17
PALMIRA
Boira ha llegado hasta la mitad del puente de tablas que es donde se encuentra Palmira Durán.
La psicóloga intenta rescatar el tacón de su zapato de aquel agujero en la madera mojada, sin embargo no logra conseguirlo.
La lluvia la ha empapado por completo y el viento azota su cabello mojado, abofetea sus mejillas, mece el puente de forma peligrosa, como si se tratase de una atracción de feria que de un momento a otro fuese a salir disparada por los aires.
Mira hacia abajo, hacia el agua brava del río, después sus ojos intentan enfocar la figura del perro.
Nunca le han gustado los perros, en realidad no le gustan los animales, no siente empatía por ellos, no despiertan en su interior la ternura o la lástima.
Cualquier cosa que sea capaz de albergar garrapatas, chinches y gérmenes está condenado a su indiferencia.
No obstante, aquella criatura sigue allí.
A pesar de la lluvia, acaba de tumbarse justo a sus pies.
Ahora ya no ladra, solo la mira fijamente, como si Palmira fuese en realidad un animal extraño y ella, la perra, una mujer que ha sido alterada en su costumbre.
Boira siente curiosidad. De vez en cuando abre la boca y su lengua roja e infinita asoma a la superficie, las gotas de lluvia caen allí y Boira las recoge.
Le chorrea el agua y su pelaje se ha transformado en un manto de hilos desnutridos a su alrededor, cortinas de lana ajada que han puesto al descubierto un cuerpo gigante y flaco.
En cuanto a un perro le quitas su pelaje se queda en nada, piensa Palmira intentando mantenerse firme. Aunque en este caso no sea cierto porque incluso sin la abundancia de su pelo Boira sigue siendo un ejemplar imponente.
Sabe que no debe mostrar miedo, que el miedo es detectado por los perros.
Y no se trata de que los seres humanos seamos capaces de emitir feromonas, no; en cualquier caso lo que emitimos son hormonas, y esas sí que pueden ser descubiertas por los perros.
Sin embargo la mayoría de las veces se trata simplemente de un cambio de actitud, de un corte brusco en nuestro comportamiento frente al animal que permite que este capte inmediatamente nuestro temor.
Por eso hay que mantener la calma, repite Palmira para sus adentros.
Está dispuesta a permanecer ahí, en mitad del puente el tiempo que sea necesario.
No tiene prisa. Prefiere morir de una pulmonía a dar un paso y que aquel chucho del tamaño de un pony salte sobre ella y la ataque con fiereza.
Nunca se llega a conocer a un animal. Lo mismo ocurre con los seres humanos, por más teorías largamente refutadas que una intente aplicar, siempre se escapa algo.
En cualquier momento un profesional de la psicología puede encontrarse con algún factor que no ha sido consensuado en los libros.
La teoría es muy diferente a la práctica. Palmira Durán lo sabe muy bien. A lo largo de su trayectoria profesional como psicóloga ha tenido que enfrentarse a innumerables retos de la mente humana. No obstante ahora no se trata de un asunto emocional sino de un maldito perro.
Vuelve a intentar liberar el tacón de su zapato, hace un movimiento brusco y cae al suelo. Boira se incorpora a la velocidad del rayo y vuelve a ladrar mostrando sus colmillos.
—Boira, bonita ven…
Palmira escucha aquella voz y algo en el interior de su pecho vuelve a ordenarse.
Al menos no morirá de una forma tonta, en un pueblo perdido de la civilización, en mitad de un puente deteriorado, bajo una lluvia feroz, entre los dientes de una bestia que tiene nombre de... de… ¿Qué diablos significará boira?
—Boira, ven —repite la voz. Y el perro acude manso hacia aquella figura que Palmira todavía no puede distinguir.
—No tenga miedo, Boira es inofensiva. Y es extraño que ladre. Normalmente solo hace algún que otro intento. Es una perra anciana.
—Pues a mí no me lo ha parecido.
—Eso es porque es grande y los perros de gran tamaño siempre nos causan respeto.
—¿De qué raza es? —le pregunta incorporándose y tratando de recuperar la compostura.
—Es una mezcla entre un San Bernardo y un mastín del Pirineo. Por eso es tan descomunal. Pero, por favor, vayámonos de aquí antes de que el río se desborde. La acompañaré hasta la casa. Imagino que no está aquí de casualidad.
—No.
—La esperaba más tarde.
—Lo siento, he tenido que adelantar el viaje. Espero que no le importe. Di por supuesto que no habría ningún problema. Debía haberla llamado.
—No se preocupe. En realidad es usted mi única huésped.
Palmira vuelve a intentar rescatar el tacón de su zapato, Boira ladra e Inés le hace un gesto rotundo. La perra da media vuelta y regresa a casa.
—Yo la ayudaré.
Inés se agacha, tira del zapato y este sale al fin de su trampa.
Frente al hogar, Palmira intenta recuperar el ánimo.
Boira está tumbada a sus pies, con sus ojos de color marrón mirándola fijamente.
No se atreve a hacer ningún movimiento súbito por si acaso pudiera despertar el mal humor de aquella bestia que, si se pusiera en pie, superaría con creces su estatura.
—¿Qué significa boira? —pregunta al cabo buscando la cercanía del fuego.
—Niebla. Aquí, en el valle, la niebla es muy común, por eso la bautizaron con ese nombre.
—¿La bautizaron? ¿Es que acaso no es suya la perra?
—Bueno, ahora sí. Es una herencia.
—¿Los perros también se heredan?
—En mi caso así fue.
—Un perro de estas características no viene mal en un lugar tan alejado. ¿Regenta usted sola la casa?
—Sí, aunque de vez en cuando vienen mis hermanas a echarme una mano. Sobre todo Margot.
—Perdón, creo que todavía no nos hemos presentado con formalidad. Yo me llamo Palmira.
Inés arroja un par de leños al fuego y sonríe. Antes de contestar retira un mechón de su pelo y lo coloca tras su oreja derecha.
—Yo soy Inés.
La psicóloga puede apreciar con claridad la curva de su vientre.
—Veo que está embarazada. Enhorabuena.
Inés se muerde el labio, murmura una disculpa y se adentra en la cocina.
Mientras espera a que el café esté listo desliza su mano por aquella esfera casi perfecta, luego deposita un par de tazas sobre una bandeja y antes de salir, le da un puñetazo a su vientre, dos, tres… hasta que la perra gruñe y la ventana se abre de par en par.