18
INÉS Y PALMIRA
El aire entra de pronto a la casa, un latigazo de lengua húmeda que llega para desordenar el fuego, las cortinas, el jarrón repleto de amapolas que ocupa el centro de la mesa, el viejo retrato de un matrimonio que desde la chimenea parece querer sonreír sin conseguirlo.
—La ayudaré a atrancar las ventanas —dice Palmira alzándose precipitadamente. La manta que Inés le ha prestado cae y Boira aprovecha para tumbarse encima.
—No suele llover de esta forma tan salvaje. Pensará que ha venido al último rincón del mundo.
—Es precisamente donde quiero estar.
Inés consigue cerrar la ventana, presiona con fuerza y corre el pestillo. Luego abre la contraventana para que pueda entrar la luz. Sin embargo la luz ya no existe, solo sombras bajas que se arrastran por la boca del río como si estuviesen mendigando amor o tormento.
—Es por el calor, ¿sabe? El calor en exceso atrae a las tormentas.
—Ya imagino.
Inés se acerca a Boira y la obliga a abandonar la manta. Se la vuelve a ofrecer a Palmira con un gesto.
La psicóloga mira la manta, mira la perra.
Piensa en los gérmenes que habrá depositado el animal sobre su superficie.
Un ligero temblor sacude sus manos. Necesita controlarse, olvidar por un momento sus manías, esa necesidad de salir corriendo hasta el baño, desnudarse, meterse bajo la ducha y frotar su piel hasta que le sangre.
Tiene que superarlo. Si ha decidido viajar hasta aquel pueblo olvidado de la mano de Dios ha sido precisamente para eso, para superar sus obsesiones, para luchar contra el desequilibro que rige su vida desde hace tantos años.
Es una secuela de la infancia, lo sabe. Algo que empezó como un tic y que acabó convirtiéndose en una tortura.
Necesita sus dosis de higiene, es una yonky emocional cuya droga son las toallitas higiénicas y el espray desinfectante.
Todo debe pasar un control, cualquier cosa por pequeña que sea debe ser desinfectada, frotada hasta rescatar de su superficie todas las impurezas, todas las bacterias, los microbios, “ese universo de monstruos confortables que han venido a devorarnos”, sentencia Palmira.
Suda.
El fuego ha recuperado su vigor y sin embargo ella suda.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, muy bien. Pero después de todo lo que he pasado hasta llegar aquí, creo que necesito una ducha y descansar un poco.
—Por supuesto. La acompañaré a tu habitación. Está en la planta de arriba, ¿no quiere tomarse antes el café?
Palmira vuelve a mirar a Boira. Boira abre la boca y muerde la punta de la manta. Sin soltarla de sus fauces, se aleja por el pasillo a paso lento, como si arrastrase el cadáver de un hijo amado.
—No gracias. Quizá más tarde.
La habitación azul es amplia. Solo dispone de lo imprescindible: una cama de matrimonio, un armario empotrado, una pequeña mesa de despacho con una silla, un gran ventanal que da al río, una alfombra de colores vivos y un jarrón con amapolas en el centro de la mesilla.
También hay un baño al fondo. Parece cómoda aunque humilde.
Es justo lo que estaba buscando para empezar a escribir.
Aunque es posible que la comodidad no sea una buena idea a la hora de poner en marcha la creatividad.
¿Dónde ha leído eso de que un escritor debe trabajar desde el fondo de un abismo?
Y, ¿dónde están los abismos en este pueblo, en esta habitación azul que parece estar agotada de tanta tristeza?
—Es nuestra mejor habitación. El resto ha de compartir baño, pero como usted ha sido la primera en llamar tiene el privilegio.
—Es perfecta, gracias.
Palmira abre el armario empotrado y descubre en su interior un oso de peluche y unos peucos infantiles.
—¿No ha dicho que yo soy la primera cliente? —le pregunta cogiendo el oso de peluche.
Inés siente una mezcla de rabia y vergüenza. Sin pensarlo se precipita hacia Palmira y le arrebata el osito de peluche. Después coge los peucos y revisa a fondo el armario.
—No es de nadie —se limita a decir.
—Pero...
—Estaré abajo preparando la cena. Si me necesita ya sabe dónde encontrarme. Y no pase cuidado, Boira no le va a molestar.
Cuando se queda a solas, Palmira busca en su neceser las toallitas húmedas.
Coge una y frota su rostro, luego la arroja a la papelera, hace lo mismo con sus manos y para finalizar rocía espray desinfectante en todo su cuerpo y también sobre el edredón.
No está segura de si ha traído suficiente suministro.
Antes de meterse en la ducha, revisa los mensajes de su móvil. Tiene dos llamadas perdidas de Miguel Satué.
—Mierda —exclama quitándose los zapatos y arrojándolos a la papelera.
Inés lo hace despacio, sentada en un taburete de la cocina, mientras contempla el discurrir furioso del río.
No lo ha podido evitar. El hallazgo del oso de peluche y los peucos han hecho saltar todas sus alarmas, han despertado el hambre de ese animal que mora en su interior y le pide cuentas y cicatrices.
Cualquier objeto punzante, un alambre, una cuchilla, la punta de una navaja, un cristal roto, una horquilla, esta vez es el cuchillo con el que ha estado pelando las patatas.
Sobre la mesa descansa la comida, una fuente con verduras variadas y un par de lubinas que tiene que introducir en el horno.
No le ha preguntado a su huésped si come pescado, si le gusta la carne o por el contrario practica la alimentación vegana.
Inés ha hecho la misma cena de siempre, verduras y lubina al horno, todo eso piensa con el brazo extendido en el aire, con los músculos en tensión, con las venas gordas abriendo su boca para respirar pedacitos de metal.
Lo hace como si no lo estuviera haciendo, con los ojos fijos en el cristal de la ventana, contemplando la crecida del río, todo lo sucio que trae la tormenta.
Siente placer y sus labios se entreabren, resbala un hilo de baba finísimo por su mentón, después ahoga un suspiro y sigue hurgando en su carne, como si en vez de infringirse una herida estuviese tocando las cuerdas de un chelo.
La música es la sangre que sale poco a poco, que recorre su piel, pequeñas gotas rojas que se detienen un instante al filo de la nada y luego se precipitan a las baldosas del suelo para formar un pequeño charco a sus pies.
Es su propia lluvia interna. Es la tormenta de su dolor.
Es el rayo, el trueno, los malditos miedos.
Solo está a salvo dentro de la herida, alrededor de la sangre que brota, cuando observa de noche sus pequeñas criaturas, sus monstruos quietos dentro de la piel.
No está segura de que haya sido una buena idea dejar que en esos momentos una extraña entrara en la casa. Pero ya no hay remedio.
Poco a poco retira el filo del cuchillo de su carne, se presiona la herida con un pañuelo y descubre que el fuego del hogar se ha apagado y que Boira duerme sobre la manta de Palmira.