadero en todos sus delirios, un deseo de creer en lo imposible que llegaba en convertir en realidad aquella farsa.

Teatro, fue lo que le susurró su gemela Brígida al oído tras la sesión de espiritismo.

—Mucho teatro. Eso es lo que tienes. Deberías dedicarte a la escena, a hacerle creer a la gente todas tus mentiras.

—No miento.

—Por supuesto, y yo acabo de caerme de la rama del sauce. No te fastidia.

Y Brígida cogió las tijeras que momentos antes había sostenido junto a su hermana y comenzó a moverlas peligrosamente, como si tuvieran vida propia.

—No me gusta que te burles. Y quien hace mofa de las cosas de los muertos, tarde o temprano encontrará su perdición.

—¿Ah, sí? Qué miedo me da. Mira como tiemblo. ¿Tú te crees que yo soy tan caguica como esos dos imbéciles de Adolfo y Alejandro?

Nuevamente Brígida puso en marcha su particular pantomima, hizo como si le tambalearan las piernas y le castañetearan los dientes, se arrojó al suelo presa de convulsiones y desde allí le sacó la lengua a Margot para incorporarse al cabo y encender un cigarrillo.

—A mamá no le gusta que fumes.

—Me importa una mierda.

—Como te pillen.

—No me pillarán si no te chivas

—Yo no me chivo nunca.

—Entonces estoy a salvo. A no ser que tus espíritus se vayan de la lengua, claro.

Los primos son tontos, pusilánimes. Mientras que Adolfo es un cobarde, Alejandro intenta mostrarse temerario, incluso bravucón, aunque es una falsa valentía.

Su propósito no es otro que colocarse por encima de su hermano y minar así su moral.

Alejandro sueña con ser astrónomo y Adolfo no piensa en nada.

Lo único que hace de forma instintiva es imitar a su padre, Francisco, que es carpintero como el abuelo y bebe y fuma y se emborracha y no da un palo al agua porque todo el trabajo lo lleva a cabo su hermano Gonzalo.

La vida está llena de hermanos que son dos monedas sucias de un mismo rostro.

Inés nunca está en el campo de batalla. Ella se va con sus amigas al pueblo más grande o alguien viene en coche para llevarlas a Huesca.

La casa del árbol desnudo para Inés es una cárcel con las puertas abiertas donde no acaba de encontrar su sitio porque siempre están Margot y Brígida llenándolo todo, su padre aplaudiendo su presencia, sus gracias, intentando arreglar sus miedos, arrojando alfombras a sus pies de niñas mimadas para que no puedan heredar la oscuridad de su madre, Olga.

Pero la oscuridad de Olga está en ellas, en las tres, y ya ha hecho un nido confortable sin que ellas lo sepan y las persigue con denuedo a cada una a su manera.

Muertos.

Aquel juego de espiritismo en el bosque, el olor a humedad de los pinos, el musgo cerca del agua, la ronquera del río como una melodía de fondo, el frío.

Siempre hace frío dentro del bosque porque es un lugar infinitamente íntimo.

Y nunca se acaba de atravesar un bosque, de pasear un bosque, de respirar un bosque.

Recuerda que se alejaron de la casa despacio, disimulando.

Recuerda que una vecina, la señora Josefa, les contó una historia sobre una maestra que se había perdido hace muchos años en el bosque cuando después de regresar de un encuentro con otras maestras en un pueblo de la comarca, decidió regresar sola a casa en una noche de tormenta.

Nadie volvió a saber jamás de la maestra pero todos están convencidos de que su espíritu está ahí, en la boca de los árboles, bajo las hojas secas del verano.

Buscando y buscando una salida en el tiempo, sin dejar de vagar por las entrañas del bosque.

Sola, magullada, completamente empapada, sin luz en la mirada y sin orientación, como un náufrago en un mar de hojas de hielo y de estaciones que van y vienen.

La maestra sigue ahí, en el barro de las piedras, en la espalda de la lluvia los días de tormenta.

Todos se referían a ella como la señorita Amelia Muñoz.

Y Margot dijo:

—Amelia, ¿te encuentras ahora entre nosotros? Si me estás escuchando, manda una señal.

Y todos permanecieron callados, con el aire suspendido en sus gargantas.

Los ojos de los primos muy abiertos hacia cualquier sonido, su hermana Brígida aferrando a Margot muy fuerte de la mano.

Brígida estuvo a punto de hacer un ruido, de pegar una patada sobre la hojarasca, de abrir la garganta y gritar para asustarlos a todos, sin embargo, se contuvo.

—Amelia, si te encuentras entre nosotros, manda una señal —repitió Margot en completo éxtasis.

Y un zorro llegó en ese momento, se detuvo junto al grupo y desapareció de pronto como por arte de magia.

Entonces los primos desataron su histeria, se soltaron de las manos, huyeron despavoridos hacia la casa del árbol desnudo.

Y Margot y Brígida se quedaron solas, apretando con fuerza sus manos hasta que de sus palmas empezó a brotar la sangre.

Recuerda ese capítulo ahora, mientras echa un vistazo al armario, al tiempo que coge un taburete, se pone de puntillas, abre la puerta y rescata de nuevo el peso.

37 kilos, doscientos gramos.

Y en su cabeza, como si fuese un eco luminoso, la voz de su abuela Dolores pidiendo auxilio cuando se cayó en la zanja que su padre acababa de excavar en el huerto para plantar unos tomates:

—¡Margot, estúpida, ven a ayudar a tu abuela! ¡Que vengas te digo, niña del demonio!

Margot cierra los ojos, aguanta la respiración, mete tripa, vuelve a mirar el peso.

37 kilos, 150 gramos.